Como ella

“¿Si sabes quién soy?”

“Claro que sé quién eres”

“Es que estás con ojitos de que no sabes quién soy”.

“¿Cómo no voy a saberf quién eres?”

Esa conversación tan simple, tan básica, significa el mundo para mí. Que mi abuela sepa quién soy es -casi- lo único que necesito para sentirme validada. En serio. Lo que ella, la Piedad, piensa sobre mí siempre me ha definido. Siempre. Porque siempre he querido ser como ella.

Hoy, que volvía de una presentación importante sobre temas importantes para gente importante, le vi y por unos segundos me imaginé que frente a mí estaba quien fue hace más de 10 años pero yo sí era quien soy. Ese escenario hubiera sido así: al salir de la reunión paraba un ratito por su casa para contarle cómo me fue, qué aprendí, qué vi. Pero, sobretodo, escuchar qué opina, quizás hasta que me aconseje mientras tomamos un cafecito y vemos por la ventana de la cocina cómo ha crecido nuestra ciudad hacia el Pichincha.

Eso, mil veces eso, en vez de realmente salir con el corazón hecho una pelotilla, con un nudo en la garganta por verle tan frágil, tan olvidadiza. Con esa imagen de ella acostada sin prestarle atención ni al sonido de la televisión, con la misma chalina de hace años, mirándome con ojitos perdidos.

Dejarle con sentimientos encontrados: por un lado feliz porque me reconoce perfectamente, porque le gustaron mis aretes y mi vestido, porque al despedirme pensó, en alto, cuán alaja le parece que me he vuelto. Y, por otro, triste, tristísima, porque ya no es ella.

Sabe perfectamente quien soy, porque, tal vez, también sabe que quiero ser como ella.

Crecer

Crecer, más que madurar, es dificilísimo.
Crees que madurar significa tomar mejores y pensadas decisiones. Respirar más profundo. Pensar antes de hablar. Luchar por superar miedos de la adolescencia y tratar de convertirte en la mejor versión de ti misma. Pero, ¿y los otros?
¿Qué pasa, por ejemplo, con tus hermanos, con tus papás, con tus amigos desde la infancia cuando analizas todo desde tu aparente madurez?
Lo que pasa es que esa burbuja perfecta estalla.
Una mañana comienzas a cuestionar, desde lo que crees que es la madurez, lo que hace tu familia. Cómo, te preguntas, es que somos tan diferentes si crecimos en la misma casa. Qué pasó, tratas de analizar, con esa relación inquebrantable, sostenida por esa fuerza mágica llamada amor, que te daba calma cuando afuera todo estaba en crisis. Cuándo, te desesperas por saber, dejaste que tantas dudas entren en tu corazón y hoy cuestionas hasta la última expresión lanzada durante la cena.
Quién, quién, quién, ¿quién soprepasó la línea y se alejó de lo que siempre fueron, juntos, como uno?
Tú. Obviamente fuiste tú. Tú, que no aceptas que cada uno escoge su propio camino y no entiendes por qué se aleja tanto de lo que sentías que era tuyo.
Crecer, tener trabajo y responsabilidades, obligaciones y aprendizajes a diario, es muy difícil. Porque, una madrugada te das cuenta que tú ya no eres tú y ellos ya no son ellos. Todos cambiaron. Completamente. Tanto que, si de verdad quieres ser madura, tienes que aceptar las diferencias que se interponen bajo un mismo techo.
Claro que cuesta. Claro que haz llorado muchas veces en los últimos meses porque reconoces las expresiones pero sabes que ya no significan lo mismo. Y claro que va a llegar un día en que te des cuenta de que ese lazo nunca se rompió, solo se estiró porque eras tú la que se había alejado para poder encontrar el camino de vuelta.
Mientras tanto, hasta regresar, aprende de la gente verdaderamente madura, realmente grande: como de tus papás, que han celebrado todas tus transformaciones, tus cambios, tus decisiones, tus equivocaciones, tus personalidades. Escuchales a ellos. Imítales a ellos. Acuérdate, no has crecido todavía.

Pero nos siguió el gato

Esta fábula recién empieza, pero la historia comenzó el 28 de abril de 2017.

