Cuando las almas visitan La Paz

Sed. Dicen que cuando las ajayus –las almas– vuelven a la tierra de los vivos, tienen sed. Y para calmar esa sed, sus amigos y familiares preparan chicha morada y té de coca.  Dejan las bebidas, junto a la comida que le gustaba al difunto, sobre la mesa del comedor.

Hambre. Dicen que al mediodía del 1 de noviembre, en punto, llegan las almas a cada casa. Algunas familias almuerzan junto a la foto del finado. Durante 24 horas, su plato favorito estará puesto sobre la mesa.

Compartir. Dicen que cuando el ají de arveja se termina, vuelven a llenar el plato, cuantas veces quiera el difunto.

Antes del mediodía del 2 de noviembre, Día de Todos los Santos o Todos Santos, la familia y sus acompañantes tienen el último almuerzo. Pasadas las 12, en punto, las almas dejan el mundo de los vivos. Las familias, entonces, salen de sus casas con canastas, fundas y cajas llenas de comida.

En La Paz, en la zona conocida como El Tejar, sobre la avenida Baptista, las puertas del Cementerio Central están abiertas desde las ocho y media de la mañana. La policía cierra las calles cercanas. La Entre Ríos de Max Paredes es una calle larga. Comienza en el redondel donde paran los minibuses que traen a los bolivianos que quieren llegar al cementerio. A lo largo de toda la subida, hay puestos improvisados en las veredas donde venden flores, comida y juguetes. Afuera del camposanto, en la Plaza de Los Helados, hay carpas donde la gente se sienta a tomar té de coca, jugo de naranja o cerveza. El alcohol ya no está permitido dentro del cementerio.

Para entrar hay que seguir una fila desordenada y permitir que la policía revise los bolsos. Al lado del puesto de información –donde al presentar el nombre completo y la fecha de defunción, voluntarios detallan el lugar exacto de cada nicho-, la Defensoría Municipal instaló una carpa para atender a niños extraviados. A unos metros de la entrada, el ambiente se transforma. “Querida mamita”, “querido jefe”, “querido hijo”, son leyendas escritas con letras negras sobre el cemento. La mayoría de nichos están decorados de acuerdo a los gustos del difunto. O según como los vivos lo recuerdan. El nombre “María Inés” brilla en letras rosadas con escarcha plateada, “una mujer virtuosa”.

flores
Cada lápida está perfectamente decorada. A los familiares del difunto les gusta dejar pequeños objetos que recuerdan sus gustos. Detrás de vidrio transparentes se puede encontrar desde botellitas de Coca Cola, una cervecita con un vasito a lado, muñecas, cartas de amor, banderas, camisetas miniatura de equipos de fútbol, hasta imágenes religiosas.

Detrás de vidrios transparentes delante de las lápidas, los familiares decoran cada nicho con cosas que le gustaban al finado: botellitas de Coca Cola, un sello del equipo de fútbol The Strongest, flores, juguetes de la película Cars, cartas escritas a mano, muñecas…

En uno de los pabellones altos, sobre la algarabía que reina en las vías dentro del cementerio, Esperanza visita, sola, a su papá. “Yo cuando vengo aquí me relajo, me pongo tranquila”, me cuenta. Sentada sobre un barril viejo y oxidado, mira a través del vidrio transparente que la separa del nicho. Los cánticos, los rezos, la música en vivo y la risa de los niños no la afectan. Está sentada con las piernas juntas, un poco encorvada y ha abotonado su chaqueta café hasta el cuello. El viento mueve su pelo corto de un lado a otro. Sin rastro de pintura, las canas caen lisas un poco más allá de la quijada. Sus ojos están escondidos detrás de unos lentes redondos, pequeños, con los vidrios opacos y sucios. Es como si este segundo piso estuviera a mil kilómetros de distancia de lo que sucede allá abajo. Esperanza está sola. Aparte del bolso con el logo de algún medicamento que descansa sobre sus piernas, no ha traído nada. La llave que abre la puerta de vidrio del nicho está en manos de la segunda esposa del muerto, una mujer mucho más joven que Esperanza, que ostenta setenta años. Desde hace 16 visita regularme la parte alta del panteón donde descansan militares de la Fuerza Aérea, pero nunca ha pedido una copia de la llave. “No importa, no ve, cuando vengo le miro”, dice, mientras señala el nombre de su papá grabado sobre un mármol blanco tornasol, “le converso y le acompaño. Rezo. Todo lo que tengo es gracias a él. Agradezco a la virgen también”.

