Una hora

Voy a cerrar los ojos por una hora. A la cuenta de tres, retrocederé en el tiempo y pararé en esa tarde que quería asustarte mientras veías la tele, sin entender que los vidrios frente a tu cama reflejaban mi cuerpo chiquito medio escondido tras el dintel de la puerta de madera.

Ahí, justo cuando creía que podía asustarte, y tú me decía algo así como ya no molestes mijita, pararía el tiempo. Recuperaría ese único momento que logro recordar cuando pienso en ti – aun que trate y trate y me obligue a recrear escenas para revivir recuerdos-, a ese único momento quiero volver.

Con todo congelado ahí y todo congelado aquí -porque tengo los ojos cerrados y soy invencible- entraría al cuarto que compartías con la abuela y me acostaría a tu lado. Aplaudiría, esa debe ser la manera, aplaudiría y te pediría que me regales una hora. Solo una hora, mientras mi cuerpo descansa en el 2017.

Si lo logro, haría solo tres cosas: mirarte, escucharte y jugar con ese pelo canoso y maravilloso que iluminaba tu cara.

Te pediría que digas mi nombre para conocer tu voz. Quiero saber, acostada, abrazándote, cómo se siente ser tu nieta. Quiero escucharte, solo escucharte, para descubrir quién eres, qué te gusta. Quiero que me cuentes cómo era vivir en un internado y tener tantos hermanos, cómo logras vivir con ese temblor en tus manos y en tus piernas, por qué te gusta tanto la fanesca, en qué piensas cuando le ves a mi papá y cómo logras ser tan disciplinado.

Te abrazaría tan fuerte porque sería mi única oportunidad de tenerte a mi lado. Solo te pediría una hora para escucharte mientras vemos juntos la tele, tal vez algún programa sobre el comienzo del siglo, porque sé que te daba muchísima ilusión llegar al primero de enero del 2000 (solo te faltó llegar a semana santa, para que comas tu primera fanesca del siglo, te diría al oído antes de irme).

Y cuando se termine el tiempo y tenga que volver a esta madrugada de marzo del 2017, me sentiría una persona nueva.

Gracias por la hora, gracias por la vida, gracias por las canas que ya comienzan a llenar mi reflejo. Ahora ya puedo abrir los ojos.

Este encuentro le relataría solo a mi papá, mientras nos abrazamos y vemos la tele. Y cuando acabe, conversaríamos de muchas otras cosas. Él sabe cuánto me gusta contar.

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