Iguales

Si pudiera, correría a abrazarte en esta noche gringa y calurosa para decirte cuánto te quiero y cuánto te entiendo. Tú y yo somos iguales, mucho más de lo que eres de tu hermano gemelo. Siento como sientes, me frustro como te frustras, me escondo como te escondes, sonrío como sonríes y, probablemente, lloro como lloras.

Te contara que hoy leí en algún lado una frase que me ha dado vueltas en la cabeza todo el día. Decía algo así como que lo malo dura el tiempo necesario para que llegue lo bueno. Se demora. Maldita sea que se demora. Y ese aparente retraso desconcierta, sobretodo a quienes tenemos esta personalidad desenfrenada que espera que lo bueno sea tan bueno que dure hasta hoy. Si hoy ya no está, entonces no fue suficiente. O sea, nada es suficiente. Nunca nada es suficiente. Y como no fue suficiente, como nos hace falta, enseguida nos ponemos más tristes de lo que se usa (como dice la abuela Piedad). Esa tristeza adquirida dura la cantidad de tiempo que lo bueno decide tomarse.

Pero cuando llega lo bueno, lo disfrutamos. Como un par de locos. Somos iguales tú y yo, sentimos tan intensamente, tan desinteresadamente, tan elocuentemente, que las emociones nos sobrepasan.

Y esta noche, a miles de kilómetros de distancia, sin decirnos nada, queremos llorar porque no entendemos el camino hacia el que nos lleva la vida. Tú que corres todos los días (tal vez también lo haces de ti mismo) y yo que nado dos veces a la semana (para no pensar), no comprendes -ni yo- qué te falta para poder llegar a ese puesto tan cerca de los dos arcos en la cancha: a la misma distancia del gol como de la defensa. Quieres moverte, de un lado para otro, picar y parar, pasear con la bola, enloquecer al arquero con tus patadas, gritar -desafiantemente- cuando le das un gol a tu equipo. Quieres acercarte, pero por diferentes razones estás más lejos de lo que imaginaste. Lejísimos, maldita sea, porque cómo se demora en llegar lo bueno.

Tiene que llegar. Tú y yo (y mi papá en consecuencia) solo necesitamos más paciencia. Confiar y seguir tratando.

Si pudiera acostarme en tu cama hoy y pedirte que me abraces mientras lloro (como la noche en que nos despedimos antes de salir para el aeropuerto), te diría que esto de ser hermanos es lo más hermoso que me pasó en la vida. Me entiendes, te entiendo y eso me hace quererte cada día con más fuerzas. Tenemos las mismas ganas, solo necesitamos más tiempo.

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