Clac

En esta piscina hay fantasmas, estoy segura.

Recostado contra el filo de piedra hay una sombra que me parece que es Pepito: ese señor alto, panzón, peludo, calvo y sonreído con el que nos encontrábamos cuando éramos niños. Él era buenísimo para nadar. Respiraba una sola vez, se sumergía y buceaba de un lado al otro solo para entretenernos. Hacía sus ejercicios para fortalecer sus musculos y salía. Tenía las piernas flacas y el pecho lleno de vellos. Le costaba subir las pocas gradas para salir. Al lograrlo, recogía unas sandalias negras que había dejado a lado del vidrio y caminaba.

Cada paso sonaba clac, clac, clac. Se despedía de nosotros mientras se ponía la bata café. Clac, clac, clac, caminaba hacia las duchas y le perdíamos de vista. No me acuerdo haberle visto con algo que no sea un terno de baño. Para mí era ese señor calvito que era buenaso para nadar. Hasta que empezó a bajar con otro señor y un perro. Estaba mucho más viejito y necesitaba que le ayuden a caminar. Ese clac…clac…clac… era lento y suave.

Cuando Pepito ya no nadaba sino descansaba dentro del agua, era yo una adolescente que necesitaba nadar para no tener ese dolor insoportable en la espalda y en el cuello que me acompaña desde los 13.

Entonces, él chapoteaba suavecito mientras yo leía acostada sobre las tumbonas esperando que se vaya. Hasta que no volvió más.

Me acuerdo de su voz ronca, de los ojos chiquitos que se escondía tras los lentes de agua. Me acuerdo de él apoyado sobre el filo de piedra, en el centro de la piscina. Y de su sonrisa.

Este lugar suena como esas casas viejísimas en las noches: las maderas se desperezan, el agua se mece como la gelatina antes de ser refrigerada y desde el techo caen gotas de manera ordenada, casi sinfónica.

Es el mismo sonido de siempre: el de la caída, el del movimiento, el de la soledad.

Este edificio, donde ha vivido mi abuela los últimos 20 años, es una cápsula en el tiempo. Parecería que no se acumula ni el polvo. A pesar de que cambiaron el ascensor, las mesas de la piscina, el jardín y el piso, aquí sigue siendo 1996.

A veces, cuando vengo a nadar en las mañanas o los sábados, me encuentro con unos señores que siempre me mandan saludos para mi abuela. Ellos ya no nadan. Caminan dentro del agua, bucean, flotan. Salen de la piscina y recogen las sandalias y clac, clac, clac, caminan hacia las sillas y se ponen sus batas y clac, clac, clac, abren la puerta y entran a las duchas.

Después les sigo y clac, clac, clac, abro la puerta y clac, clac, clac, entro a la ducha. Sigo el mismo sistema.

Miro hacia allá, hacia la pared del fondo y no le veo a Pepito pero yo sé que sí está recostado sobre el filo de piedra, en la mitad de la piscina y sonriendo hacia acá.

Clac, clac, clac, me voy.

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