Está

“¿Estás llorando?”, le pregunté a mi mamá. Puse ese tono sarcástico porque me parecía un poco bobo llorar por la historia que un doctor contaba en un documental sobre milagros y la Virgen.

“Sí”, alcanzó a contestarme.

“¿Por el doctor?”

“No”

“¿Entonces?”, y me levanté de la cama para verle.

“¿Te acuerdas que te conté que hoy mi papi hubiera cumplido años?”

Me hablaba mientras miraba el celular. Los cinco hermanos estaban haciendo eso que hacemos ahora en la era posmoderna: recordamos a través de mensajes instantáneos. A los pocos segundos en que comenzó a leer lo que decían, yo también comencé a llorar.

Le conozco a través de lo que cuentan sus hijos, y la curiosidad que me lleva a abrir los cajones del tercer cuarto del departamento donde vivió que tiene fotos, cartas, documentos y las tarjetas de pésame fechadas al 25 de febrero de 1996. Rebusco todo lo que encuentro, escondiéndome porque es campo privado, para de alguna manera quererle a pesar de que no está tan claramente en mis recuerdos.

Pero sigue presente, mucho más allá de mis días. Está en el consultorio de mi tío Alfre con su título en inglés de doctor, en la cama del segundo cuarto donde dormía la siesta, en la foto blanco y negro en la cómoda de la abuela en la que sonrieron a la cámara un día cualquiera, en las conversaciones que recuerdan al Cuico Jijón, en las memorias publicadas del Pájaro Febres Cordero cuando cuenta del tío que le dijo que se haga abogado porque tenía la obligación de ayudarle a su mamá, en los lentes de montura negra, pesadísima y con una fisura chiquita en la pata derecha que me cogí a escondidas y les puse la medida para mi ceguera, en los cuadros del jardín de la Ribera, en el cuento que escribió la Isa donde le describió con unos overoles azules, en miles de lugares más que me estoy olvidando o tal vez no caí en cuenta, y en mi mamá. Tiene que estar en mi mamá.

En los mensajes, mis tíos recordaban a una persona alegre. Y para mí no hay nadie más alegre que mi mamá. Mis tíos recordaban a una persona llena de virtudes. Y para mí no hay nadie con más virtudes que mi mamá. Mis tíos recordaban a una persona llena de fe. Y para mí no hay nadie más llena de fe que mi mamá. Mis tíos recordaban a una persona a quien siempre han admirado. Y para mí no hay nadie más admirable que mi mamá.

Así que mi abuelo, su papá, tiene que estar por ahí, entre la sonrisa y los ojos. Entre lo que dice y lo que piensa. Entre lo que es y en lo que se ha convertido.

¿Cómo sería hoy? Probablemente me diría que escribo pendejadas, me sugeriría que me peine, me pediría que no sea tan alaraca y más comentarios como los de la abuela. Tal vez también veríamos El Chavo como cuando era chiquitita, me regalaría cuadernos y me escondería más libros de la abuela en mi cartera. Probablemente este blog estaría lleno de sus historias, así como quiero contar las de mi abuela, y las de mi mamá. Pero está aquí, de alguna manera siempre logra estar aquí.

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2 comentarios sobre “Está

  1. He vuelto a leer tu artículo, ahora tratando de no llorar, y lo vuelvo a encontrar tan tierno y bien escrito y me ha hecho pensar con tanto cariño en mi papá y en mi linda hermana que nuevamente mi he puesto a llorar.

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