Mientras Esperanza ora en paz, una trompeta rompe millones de conversaciones y supera todos los cantos. Sigue un ritmo triste y parece que alarga cada nota. La alarga, la alarga, antes de tocar una nueva. Tuuuu.ti.tu.tuuuu Se detiene unos segundos. Tu.ti.tuuu.tuuu.tuuu. Vuelve. Ti.tuuu.tuuu… Se detiene y vuelve, se detiene y vuelve, se detiene y desaparece. Música, coros y rezos vuelven a llenar el viento que corre sobre la cabeza de los visitantes, entre los árboles con tronco ancho que dividen los pabellones, a través de las vías por las que pasean los familiares que buscan un nombre, en medio de los grupos que se reúnen frente a las tumbas y las redecoran. Unos cuantos hacen fila para llenar de agua los tarritos para las flores que adornarán cada nicho. “La gente que se dedica al rezo”, me explica Esperanza, son desconocidos que rezan en nombre de un difunto.

Tres señoras apilan panes de diferentes tamaños en una esquina. Hombres, mujeres y niños, se acercan y preguntan quién fue y cómo se llamaba el finado. Frente a su tumba, los desconocidos oran y cantan, con las manos en el aire y los ojos cerrados, en grupo o en solitario. Al terminar, reciben un plato con pan, pasankallas (maíz tostado y pintado) y alguna bebida. “Por lo que han rezado, les dan”, dice Esperanza.

Los ‘rezadores’ llevan en la espalda costales que van llenando al pasar por cada pabellón. Rezan en castellano, aymara o quechua, de acuerdo al idioma que hablaba el finado. El que mejor reza, recibe más.

wawitas
Las Tanta wawas (guagüitas de pan) tienen diferentes formas: representan a niños y niñas, así como a gringuitos que han muerto en Bolivia (los muñecos que tienen pelo amarillo). Hay escaleras (para ayudar a las almas a subir y bajar del cielo) y caballos (que ayudan a las almas a llevar sus cosas hasta el más allá). El uso de las wawas también es educativo: enseñar a los niños a rezar a cambio de un pan dulce que se disuelve en la boca.

Seis hermanas –sombrero negro, chal negro y pollera negra- cantan en grupo. Una tiene un tono más alto que las demás. No importa. Con los ojos cerrados, sentadas sobre una tapia y con comida dispersa sobre mantas, oran en alto y en conjunto. Al terminar un Padrenuestro cantado, una de ellas se aleja. Minutos después vuelve con un cura de sotana blanca y estola morada, y con un guitarrista. “¿Cómo se llama el difunto? ¿Zavala es?”, pregunta y comienza con una canción que recuerda a Alfonso Zavala, un reconocido compositor de morenadas –danza popular del altiplano- que murió en 2011. “Al pie de tu tumba derramo mi llanto. Llévame contigo, no quiero sufrir más. Mi alma está triste desde que te fuiste. Mejor morir”, corea el guitarrista.

Tras el canto, el sacerdote abre la Biblia. La coloca delante de su rostro, sobre las manos. Las hermanas, los sobrinos, los nietos y otros visitantes se santiguan. “Dios –comienza a decir el padre–, te ofrecemos este día a Alfonso. Alfonso, que el señor te abra las puertas del paraíso”. Le siguen un Padrenuestro, un Avemaría, un gloria y la bendición. Hunde una florcita blanca dentro de un vaso plástico y el sacerdote lanza agua bendita sobre la tumba, las señoras y su familia, y a los lados. Hasta que las hermanas recojan el dinero, el sacerdote bendice la foto del difunto. Alguien más le pide su servicio, y caminan en otra dirección.

“Brevemente, porque estoy de servicio”, me responde el guitarrista cuando le pregunto sobre las canciones que acaba de cantar. “Canto oraciones –sigue–, siempre primero rezamos, con el padrecito, y hay personas, por ejemplo el negrito Zavala era compositor de música morenadas y al final me piden morenadas, le canto morenadas. Lo que le gustaba”. Poco antes, Esperanza me había contado que “hasta bailan si al difunto le gustaba la fiesta. Si eran bebedores, fiesteros, entonces eso le traen”.

