8 entrevistas en la Marín

“¿Dónde le guardo, Veci?”

“En documentos”

“Ya está. ¿Y ahora?”

“Ahí, veale”

“No hay”

“Ya voy”

Mientras espera, la señora que necesita ayuda para imprimir se ríe frente a la pantalla del celular. “Mira lo que puso la Jenny”, le dice entre risas a su amiga sentada frente a otra computadora. “Lista para parar el tráfico” lee la una. Se ríen y comentan de la foto.

En una esquina del local #2 en el Centro Comercial Casa López, en el corazón de la bulliciosa Marín, las reclutadoras sincronizan las computadoras con un video y una encuesta. Cuando llega la primera persona a encuestar, salgo del local y me siento sobre las gradas blancas. Al terminar la encuesta, yo debo entrevistarles sobre el mismo tema.

Es casi las 3 pm, tengo que terminar 8 entrevistas hasta las 6 pm que me recoge el chofer para volver a la oficina. Esperando a que comience mi trabajo, miro a mi alrededor. También escucho. No huelo nada porque estoy agripadísima; las canciones poperas de moda llegan desde el tercer piso. Se mezclan con conversaciones y el paso de los autos y buses que aceleran, frenan, aceleran, los gritos de los vendedores ambulantes, y los niños que juegan o acompañan a sus papás en sus tareas diarias.

Frente al mostrador de vidrio donde me apoyo mientras hago entrevistas, está una caja que promociona una clínica dental. Más allá, pasando las gradas que están en la mitad del centro comercial, luces blancas y azules titilan a lado de la palabra tatuaje que también brilla en rojo. A través de la vitrina derecha se ven diferentes tipos de piercings. Una suerte de guantes que empiezan en las muñecas, no en los dedos, cuelgan del techo. Tienen diferentes diseños. A pesar de combinar varios colores, no tienen tonos brillantes. Dentro de la tienda hay camisetas negras con estampados blancos de calaveras. En la otra vitrina se exponen relojes y billeteras para mujeres, hombres y unisex. Llegué hace más de una hora, hice tres entrevistas ya, pero no he visto entrar a nadie a esa tienda.

El local #2, en cambio, está repleto. Las trece máquinas permanecen prendidas. La rotación probablemente se debe a la variedad de servicios que ofrecen: internet, fotos, cabinas, copias, accesorios, recargas, memorias, chips, etc. También venden aguas, caramelos, portaretratos y álbumes para fotos. Hay dos canciones que se contraponen: un vallenato y un reggaeton. Hace rato que no sale nadie del local y no he podido hacer otra entrevista.

La reclutadora que más mujeres trae usa unas botas altas, negras de cuerina con taco magnolia y peluche en la parte superior, justo debajo de las rodillas. Me sonríe con unos labios carnosos, sin pintura ni brillo.

Suena una canción que cantaba en el colegio. Me lanza directamente al paseo a una hacienda donde alguien prendió unos parlantes, un amigo me abrazó y comenzamos a cantar. Era la historia de un soldadito marinero que siempre escogía mal y se enamoraba de quien no debía. Era adolescente, insoportable y con toda la carga que eso conllevaba, por lo que obviamente me sentí identificada. Ahora me parece aburrida y cursi. Este espacio que es un no lugar pero vibra de acuerdo al movimiento de los paseantes, puede ser todo menos cursi y aburrido.

“Haber, haber… ¡Los corviches!”, grita un señor claramente costeño. “¡Qué difícil está esto!”, le comenta, al vuelo, a alguien con quien se encuentra en la escalera. El otro le contesta algo que se pierde en el aire.

“Te debo los siete, coño, chico”, le dice un cubano a otro que tiene una maleta negra con letras verdes de Herbalife. Venden cajas emplasticadas de cigarrillos americanos. Intercambian billetes. “Está organizando la merca”, le responde el joven a una chica que le dice que hay cámaras en el centro comercial y pueden meterse en problemas. El otro recoloca las cajas dentro de su mochila verde. “Deja, chico, que te van a llamar la atención”, le sugiere antes de irse.”Coño, que solo estoy ordenando”, responde. Con la maleta repleta, deforme, baja las gradas y desaparece.

Han entrado y salido más caras de las que puedo recordar. Converso con Consuelo, una de las reclutadoras. Quiere saber qué remedios he tomado para la gripe.

“¿Limonadas? Pero, ¿con qué?”

“Con jengibre. Una cantidad de jengibre y miel. También Coca Cola caliente”

“¿Pero solo Coca Cola? No, no. Verá, tiene que ponerle jugo y rodajas de limón con canela. Además le hecha puntas y le calienta. Ahí se acuesta, se abriga y verá cómo empieza a sudar tanto que se le va el resfriado”, me sugiere. “Y si no consigue puntas, igual póngale limón y canela porque solo Coca Cola caliente no es suficiente”.

Pasadas las seis de la tarde, todavía me faltan dos entrevistas. La Marín tiene menos movimiento que a las 3 pm. La música, el reggaeton con letras incomprensibles a la distancia, llega de abajo. Ya comienza a oscurecer.

Me falta una entrevista más y acabo por hoy. Las últimas son las más difíciles. Por la hora, la gente está cansada y responde rápido, un nivel antes del desinterés absoluto. A las 6:35 pm las sonrisas son menos eficaces. Las señoras quieren volver a su casa antes que hablar con una desconocida que pretende descubrir el por qué de todo.

Ya me duelen los pies y se me acaba el papel para sonarme. He estado parada, escribiendo a ratos y otros entrevistando, por más de tres horas.

Sigue la música, siguen las computadoras prendidas, siguen los policías dirigiendo el tránsito y siguen las reclutadoras consiguiendo mujeres, amas de casa, que suben al segundo piso a responder preguntas.

Faltan diez minutos para las 7 pm. El chofer ya no sabe hacia dónde dar más vueltas.

Media hora después, me subo al carro y finalmente me relajo. “Es difícil conseguir que los demás se expresen sin miedo ante una grabadora. Ese es mi reto”, le dijo y finalmente me alegro de haber logrado las 8 entrevistas que tenía que hacer.

La Marín se queda atrás. El Centro de Quito se queda atrás. La avenida 12 de Octubre se queda atrás. El carro sigue las luces, que con la música y las palabras del locutor de la radio me dicen que este día ya acabó. Abro Instagram y descubro que el cielo de Quito ha estado dando un espectáculo hoy, mientras yo hacía entrevistas en un centro comercial en la Marín. Y eso tuiteo.

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