La mía

No tengo idea qué hago. Me muevo entre la calles de Quito fijándome en detalles que en el carro normalmente pasan desapercibidos. Camino comiendo papas en funda y después un chocolate Jet. Me confundo de bus y tengo que bajarme en la parada de la Autopista General Rumiñahui donde he pasado tantas veces pero siguiendo un destino, y ahora debo barajar posibilidades tratando de dejar para el final la llamada a aceptar ayuda, hasta que la travesía finalmente se convierte en anécdota. Nado contando cada largo y respiro cada tres brazadas. Escribo en un nuevo cuaderno azul, que en la portada hay un dibujo de un conejo que no muestra ninguna emoción, bajo las letras blancas de la palabra “borrador”. Ya no logro acabar libros. Preparo entrevistas, hago entrevistas, transcribo entrevistas y finalmente escribo entrevistas de personajes con ideas que transmitir.

Abro un ojo, veo la hora y repaso lo que tengo que hacer en el día. Lo único que se repite en la semana es entrar a la misma ducha, solo que hay veces que no me lavo el pelo. Y como sé que nada es urgente, que nadie me necesita para solucionar problemas laborales, me doy la vuelta y sigo durmiendo.

No encuentro trabajo porque no encuentro quién quiero ser.

Mientras tanto, trabajo gratis como reportera de un medio digital. Tomo café con mi editor y comemos humitas con cuchara. Conversamos atropellando oraciones. Tratamos de imaginarnos cuán increíble podemos lograr que sea nuestro trabajo. Escribe en mi nuevo cuaderno con un esfero de tinta azul, roto por la mitad y a punto de acabarse, los temas para la semana. Después escribo yo. Los dos somos desordenados.

Cuando ya estoy sola doy la vuelta a la página y planeo la siguiente entrevista a alguien con una vida maravillosa, sin realmente planear la mía.

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2 comentarios sobre “La mía

  1. Hay! Si pudiera hablar como tú escribes. Escribir parecido?, ni hablar. Por suerte los pensamientos son reservados y nadie los ve.
    Escribe sobre el espíritu, sobre el amor trascendente. Ese espíritu encerrado en el cuerpo, destinado para la eternidad.

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