Hojitas

Antes de entrar, a pesar de que la puerta ya estaba abierta, primero le habló al Gato. Y, antes de saludarme, me preguntó por qué está patojo el animal. Le conté que tiene artritis. Qué pena, me respondió.

Parada, inclinada hacia la derecha y con las manos en los bolsillos, vi bajar a una señora pequeña, ni flaca ni gorda, con pantalón gris y zapatos negros de lona, con un par de cejas pintadas con delineador y el pelo negro.

“Mi mamá me pidió que le diga que está a punto de llegar” le dije cuando nos encontramos, y me hice a un lado para que entre a mi casa.

Hablaba suavemente. O, tal vez, más que suavemente, hablaba de una manera melodiosa. Como con parsimonia. Ese tono tranquilo combina perfectamente con unas mejillas redondas y unos ojos café oscuro.

Caminó hacia la sala. A lado de la ventana mi mamá tiene unas flores que cada día son más bonitas. En una maceta crecen unas moradas que llamaron la atención de la visitante.

“Qué bonitas, qué bonitas”, repitió para sí misma. “Cuando venga tu mami le pido que me regale una hojita. ¿Tú sabías que una hojita puede crecer solo con agua y tierra?” Sí, le respondí. Y llené un vaso con agua para que ponga ahí las matitas que quería llevarse a su oficina.

“Nos encantan las flores, pero yo soy pésima. Flor que toco, flor que se muere”, le conté.

“¿Cómo puede ser que digas que eres pésima con las flores, si hablas de ellas de una manera tan dulce?”. “Primero”, dijo, “tienes que pedirles permiso para tomar una ramita. Buscas la más madura, la que la flor ya no necesita para poder crecer, y la cortas suavecito. Ahí la pones en agua para después plantarla en otro lugar”.

Le sonreí y le dije que si necesitaba cualquier cosa, me buscara arriba.

Mi mamá llegó a los cinco minutos. Hablaron de metros cuadrados, proformas y de quitar la alfombra.

Ella, suavemente, le explicaba qué tenía que hacer. Se fue tan suavemente como llegó.

“¿Se llevó la señora unas hojas de la violeta?”me preguntó mi mamá mientras jugábamos cartas -y ganaba en Burraca-. “Sí, yo le dí, ¿por?”. “Ojalá no se recienta. A las plantas no les gusta que les quites hojas”, me contestó. Pero se rió. Ella no es de las que conversa con las plantas, o les pide permiso, solo respeta su espacio. Veamos qué pasa con la violeta más hermosa de la sala. Si se reciente será mi culpa, a pesar de no haberla tocado.

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