Alegría. Dicen que hay que dejar que pase la pena. Que hay un tiempo destinado al sufrimiento. Y cuando termina, hay que permitir que se vaya, que se aleje. “Después ya las penas se van”, cuenta entre risas Juan Cusi. Pasadas las cuatro de la tarde, después de haber rezado por horas, está bailando y cantando al ritmo del dúo que tiene a Óscar Rivera moviéndose de lado a lado mientras aprieta y suelta el acordeón. “Ahorita estamos cantando cada tema por 10 bolivianos. La gente a veces prefiere una sola canción, a veces 2, a veces 3, así”, me dice, antes de comenzar a cantar para la familia Cusi.

Mientras tocan, dos parejas bailan tomadas de las manos. Un, dos, un, dos, con cada pierna, levantando los pies y las rodillas. Vuelta. Una hacia delante, otra para atrás. Vuelta. Una de las señoras –la que tiene una pollera morada con flores, saco blanco y chal café–, sonríe cada vez que su falda gira, se levanta y parece una sombrilla abierta con vida propia.

“Se van las penas y tienes que estar alegre”, me dice Juan. Alegre está él y su familia. Cuando termina la canción, “¿y la yapita? ¿hay la yapita?”, las parejas se separan. Escupen las hojas de coca que estaban masticando. Me sonríen, me dan la mano, me preguntan cómo celebramos en Ecuador y me cuentan que en Todos Santos, dos días en que los bolivianos homenajean a sus muertos (y cuando, según la Alcaldía de La Paz, el 99% de los nichos son visitados), el objetivo final es compartir. “Dicen que las almitas llegan en esta fecha. Tenemos que dar a cada gente que viene a rezar y reza con la familia. Es para compartir. A los mejores rezadores se da mejor”, reitera Juan.

El pan, las frutas, los panes, el té, las bebidas alcohólicas, los bizcochos, el maní colorado y pintado, la Coca Cola que cada familia lleva al cementerio son para compartir: sufrir juntos, recordar juntos, rezar juntos, orar juntos, comer juntos, beber juntos, cantar juntos y, finalmente, bailar juntos.

rosas

*Publicado el 3 de noviembre de 2016 en www.labarraespaciadora.com

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Bus

Me subí a un bus que me lleva a ninguna parte. Me senté en el asiento del conductor, agarré el volante y pretendí manejar, sin frenar ni poder cambiar de marcha.

Me subí a un bus pintado de colores por fuera y lleno de basura por dentro. Me levanté del único asiento del bus y caminé hacia atrás. Subí unas gradas y levanté una puerta. Me paré en la parrilla de un bus que no lleva a ninguna parte. Miré a la cámara y no quise sonreír.

Me subí a un bus parqueado en cualquier parte, afuera del hotel donde dormí en Uyuni, que no lleva a ninguna parte. Y quise hacer como que manejaba. Quise creer que podía manejar un bus sin gasolina ni caja de cambios y llantas ponchadas.

Me subí a un bus que no va a ninguna parte por jugar. Me subí a un bus que parecería que describe quién soy, dónde estoy y qué hago.

Me subí a un bus que me lleva ninguna parte. Ese bus no puede chocarse. Ese bus no puede salir. Ese bus no puede parar. Ese bus va hacia ninguna parte. Ese bus no necesita un conductor. Yo soy una pasajera de ese bus que va a ningún lugar.

Alaracas

La camiseta gris tenía un estampado del escudo de The United States of America que, a su vez, estaba perfectamente metida dentro del jean. Resaltaba la correa café y los zapatos de trekking (sin lodo ni suciedad alguna). Lo que más llamaba la atención de este hombre pequeño, barrigón, con tatuajes en su brazo izquierdo y calvo, era su tono de voz.

En Quito diríamos que es un hombre alaraca. Aquí no sé qué palabra usan para describir a una persona que habla más alto que los demás y tiene una personalidad más bien teatral: al vernos sentadas en las dos únicas sillas frente a la puerta café con el rótulo de Secretaría, nos preguntó a quién buscábamos. Al coordinador, le respondimos. Tocó la puerta tres veces con un puño, y repitió “Rafael, Rafael, Rafael, ¿Rafael?”. Al no tener respuesta, acercó una oreja a la puerta para escuchar. La chica con la que habíamos hablado antes, al oír el ruido, le dijo que el director todavía no llegaba. Se fue pero volvió enseguida. Esta vez a preguntar de qué se trataba la entrevista. Repitió nuestra respuesta al celular. “Que ya viene”, nos contó, “está en el campus. Se demora unos 15 minutos”.