Ese viernes en la mañana vi que una amiga de una amiga buscaba casa para una cachorra negra, mínima y recogida de alguna calle en Quito. Esa tarde recogí a una perrita llena de hongos, sin vacunar y que a duras penas tenía dos meses. Cuando nos conocimos no hicimos clic ni se me pegó enseguida. Ya en la calle, mientras le cargaba, comencé a arrepentirme de haber adoptado un animal tan pequeñito, enfermo, pero sobretodo sin tener la mínima idea de cómo cuidarle.

Le acosté sobre el asiento del copiloto y comencé a acariciarle. Una amiga de la amiga de mi amiga le decía Gaia. Después de mucho mirarnos me pareció que sus ojos parecían canicas. Entonces se llamó Canica.

Esa noche le conoció a mi gato. Él, furioso, se mantuvo erizado y siseando por horas. Detrás de la puerta de la cocina me veía con indignado. Esa noche durmió conmigo pero no ronroneó. No ha vuelto a dormir conmigo.

El gato (se llama Gato) dejó de maullar y pasaba como escondido, mientras yo curaba todas las mañanas y las noches a una Canica repleta de hongos y bacterias en la piel.

Una madrugada trabajaba en mi escritorio cuando entró el gato. Estaba bastante torpe porque tenía un cono en la cabeza para que no se muerda el lastimado en la cola. Tratando de acostarse sobre mis piernas, perdió el equilibrio y cayó. Cuando le regresé a ver estaba desparramado sobre el piso. Me miró con una expresión que mezclaba furia y tristeza. Le recogí. Le abracé. Le pedí perdón mil veces. Volvió a ronronear tranquilo hasta que apagué la computadora.

Al día siguiente, el Gato permitió que la Canica se acerque.

A la cachorra le encanta corretear alrededor del mesón en el que está subido el gato. Cuando se enfrentan en el piso, él da manotazos. Ella mueve la cola y da vueltas en círculo. Después comienza la persecución que termina a los pocos segundos porque él es rapidísimo.

Así, entre que se encuentran y comienzan a jugar, han pasado las últimas semanas.

Cuando salimos a caminar, la Canica salta alrededor mío, me muerde las piernas, corre y vuelve. Se enfrenta a los perros vecinos que ladran frenéticamente y mueve la cola. Me sigue. Me da vueltas. Huele todos los árboles y mordisquea todas las plantas que encuentra en el camino.

En nuestro paseo de esta noche me di cuenta que el Gato nos seguía, por la parte más oscura, entre la vegetación y a lo lejos. Paré. La Canica comenzó a perseguirle. Él trepó  hasta la rama más alta. Seguimos caminando. De a poco, volvió a seguirnos desde la pared.

Volvió a bajar. Volvió a subir al techo de un auto. Volvió a bajar. Volvió a esconderse en el balde de la camioneta. Volvió a bajar…

Así les dejé. Desde su cuarto mi mamá me preguntó cómo nos fue en la caminata. Le conté que no nos encontramos con el Plug, el feliz perro del guardia, pero que nos siguió el gato. También se sorprendió.

Esta fábula recién empieza.

Clac

En esta piscina hay fantasmas, estoy segura.

Recostado contra el filo de piedra hay una sombra que me parece que es Pepito: ese señor alto, panzón, peludo, calvo y sonreído con el que nos encontrábamos cuando éramos niños. Él era buenísimo para nadar. Respiraba una sola vez, se sumergía y buceaba de un lado al otro solo para entretenernos. Hacía sus ejercicios para fortalecer sus musculos y salía. Tenía las piernas flacas y el pecho lleno de vellos. Le costaba subir las pocas gradas para salir. Al lograrlo, recogía unas sandalias negras que había dejado a lado del vidrio y caminaba.

Cada paso sonaba clac, clac, clac. Se despedía de nosotros mientras se ponía la bata café. Clac, clac, clac, caminaba hacia las duchas y le perdíamos de vista. No me acuerdo haberle visto con algo que no sea un terno de baño. Para mí era ese señor calvito que era buenaso para nadar. Hasta que empezó a bajar con otro señor y un perro. Estaba mucho más viejito y necesitaba que le ayuden a caminar. Ese clac…clac…clac… era lento y suave.

