Alaracas

La camiseta gris tenía un estampado del escudo de The United States of America que, a su vez, estaba perfectamente metida dentro del jean. Resaltaba la correa café y los zapatos de trekking (sin lodo ni suciedad alguna). Lo que más llamaba la atención de este hombre pequeño, barrigón, con tatuajes en su brazo izquierdo y calvo, era su tono de voz.

En Quito diríamos que es un hombre alaraca. Aquí no sé qué palabra usan para describir a una persona que habla más alto que los demás y tiene una personalidad más bien teatral: al vernos sentadas en las dos únicas sillas frente a la puerta café con el rótulo de Secretaría, nos preguntó a quién buscábamos. Al coordinador, le respondimos. Tocó la puerta tres veces con un puño, y repitió “Rafael, Rafael, Rafael, ¿Rafael?”. Al no tener respuesta, acercó una oreja a la puerta para escuchar. La chica con la que habíamos hablado antes, al oír el ruido, le dijo que el director todavía no llegaba. Se fue pero volvió enseguida. Esta vez a preguntar de qué se trataba la entrevista. Repitió nuestra respuesta al celular. “Que ya viene”, nos contó, “está en el campus. Se demora unos 15 minutos”.

En media hora que llevábamos de espera, cruzó varias veces. Saludaba con los pocos estudiantes que diambulaban por el segundo piso. En este país la paciencia es la reina de todas las virtudes.

“Dispara cuando quieras”, dijo el director, y sonrió. Nos separaba una desordenada mesa de madera repleta de papeles, cuadernos, esferos, libros y post-its.

Esta tarde calurosa de 31 de octubre, mientras Halloween se había tomado las calles, este sociólogo -reportero de joven, político hasta convertirse en viceministro, sociólogo con estudios en Europa y finalmente  académico a la cabeza de la carrera de Comunicación Social de una universidad católica- que combina un saco rosado con una camiseta morada y un jean viejo, nos recibió para hablar sobre la historia de la prensa boliviana y su rol en el desarrollo de ciertas causas sociales. Antes de llegar a la poblada barba, del cuello le colgaba un collar que a veces se escondía bajo la camiseta y, al moverse mientras hablaba, sobresalía una piedra negra enredada en la -típica- fibra verde.

Después de escuchar, escuchar, escuchar, preguntar, escuchar, escuchar, escuchar, tuvimos que terminar la entrevista porque el director tenía que asistir a la defensa de tesis de uno de los estudiantes.

Antes de llegar a nuestro barrio, de repente estábamos en medio de un tráfico muchísimo más intenso que de costumbre. De vez en cuando pasaba un carro donde había un bebé disfrazado de león. Un minibus con varios niños vampiros. Un taxi que llevaba a una familia enmascarada. Y cuanto más nos acercábamos a la Plaza de la Resurrección en la avenida Ballivián, en la calle habían más y más y más monstruos, animales, animales mitológicos, caricaturas, muñecos, brujas, ángeles y demonios…

Frente a la parada donde nos bajamos, el Burger King parecía el centro de la diversión. En el parqueadero habían dispuesto mesas y sillas para que la gente pueda disfrutar un show de payasos en la tarima de enfrente. La fila para entrar al local era monstruosa. La fila para entrar a la sala de juegos era aún más monstruosa.

Pero la verdadera fiesta estaba en las calles.

“Calabazas de Pikachu a 5, a 5. Calabazas de Pikachu a 5, a 5” repetía una vendedora que tenía un puestito improvisado en la vereda. A la subida nos chocábamos con tantas princesas como vampiros, tantos animales como pokemones.

Justo en la esquina de la Calle 21, subido sobre una tapia, un señor hablaba sin tener realmente una audiencia. “Esto a la larga o a la corta, va a traer problemas en tu vida”. Repetía, de diferentes formas, con palabras más o menos rebuscadas, que celebrar Halloween es poner en riesgo tu alma.

La euforia de los paceños, las máscaras, los disfraces, y también diría que el exceso de azúcar, pudo más que un discurso religioso que claramente no ha impedido que en Bolivia, como al rededor del mundo, Halloween se convierta en una celebración más.

Spiderman, caminando de la mano de Minnie Mouse, pasó delante de nosotras. Atrás le seguían payasos, calaveras, cientos de calaveras, brujas, diablos, maléficas… El aire olía a algodón de azúcar, a chocolate caliente, a caramelos…

“Ana Mari”, dijo la Isa con voz enamorada, “están disfrazados de How to train your dragon y el bebé es el dragón”. El aire también estaba lleno de oooh, oooh, ooooh qué lindo, oooooh qué lindoss, mira, mira.

La gente caminaba, caminaba, caminaba. Iban de un lado a otro disfrazados, saludando con otros, tomando fotos a todos lados. Los niños posaban para las cámaras de papás que, al menos, llevaban una diadema con cuernos o un sombrero de bruja. O tenían un disfraz increíble: el vestido blanco con puntos de una señora era exactamente igual que el de su hijo al que llevaba en brazos. Ella era Cruela de Vil y el bebé uno de los 101 dálmatas.

“Me dan mucho, mucho miedo los payasos malévolos después de lo que he visto en el Internet, no ve” les contó una chica a sus dos amigas. Solo los adolescentes iban de payasos. El chiste de asustar niños con una peluca de colores pero un maquillaje derretido tampoco parece ser chistoso en La Paz.

En la Plaza de la Resurrección, con la Iglesia de San Miguel en la parte más alta, había uno que otro angelito. Ayer en la misa una señora invitó a todos al ‘Holywins’, una fiesta, sí, pero con un giro católico.

“Este 31 de octubre los hijos mimados de Dios recibiremos la bendición del padre y se invita a los niños a vestir de santos o ángeles. Si se trata de dulces, los dulces los pondremos nosotros”, rezaba un cartel gigante colgado frente a la entrada. A las siete de la noche, mientras la plaza era una fiesta de disfraces, la iglesia estaba repleta de gente -casi nadie disfrazado- que rezaba y cantaba.

En puestitos improvisados, la gente vendía caramelos, luces de colores con formas originales y pintaban caritas a los niños.

Las familias salieron a desfilar en la noche de este lunes, del último día del mes. Resaltaban las calabazas anaranjadas, los disfraces originales, los olores dulces y la multitud en la calle.

Parece que, una vez al año, a los paceños les gusta ser alaracas, aún así sea personificando a alguien más. O siendo ellos mismos detrás de un disfraz, en medio de miles de enmascarados.

Mañana trabajan solo hasta medio día. El miércoles es feriado por el Día de Todos los Santos. Las celebraciones familiares recién empiezan.

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