En media hora que llevábamos de espera, cruzó varias veces. Saludaba con los pocos estudiantes que diambulaban por el segundo piso. En este país la paciencia es la reina de todas las virtudes.

“Dispara cuando quieras”, dijo el director, y sonrió. Nos separaba una desordenada mesa de madera repleta de papeles, cuadernos, esferos, libros y post-its.

Esta tarde calurosa de 31 de octubre, mientras Halloween se había tomado las calles, este sociólogo -reportero de joven, político hasta convertirse en viceministro, sociólogo con estudios en Europa y finalmente  académico a la cabeza de la carrera de Comunicación Social de una universidad católica- que combina un saco rosado con una camiseta morada y un jean viejo, nos recibió para hablar sobre la historia de la prensa boliviana y su rol en el desarrollo de ciertas causas sociales. Antes de llegar a la poblada barba, del cuello le colgaba un collar que a veces se escondía bajo la camiseta y, al moverse mientras hablaba, sobresalía una piedra negra enredada en la -típica- fibra verde.

Después de escuchar, escuchar, escuchar, preguntar, escuchar, escuchar, escuchar, tuvimos que terminar la entrevista porque el director tenía que asistir a la defensa de tesis de uno de los estudiantes.

Antes de llegar a nuestro barrio, de repente estábamos en medio de un tráfico muchísimo más intenso que de costumbre. De vez en cuando pasaba un carro donde había un bebé disfrazado de león. Un minibus con varios niños vampiros. Un taxi que llevaba a una familia enmascarada. Y cuanto más nos acercábamos a la Plaza de la Resurrección en la avenida Ballivián, en la calle habían más y más y más monstruos, animales, animales mitológicos, caricaturas, muñecos, brujas, ángeles y demonios…

Frente a la parada donde nos bajamos, el Burger King parecía el centro de la diversión. En el parqueadero habían dispuesto mesas y sillas para que la gente pueda disfrutar un show de payasos en la tarima de enfrente. La fila para entrar al local era monstruosa. La fila para entrar a la sala de juegos era aún más monstruosa.

Pero la verdadera fiesta estaba en las calles.

“Calabazas de Pikachu a 5, a 5. Calabazas de Pikachu a 5, a 5” repetía una vendedora que tenía un puestito improvisado en la vereda. A la subida nos chocábamos con tantas princesas como vampiros, tantos animales como pokemones.

Justo en la esquina de la Calle 21, subido sobre una tapia, un señor hablaba sin tener realmente una audiencia. “Esto a la larga o a la corta, va a traer problemas en tu vida”. Repetía, de diferentes formas, con palabras más o menos rebuscadas, que celebrar Halloween es poner en riesgo tu alma.

La euforia de los paceños, las máscaras, los disfraces, y también diría que el exceso de azúcar, pudo más que un discurso religioso que claramente no ha impedido que en Bolivia, como al rededor del mundo, Halloween se convierta en una celebración más.

Spiderman, caminando de la mano de Minnie Mouse, pasó delante de nosotras. Atrás le seguían payasos, calaveras, cientos de calaveras, brujas, diablos, maléficas… El aire olía a algodón de azúcar, a chocolate caliente, a caramelos…

“Ana Mari”, dijo la Isa con voz enamorada, “están disfrazados de How to train your dragon y el bebé es el dragón”. El aire también estaba lleno de oooh, oooh, ooooh qué lindo, oooooh qué lindoss, mira, mira.

La gente caminaba, caminaba, caminaba. Iban de un lado a otro disfrazados, saludando con otros, tomando fotos a todos lados. Los niños posaban para las cámaras de papás que, al menos, llevaban una diadema con cuernos o un sombrero de bruja. O tenían un disfraz increíble: el vestido blanco con puntos de una señora era exactamente igual que el de su hijo al que llevaba en brazos. Ella era Cruela de Vil y el bebé uno de los 101 dálmatas.