Cuando Pepito ya no nadaba sino descansaba dentro del agua, era yo una adolescente que necesitaba nadar para no tener ese dolor insoportable en la espalda y en el cuello que me acompaña desde los 13.

Entonces, él chapoteaba suavecito mientras yo leía acostada sobre las tumbonas esperando que se vaya. Hasta que no volvió más.

Me acuerdo de su voz ronca, de los ojos chiquitos que se escondía tras los lentes de agua. Me acuerdo de él apoyado sobre el filo de piedra, en el centro de la piscina. Y de su sonrisa.

Este lugar suena como esas casas viejísimas en las noches: las maderas se desperezan, el agua se mece como la gelatina antes de ser refrigerada y desde el techo caen gotas de manera ordenada, casi sinfónica.

Es el mismo sonido de siempre: el de la caída, el del movimiento, el de la soledad.

Este edificio, donde ha vivido mi abuela los últimos 20 años, es una cápsula en el tiempo. Parecería que no se acumula ni el polvo. A pesar de que cambiaron el ascensor, las mesas de la piscina, el jardín y el piso, aquí sigue siendo 1996.

A veces, cuando vengo a nadar en las mañanas o los sábados, me encuentro con unos señores que siempre me mandan saludos para mi abuela. Ellos ya no nadan. Caminan dentro del agua, bucean, flotan. Salen de la piscina y recogen las sandalias y clac, clac, clac, caminan hacia las sillas y se ponen sus batas y clac, clac, clac, abren la puerta y entran a las duchas.

Después les sigo y clac, clac, clac, abro la puerta y clac, clac, clac, entro a la ducha. Sigo el mismo sistema.

Miro hacia allá, hacia la pared del fondo y no le veo a Pepito pero yo sé que sí está recostado sobre el filo de piedra, en la mitad de la piscina y sonriendo hacia acá.

Clac, clac, clac, me voy.

Teje

A veces no sé como decirte todo lo que quiero decirte. Ya no somos las mismas. Desde hace unos meses que no somos las mismas porque ella, siempre ella, ha definido nuestra existencia.

Las dos estamos tristes. Tus hermanos también están tristes. Pero ella no. O creo que no. Parece que no se da cuenta de lo que le está pasando. Como si convertirse en un pajarito envejecido, que ya no canta, que ya no picotea, que ya no surca los cielos azules realmente no le importara.

Cuando se sienta en la mesa cierra los ojos, mueve los dedos sobre su cara y se rasca la frente. Trata de acentarse el pelo. Abre los ojos. Mira a su alrededor pero no está presente. La mujer más vivaz que conozco, mi inspiración de fuerza, está a lado mío pero no conmigo, peor contigo. Ya no me pregunta mil veces dónde estás, si ya llegas o por qué se demora el Rodriguito. Ya no me habla. Ya no te habla. Ya no habla con nadie. No le importa más si estoy peinada o despeinada, ni si mi “fachita está horrorosa”.

Sabes que me encanta repetir sus dichos, sus frases, las palabras me dijo mil veces cuando era adolescente y no quería escucharle. Sabes que sus comentarios definieron mi vida, como en su momento hizo contigo.

Quiero decirte tantas cosas pero no sé cómo. Como ella diría, me siento como una pendejada sin saber cómo reconfortarte cuando estás triste. Puedo acompañarte, quererte, y quererle sin medida mientras caminamos del cuarto al comedor apoyadas en su bastón para que no cedan sus piernas débiles. Sin hablar. Sin preguntar. Sin rememorar quien ya no es, sino aprender de esa calma que le acompaña a diario, de esa paz que llega cuando aceptas los cambios.

Cuando teje y teje y teje y teje está tranquila. Y cuando no teje también está tranquila. Ahora nos define así.

 

Quién

¿Qué somos cuando no somos lo que quisimos ser? Periodista, futbolista, abogado, deportista, músico… y un largo etcétera. ¿Qué somos cuando las mañanas se alejan de lo que planeamos y cada día se asemejan más a lo que juramos nunca ser? ¿Qué somos, carajo, cuando cambiamos de acuerdo a los demás y seguimos todos los consejos de vida que antes juzgábamos como cursis y ridículos?

