Bus

Me subí a un bus que me lleva a ninguna parte. Me senté en el asiento del conductor, agarré el volante y pretendí manejar, sin frenar ni poder cambiar de marcha.

Me subí a un bus pintado de colores por fuera y lleno de basura por dentro. Me levanté del único asiento del bus y caminé hacia atrás. Subí unas gradas y levanté una puerta. Me paré en la parrilla de un bus que no lleva a ninguna parte. Miré a la cámara y no quise sonreír.

Me subí a un bus parqueado en cualquier parte, afuera del hotel donde dormí en Uyuni, que no lleva a ninguna parte. Y quise hacer como que manejaba. Quise creer que podía manejar un bus sin gasolina ni caja de cambios y llantas ponchadas.

Me subí a un bus que no va a ninguna parte por jugar. Me subí a un bus que parecería que describe quién soy, dónde estoy y qué hago.

Me subí a un bus que me lleva ninguna parte. Ese bus no puede chocarse. Ese bus no puede salir. Ese bus no puede parar. Ese bus va hacia ninguna parte. Ese bus no necesita un conductor. Yo soy una pasajera de ese bus que va a ningún lugar.

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