“Me dan mucho, mucho miedo los payasos malévolos después de lo que he visto en el Internet, no ve” les contó una chica a sus dos amigas. Solo los adolescentes iban de payasos. El chiste de asustar niños con una peluca de colores pero un maquillaje derretido tampoco parece ser chistoso en La Paz.

En la Plaza de la Resurrección, con la Iglesia de San Miguel en la parte más alta, había uno que otro angelito. Ayer en la misa una señora invitó a todos al ‘Holywins’, una fiesta, sí, pero con un giro católico.

“Este 31 de octubre los hijos mimados de Dios recibiremos la bendición del padre y se invita a los niños a vestir de santos o ángeles. Si se trata de dulces, los dulces los pondremos nosotros”, rezaba un cartel gigante colgado frente a la entrada. A las siete de la noche, mientras la plaza era una fiesta de disfraces, la iglesia estaba repleta de gente -casi nadie disfrazado- que rezaba y cantaba.

En puestitos improvisados, la gente vendía caramelos, luces de colores con formas originales y pintaban caritas a los niños.

Las familias salieron a desfilar en la noche de este lunes, del último día del mes. Resaltaban las calabazas anaranjadas, los disfraces originales, los olores dulces y la multitud en la calle.

Parece que, una vez al año, a los paceños les gusta ser alaracas, aún así sea personificando a alguien más. O siendo ellos mismos detrás de un disfraz, en medio de miles de enmascarados.

Mañana trabajan solo hasta medio día. El miércoles es feriado por el Día de Todos los Santos. Las celebraciones familiares recién empiezan.

El reloj da la hora al revés

“Vayan, vayan, vayan, vayan…” les grita un niño a la infinidad de palomas que merodean la Plaza Murillo, al frente del Palacio Quemado desde donde gobierna el presidente Evo Morales.

A las 15:15 pm suenan tres campanadas que salen del otro Palacio, la sede del Congreso Nacional construido en 1905. Columnas redondas que quieren parecerse al clasicismo europeo sostienen al edificio color mostaza. Tres banderas -de la ciudad, del país y del partido político oficialista- ondean unos segundos pero enseguida pierden movimiento y vuelven a descansar, un poco desparramadas, sobre los balcones centrales. Arriba posa el escudo nacional.

Y en la parte superior de la construcción, en solitario, el reloj da la hora al revés. O sea, no da la hora al revés, sino que debe ser leído de izquierda a derecha: el 7 donde normalmente va el 5 y el 10 en el puesto del 2.

Mientras ese edificio representa el poder legislativo boliviano tan parecido a cómo pasan leyes en otros países andinos, afuera, en frente, en la plaza, esta tarde de martes es sorpresivamente tranquila.

Sentadas en las gradas de piedra, entre el sol y la sombra, somos dos más de los tantos grupos que están en la plaza.

Las palomas, miles de miles de miles de palomas grises con ojos anaranjados y patas rojas, ocupan prácticamente toda la plaza. Caminan y vuelan de un lado a otro buscando comida. Niños vestidos con delantal aguamarina venden bolsas de maíz por dos bolivianos. Los visitantes riegan los granos en el suelo, se los ponen en las manos o los lanzan para sí atraer a las aves que se mueven en grupo y trepan por el cuerpo de la gente sin problemas porque no les asustan ni los sonidos ni los aplausos.

“Vayan, vayan, vayan, vayan…” repite el mismo niño con gorra amarilla y saco de Winnie Pooh. Las palomas le persiguen y después él persigue a las palomas. Otros niños hacen lo mismo.

A los quince minutos vuelven a sonar las campanas.

Dejamos la Plaza Murillo atrás para internarnos otra vez en el movimiento del centro de La Paz.

Las calles huelen a pollo frito, a naranjas recién exprimidas, a espumilla de sabores, a aguas servidas, a embrague quemado y a smog. Hay música en el aire. Llega desde las veredas donde se sientan cantantes con sus instrumentos o de parlantes instalados sobre el asfalto. Frente a una pared en la concurrida calle Comercio, un muñeco baila al ritmo de un reggaetón de comienzos de siglo, y la gente hace un círculo alrededor de él. Otros pasan de largo como nosotras, pero el traqueteo de lo que pasó, pasó, se queda inconscientemente en la punta de la lengua.