No sé qué somos pero tampoco sé qué no queremos ser. Solo somos. Somos en el mismo cuerpo, a través de los mismos lentes y con nuevas responsabilidades. Somos y punto.

Quería ser periodista, soñar a través de las experiencias de los demás y contar tantas historias que me permitan comenzar a narrar la mía. Pero no. Eso que no cuajaba como estudiante nunca llegó a cristalizarse. Y sin darme ni cuenta me convertí en otra persona. Sería falso e injusto decir que no estoy contenta. Solo estoy confundida.

En un año me mudé en esa persona que nunca quise ser. La que se levanta al amanecer para salir a correr los lunes, martes y viernes, y los otros dos días para nadar y seguir instrucciones que -irónicamente- me liberan debajo del agua. La que controla lo que come para perder grasa corporal. La que se emociona cuando le regalan un libro con el retrato periodístico del ex presidente del Ecuador. La que ya no lee antes de dormir por estar muy cansada. Y la que se acuesta antes de las 11 pm.

¿Quién soy? ¿Quién es esta persona que ya no juega, que hace presupuestos para aprender a ahorrar? ¿Quién es esta mujer que se demaquilla todos los días y se esfuerza por tener cuadraditos en lugar de barriga? ¿Quién?

Siento como si estuviera perdiendo quien quería ser para aceptar (embrace como dicen los gringos) lo que parece que sí soy.

Por el momento escribo desde el quinto piso en un edificio que se llama algo Plaza, hago listas de pendientes y, de verdad, me esmero por cumplir deadlines.

Estoy haciendo lo mejor que puedo con esta nueva faceta de quien -aparentemente-soy.

Una hora

Voy a cerrar los ojos por una hora. A la cuenta de tres, retrocederé en el tiempo y pararé en esa tarde que quería asustarte mientras veías la tele, sin entender que los vidrios frente a tu cama reflejaban mi cuerpo chiquito medio escondido tras el dintel de la puerta de madera.

Ahí, justo cuando creía que podía asustarte, y tú me decía algo así como ya no molestes mijita, pararía el tiempo. Recuperaría ese único momento que logro recordar cuando pienso en ti – aun que trate y trate y me obligue a recrear escenas para revivir recuerdos-, a ese único momento quiero volver.

Con todo congelado ahí y todo congelado aquí -porque tengo los ojos cerrados y soy invencible- entraría al cuarto que compartías con la abuela y me acostaría a tu lado. Aplaudiría, esa debe ser la manera, aplaudiría y te pediría que me regales una hora. Solo una hora, mientras mi cuerpo descansa en el 2017.

Si lo logro, haría solo tres cosas: mirarte, escucharte y jugar con ese pelo canoso y maravilloso que iluminaba tu cara.

Te pediría que digas mi nombre para conocer tu voz. Quiero saber, acostada, abrazándote, cómo se siente ser tu nieta. Quiero escucharte, solo escucharte, para descubrir quién eres, qué te gusta. Quiero que me cuentes cómo era vivir en un internado y tener tantos hermanos, cómo logras vivir con ese temblor en tus manos y en tus piernas, por qué te gusta tanto la fanesca, en qué piensas cuando le ves a mi papá y cómo logras ser tan disciplinado.

Te abrazaría tan fuerte porque sería mi única oportunidad de tenerte a mi lado. Solo te pediría una hora para escucharte mientras vemos juntos la tele, tal vez algún programa sobre el comienzo del siglo, porque sé que te daba muchísima ilusión llegar al primero de enero del 2000 (solo te faltó llegar a semana santa, para que comas tu primera fanesca del siglo, te diría al oído antes de irme).

Y cuando se termine el tiempo y tenga que volver a esta madrugada de marzo del 2017, me sentiría una persona nueva.

Gracias por la hora, gracias por la vida, gracias por las canas que ya comienzan a llenar mi reflejo. Ahora ya puedo abrir los ojos.

Este encuentro le relataría solo a mi papá, mientras nos abrazamos y vemos la tele. Y cuando acabe, conversaríamos de muchas otras cosas. Él sabe cuánto me gusta contar.