Pero nos siguió el gato

Esta fábula recién empieza, pero la historia comenzó el 28 de abril de 2017.

Ese viernes en la mañana vi que una amiga de una amiga buscaba casa para una cachorra negra, mínima y recogida de alguna calle en Quito. Esa tarde recogí a una perrita llena de hongos, sin vacunar y que a duras penas tenía dos meses. Cuando nos conocimos no hicimos clic ni se me pegó enseguida. Ya en la calle, mientras le cargaba, comencé a arrepentirme de haber adoptado un animal tan pequeñito, enfermo, pero sobretodo sin tener la mínima idea de cómo cuidarle.

Le acosté sobre el asiento del copiloto y comencé a acariciarle. Una amiga de la amiga de mi amiga le decía Gaia. Después de mucho mirarnos me pareció que sus ojos parecían canicas. Entonces se llamó Canica.

Esa noche le conoció a mi gato. Él, furioso, se mantuvo erizado y siseando por horas. Detrás de la puerta de la cocina me veía con indignado. Esa noche durmió conmigo pero no ronroneó. No ha vuelto a dormir conmigo.

El gato (se llama Gato) dejó de maullar y pasaba como escondido, mientras yo curaba todas las mañanas y las noches a una Canica repleta de hongos y bacterias en la piel.

Una madrugada trabajaba en mi escritorio cuando entró el gato. Estaba bastante torpe porque tenía un cono en la cabeza para que no se muerda el lastimado en la cola. Tratando de acostarse sobre mis piernas, perdió el equilibrio y cayó. Cuando le regresé a ver estaba desparramado sobre el piso. Me miró con una expresión que mezclaba furia y tristeza. Le recogí. Le abracé. Le pedí perdón mil veces. Volvió a ronronear tranquilo hasta que apagué la computadora.

Al día siguiente, el Gato permitió que la Canica se acerque.

A la cachorra le encanta corretear alrededor del mesón en el que está subido el gato. Cuando se enfrentan en el piso, él da manotazos. Ella mueve la cola y da vueltas en círculo. Después comienza la persecución que termina a los pocos segundos porque él es rapidísimo.

Así, entre que se encuentran y comienzan a jugar, han pasado las últimas semanas.

Cuando salimos a caminar, la Canica salta alrededor mío, me muerde las piernas, corre y vuelve. Se enfrenta a los perros vecinos que ladran frenéticamente y mueve la cola. Me sigue. Me da vueltas. Huele todos los árboles y mordisquea todas las plantas que encuentra en el camino.

En nuestro paseo de esta noche me di cuenta que el Gato nos seguía, por la parte más oscura, entre la vegetación y a lo lejos. Paré. La Canica comenzó a perseguirle. Él trepó  hasta la rama más alta. Seguimos caminando. De a poco, volvió a seguirnos desde la pared.

Volvió a bajar. Volvió a subir al techo de un auto. Volvió a bajar. Volvió a esconderse en el balde de la camioneta. Volvió a bajar…

Así les dejé. Desde su cuarto mi mamá me preguntó cómo nos fue en la caminata. Le conté que no nos encontramos con el Plug, el feliz perro del guardia, pero que nos siguió el gato. También se sorprendió.

Esta fábula recién empieza.

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