Caminamos largo y rápido entre la gente, entre los objetos que venden en mini instalaciones en la mitad de las veredas donde hay desde juguetes, útiles escolares, ropa y frutas. Entre el olor a aceite hirviente y a hamburguesas recién fritas, entre conversaciones que trato de recordar al vuelo, y entre edificios olvidados por una alcaldía que permitió que la historia de la capital se pierda poco a poco con el paso del tiempo, el clima y la contaminación.

Cuando termina la tarde, los trabajadores salen de sus oficinas y se adentran en el nuevo remolino de las veredas y la espera en cada semáforo. Los autos, buses, mini buses, micro buses, trufis (taxis de ruta fija), y taxis acaparan todo el espacio en la calle. Los peatones los rodean, adelantan y caminan a su lado sin ninguna preocupación. “En este país los choferes son malos, pero los peatones son peores” nos dijo un señor en una entrevista.

Es las 18:15 pm pero todavía no hay rastro del atardecer. “Estamos en verano todavía” contesta el conductor del trufi que tomamos en la Plaza San Francisco y se dirige hacia nuestra calle en el barrio San Miguel. Para recogernos, al ver que levantamos la mano y la sacudimos de abajo hacia arriba, el chofer paró en la mitad de la avenida Mariscal Santa Cruz sin preocuparle si generaba o no tráfico. Los transportistas frenan donde los usuarios piden, menos en los pasos cebra que pretenden dar paso al peatón.

Como en otras ciudades latinoamericanas, aquí rige la ley del más pilas, del más vivo, del más avispado, del más sapo. Gana quien llega primero. Por eso, los buses, micros, trufis y taxis se adueñan de las vías, las paradas, los semáforos, los pasos cebra y las esquinas con una destreza incomparable y una creatividad inmediata: los conductores logran pasar por espacios mínimos, se cruzan entre ellos lanzando el carro sin temor de chocar, no respetan quien llega primero al redondel, adelantan filas en vías unidireccionales, aceleran sin cambiar de marcha y logran superar esos segundos en los que el verde cambia a luz roja.

Decir en alto o en silencio que esta ciudad es rara se ha convertido en una afirmación retórica. Extraña. Especial. Única.

En general, el tono de voz de los paceños es suave y tranquilo. Compartir asiento en cualquier trufi pone en duda si mi vida está o no en inminente peligro. Y, por otro lado, me hace inmensamente feliz conocer la ciudad porque en todas las tiendas, restaurantes, buses o casas se despiden con un “taluuego” y te reciben con un “buenass”. Es la única ciudad en la que la Isa no se siente extranjera. El desorden lejos de desconcertarme, prende todos los sentidos para estar alerta. Alerta a todo lo que puedo aprender únicamente mirando por la ventana desde el taxi que acelera, acelera, acelera y finalmente sale en una subida empinadísima.

En la altura, en al frío y en el caos es posible encontrar tranquilidad. O algo así. Es las 23:15 pm y la calma de la calle llega al piso 19 del departamento alquilado.

Vayan, vayan, vayan, le decía el niño a las palomas, pero realmente quería atraerles. En La Paz hay que ver el reloj al revés para que todo tenga sentido. Y todo tiene sentido.

La mano izquierda

“Esto no es un tema privado, es un tema de debate público”, contestó sobre si podíamos grabar la entrevista de su opinión frente al trabajo infantil en Bolivia.

Peinado con una línea recta que le divide la cabeza, su pelo gris cada vez es más blanco. Está perfectamente cuidado, sin patillas ni rastro de barba en la cara.

Tiene el párpado izquierdo más caído que el derecho. Las ojeras son profundas y sus ojos café nadan sobre una capa blanca, algo rojiza. Sus manos arrugadas y secas tienen uñas muy cortas y limpias. Las pecas de la cara no se replican en las manos.

La Paz amaneció lluviosa y fría. Atrás quedó el cielo azul claro de la anterior semana, para pasar a unas nubes espesas que no permiten ver las montañas que rodean la capital más alta del mundo.

Ese frío, que entra por los zapatos de lona, seca la piel hasta hacerla tan rasposa como una lija y se mete entre las costuras para enfriar estos cuerpos andinos acostumbrados a una altura que cambia entre sectores económicos y sociales, entra de a poco y se queda contigo durante todo el día.

