Nos entendemos.

Sé, por ejemplo, que quiere estar sola. Que me quiere cerca pero a veces prefiere que mantenga cierta distancia.

Sé que está acostada en la cama, a pocos metros de mí, leyendo. Quiere estar sola.

“¿Cómo puedo cuidarte mejor?”, se preguntó el jueves en voz alta, porque me veía alicaída, atontada y afectada por los famosos efectos de la famosa altura de La Paz, la capital boliviana.

A los dos días de nuestra llegada, instaladas en el piso 19 de un edificio amarillo que todavía sigue en construcción, con comida en la refrigeradora y la ropa todavía ordenada en los cajones, la que se siente mal es ella. A quien le duele la cabeza, le pesa el cuerpo, está mareada y solo quiere dormir, es ella.

“¿Podemos irnos ya?”, me preguntó con su voz tranquila y suave. Yo, alejada del cafecito decorado con pequeñas luces amarillas en serie, donde sonaba una playlist de Bob Dylan -el flamante ganador del Nobel de Literatura-, estaba, al mismo tiempo, buscando reportajes en medios bolivianos, escuchando una entrevista a una asambleísta ecuatoriana, y contestando mensajes, no me fijé en la expresión de cansancio que mi compañera de mesa trataba de esconder mientras escribía en el cuaderno que nadie más que ella puede abrir.

Pagó el café dulzón que tomó y el batido semicongelado que tomé, pero siguió escribiendo y yo seguí escuchando, leyendo y respondiendo.

Hasta que me dijo ya. Vamos ya.

El camino de vuelta cada día es más conocido. En La Paz hay los choferes más violentos que hemos conocido. Casi no existen pasos cebra, y si están dibujados son ignorados por conductores y peatones, a pesar de que hace 15 años las autoridades paceñas crearon Las Cebras de La Paz: voluntarios disfrazados de cebras que se ubican en varios semáforos de la cuidad y buscan implementar una educación vial en las calles.

Ayer en la tarde una de ellas nos acompañó mientras cruzábamos una calle. Pero esta noche, sin cebras ni policías de tránsito, nos lanzamos a la aventura de leer el pensamiento de los choferes que parece que frenan pero al final deciden acelerar a pesar de estar a pocos metros de personas que cruzan cuando el semáforo ya está en rojo.

Sé que me quiere cuando me toma de la mano para cruzar la calle o me jala porque sabe que soy despistada y probablemente no calculé cuán cerca está el carro que viene en nuestra dirección.

Nos entendemos, eso está claro. Por eso ella se adueño del cuarto y yo de la cocina, desde donde puedo escuchar cómo teclea, borra, repite, borra, mejora la oración y separa ideas con puntos en vez de usar el punto y coma, en esta noche fría con luna llena. Desde esta mesa redonda con cuatro puestos, frente a una ventana que me ofrece un mar de luces que no siguen una planificación urbana, quiero estar sola y ella quiere estar sola. Este silencio cómplice se llena únicamente con el sonido constante de la vieja refrigeradora, el paso de los autos por las calles donde por suerte  no hay tráfico, los tecleos de allá y los tecleos de acá.

“¿Ana Mari?”

“¡Qué susto!”

“¿Qué pasó?”

“Me asustaste”

“Ay, perdón. ¿Quieres ver un Gilmore Girls?”

Y sí quiero. Sé que ya queremos volver a estar juntas. Sin conversar, pero estar juntas.

Nos entendemos. ¿No ve? (así terminan las oraciones aquí).

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