El reloj da la hora al revés

“Vayan, vayan, vayan, vayan…” les grita un niño a la infinidad de palomas que merodean la Plaza Murillo, al frente del Palacio Quemado desde donde gobierna el presidente Evo Morales.

A las 15:15 pm suenan tres campanadas que salen del otro Palacio, la sede del Congreso Nacional construido en 1905. Columnas redondas que quieren parecerse al clasicismo europeo sostienen al edificio color mostaza. Tres banderas -de la ciudad, del país y del partido político oficialista- ondean unos segundos pero enseguida pierden movimiento y vuelven a descansar, un poco desparramadas, sobre los balcones centrales. Arriba posa el escudo nacional.

Y en la parte superior de la construcción, en solitario, el reloj da la hora al revés. O sea, no da la hora al revés, sino que debe ser leído de izquierda a derecha: el 7 donde normalmente va el 5 y el 10 en el puesto del 2.

Mientras ese edificio representa el poder legislativo boliviano tan parecido a cómo pasan leyes en otros países andinos, afuera, en frente, en la plaza, esta tarde de martes es sorpresivamente tranquila.

Sentadas en las gradas de piedra, entre el sol y la sombra, somos dos más de los tantos grupos que están en la plaza.

Las palomas, miles de miles de miles de palomas grises con ojos anaranjados y patas rojas, ocupan prácticamente toda la plaza. Caminan y vuelan de un lado a otro buscando comida. Niños vestidos con delantal aguamarina venden bolsas de maíz por dos bolivianos. Los visitantes riegan los granos en el suelo, se los ponen en las manos o los lanzan para sí atraer a las aves que se mueven en grupo y trepan por el cuerpo de la gente sin problemas porque no les asustan ni los sonidos ni los aplausos.

“Vayan, vayan, vayan, vayan…” repite el mismo niño con gorra amarilla y saco de Winnie Pooh. Las palomas le persiguen y después él persigue a las palomas. Otros niños hacen lo mismo.

A los quince minutos vuelven a sonar las campanas.

Dejamos la Plaza Murillo atrás para internarnos otra vez en el movimiento del centro de La Paz.

Las calles huelen a pollo frito, a naranjas recién exprimidas, a espumilla de sabores, a aguas servidas, a embrague quemado y a smog. Hay música en el aire. Llega desde las veredas donde se sientan cantantes con sus instrumentos o de parlantes instalados sobre el asfalto. Frente a una pared en la concurrida calle Comercio, un muñeco baila al ritmo de un reggaetón de comienzos de siglo, y la gente hace un círculo alrededor de él. Otros pasan de largo como nosotras, pero el traqueteo de lo que pasó, pasó, se queda inconscientemente en la punta de la lengua.

Caminamos largo y rápido entre la gente, entre los objetos que venden en mini instalaciones en la mitad de las veredas donde hay desde juguetes, útiles escolares, ropa y frutas. Entre el olor a aceite hirviente y a hamburguesas recién fritas, entre conversaciones que trato de recordar al vuelo, y entre edificios olvidados por una alcaldía que permitió que la historia de la capital se pierda poco a poco con el paso del tiempo, el clima y la contaminación.

Cuando termina la tarde, los trabajadores salen de sus oficinas y se adentran en el nuevo remolino de las veredas y la espera en cada semáforo. Los autos, buses, mini buses, micro buses, trufis (taxis de ruta fija), y taxis acaparan todo el espacio en la calle. Los peatones los rodean, adelantan y caminan a su lado sin ninguna preocupación. “En este país los choferes son malos, pero los peatones son peores” nos dijo un señor en una entrevista.

Es las 18:15 pm pero todavía no hay rastro del atardecer. “Estamos en verano todavía” contesta el conductor del trufi que tomamos en la Plaza San Francisco y se dirige hacia nuestra calle en el barrio San Miguel. Para recogernos, al ver que levantamos la mano y la sacudimos de abajo hacia arriba, el chofer paró en la mitad de la avenida Mariscal Santa Cruz sin preocuparle si generaba o no tráfico. Los transportistas frenan donde los usuarios piden, menos en los pasos cebra que pretenden dar paso al peatón.

Como en otras ciudades latinoamericanas, aquí rige la ley del más pilas, del más vivo, del más avispado, del más sapo. Gana quien llega primero. Por eso, los buses, micros, trufis y taxis se adueñan de las vías, las paradas, los semáforos, los pasos cebra y las esquinas con una destreza incomparable y una creatividad inmediata: los conductores logran pasar por espacios mínimos, se cruzan entre ellos lanzando el carro sin temor de chocar, no respetan quien llega primero al redondel, adelantan filas en vías unidireccionales, aceleran sin cambiar de marcha y logran superar esos segundos en los que el verde cambia a luz roja.

Decir en alto o en silencio que esta ciudad es rara se ha convertido en una afirmación retórica. Extraña. Especial. Única.

En general, el tono de voz de los paceños es suave y tranquilo. Compartir asiento en cualquier trufi pone en duda si mi vida está o no en inminente peligro. Y, por otro lado, me hace inmensamente feliz conocer la ciudad porque en todas las tiendas, restaurantes, buses o casas se despiden con un “taluuego” y te reciben con un “buenass”. Es la única ciudad en la que la Isa no se siente extranjera. El desorden lejos de desconcertarme, prende todos los sentidos para estar alerta. Alerta a todo lo que puedo aprender únicamente mirando por la ventana desde el taxi que acelera, acelera, acelera y finalmente sale en una subida empinadísima.

En la altura, en al frío y en el caos es posible encontrar tranquilidad. O algo así. Es las 23:15 pm y la calma de la calle llega al piso 19 del departamento alquilado.

Vayan, vayan, vayan, le decía el niño a las palomas, pero realmente quería atraerles. En La Paz hay que ver el reloj al revés para que todo tenga sentido. Y todo tiene sentido.

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