El saco azul, que parece cocido a mano, tiene una apertura en v desde la que sobresale una camisa azul clara y desabotonada que permite ver un cuello todavía lacio, sin un pelo ni una mancha.

“Es posible que Correa no haya trabajado cuando era niño. Viene de otra clase social. En cambio Evo Morales… que este señor no haya trabajado de niño es impensable”, dice comparando las realidades entre Ecuador y Bolivia.

El primer trabajo de Correa fue como profesor de catecismo, a los 16 años. En 2014 dijo en una entrevista que el trabajo infantil es una tragedia. En Ecuador la edad mínima para trabajar es de 15 años.

Morales, en cambio, fue pastor de llamas y ganado. Por esa razón apoyó la aprobación del Código Niña, Niño y Adolescente que permite, en ciertos casos, que los niños bolivianos trabajen desde los 10 años. En varias entrevistas, Morales ha afirmado que el trabajo genera conciencia social en los niños.

De esa diferencia hablaba, sentado frente a nosotras en una sala rectangular, con vidrios limpios y piso de madera, en una casa vieja de tres pisos sobre la calle Tito Yupanqui.

“El trabajo no es infantil. El trabajo es trabajo”, aclara el entrevistado. Mira directamente a los ojos cuando habla, utiliza las manos para enfatizar oraciones. Levanta los hombros al mismo tiempo que hace preguntas retóricas. “Estos chicos son dignos. Trabajan, no piden limosna”, dice mientras levanta las manos y la voz que, a pesar de ser suave, constante y equilibrada, se mantiene firme al afirmar que los niños aprenden a ser responsables al “incorporarse al mundo del trabajo”.

La presencia de los niños trabajadores, explica, supera la calle. O sea, es una actividad formativa que reconoce la capacidad de los niños de ser productivos y se convierten en “niños con autonomía, con independencia”. La estructura de la calle en Latinoamérica, con una dinámica claramente distribuida, sí es un espacio para los niños y los adolescentes trabajadores, y agrega que “no hay que satanizar la calle”.

Cada tanto, raspa los dedos de la mano izquierda sobre el ojo izquierdo. Lo hace suavemente y superficialmente. Repite el mismo movimiento entre oraciones y argumentos, después de una larga explicación y cuando deja de mirar fijamente a la entrevistadora.

Levanta los lentes de la mesa, juega con ellos con las manos y los abre. Los deja descansando unos minutos más. Antes de levantarse, dando por finalizada la entrevista, se los pone. Sus ojos cansados se pierden tras los vidrios amarillentos. Parado y sin el discurso en la voz, es un hombre de baja estatura y flaco. Se despide y se pierde en los otros cuartos en los que funciona la fundación que trabaja con niños, niñas, adolescentes y familias en situaciones vulnerables en La Paz.

Nos entendemos.

Sé, por ejemplo, que quiere estar sola. Que me quiere cerca pero a veces prefiere que mantenga cierta distancia.

Sé que está acostada en la cama, a pocos metros de mí, leyendo. Quiere estar sola.

“¿Cómo puedo cuidarte mejor?”, se preguntó el jueves en voz alta, porque me veía alicaída, atontada y afectada por los famosos efectos de la famosa altura de La Paz, la capital boliviana.

A los dos días de nuestra llegada, instaladas en el piso 19 de un edificio amarillo que todavía sigue en construcción, con comida en la refrigeradora y la ropa todavía ordenada en los cajones, la que se siente mal es ella. A quien le duele la cabeza, le pesa el cuerpo, está mareada y solo quiere dormir, es ella.

“¿Podemos irnos ya?”, me preguntó con su voz tranquila y suave. Yo, alejada del cafecito decorado con pequeñas luces amarillas en serie, donde sonaba una playlist de Bob Dylan -el flamante ganador del Nobel de Literatura-, estaba, al mismo tiempo, buscando reportajes en medios bolivianos, escuchando una entrevista a una asambleísta ecuatoriana, y contestando mensajes, no me fijé en la expresión de cansancio que mi compañera de mesa trataba de esconder mientras escribía en el cuaderno que nadie más que ella puede abrir.

Pagó el café dulzón que tomó y el batido semicongelado que tomé, pero siguió escribiendo y yo seguí escuchando, leyendo y respondiendo.

Hasta que me dijo ya. Vamos ya.

El camino de vuelta cada día es más conocido. En La Paz hay los choferes más violentos que hemos conocido. Casi no existen pasos cebra, y si están dibujados son ignorados por conductores y peatones, a pesar de que hace 15 años las autoridades paceñas crearon Las Cebras de La Paz: voluntarios disfrazados de cebras que se ubican en varios semáforos de la cuidad y buscan implementar una educación vial en las calles.

Ayer en la tarde una de ellas nos acompañó mientras cruzábamos una calle. Pero esta noche, sin cebras ni policías de tránsito, nos lanzamos a la aventura de leer el pensamiento de los choferes que parece que frenan pero al final deciden acelerar a pesar de estar a pocos metros de personas que cruzan cuando el semáforo ya está en rojo.

Sé que me quiere cuando me toma de la mano para cruzar la calle o me jala porque sabe que soy despistada y probablemente no calculé cuán cerca está el carro que viene en nuestra dirección.

Nos entendemos, eso está claro. Por eso ella se adueño del cuarto y yo de la cocina, desde donde puedo escuchar cómo teclea, borra, repite, borra, mejora la oración y separa ideas con puntos en vez de usar el punto y coma, en esta noche fría con luna llena. Desde esta mesa redonda con cuatro puestos, frente a una ventana que me ofrece un mar de luces que no siguen una planificación urbana, quiero estar sola y ella quiere estar sola. Este silencio cómplice se llena únicamente con el sonido constante de la vieja refrigeradora, el paso de los autos por las calles donde por suerte  no hay tráfico, los tecleos de allá y los tecleos de acá.

“¿Ana Mari?”

“¡Qué susto!”

“¿Qué pasó?”

“Me asustaste”

“Ay, perdón. ¿Quieres ver un Gilmore Girls?”

Y sí quiero. Sé que ya queremos volver a estar juntas. Sin conversar, pero estar juntas.

Nos entendemos. ¿No ve? (así terminan las oraciones aquí).

Hablar y escribir de maquillaje

¿Qué hace cuando sus dos hijas le hablan de política, economía, sociología, moda, derechos humanos, literatura, deportes? Pero, sobretodo, ¿qué hace cuando sus hijas le quieren contar cómo se sienten?  Si alguna vez -me invento- a una de ellas un compañero le hizo sentir menos, como si su opinión no fuera importante, y llegó llorando a la casa, ¿qué hizo él, su papá? ¿Le escuchó, le limpió las lágrimas y le dijo que sea fuerte?

No sé. Nunca voy a saber. Nadie más que ellas dos pueden saber cómo es ser hija el actual presidente del Ecuador.

Un presidente que esta noche le recomendó a otra candidata -una de la oposición, obvio- que mejor hable de maquillaje y no de economía al no ser una materia que domina.

“Yo de asesor de Cynthia Viteri le diría, vea, no hable de economía, por favor, hable de cualquier cosa, de maquillaje pero no de economía. Da vergüenza ajena”, comentó el presidente como si fuera una conversación informal y no una rueda de prensa con los medios de comunicación, transmitida en vivo.

Cuando escuché el comentario, mi corazón empezó a latir con mucha fuerza. En menos de un minuto repetí mil veces esa parte de la transmisión. Abrí un nuevo post y transcribí esas palabras. Sabía que esa noticia tenía que publicar esa misma noche.

Y eso hice. Está aquí: “Correa dice que Cynthia Viteri debería ‘hablar de maquillaje pero no de economía'”

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Después de escribir y reescribir y revisar y corregir y publicar, me recosté un poco sobre el escritorio. Y pensé en las dos hijas del presidente.

¿Qué pensaran ellas al saber que su papá opina, en vivo, que la única candidata (quien también es abogada y asambleísta) a la presidencia del Ecuador debería hablar únicamente de maquillaje y no de economía?

Una de ellas publicó recién una serie de columnas en el diario El Telégrafo donde analiza una forma “científica” para descalificar a la democracia . Su papá, orgulloso, hizo eco de todos los editoriales en su cuenta de Twitter.

Si ella, una estudiante de ciencias políticas becada por el Gobierno francés, habría escrito algo que le parecía falso a su papá, ¿el presidente del Ecuador también le hubiera recomendado que mejor escriba sobre maquillaje?