B

Los pasillos están casi vacíos. Muchas luces permanecen apagadas. La única computadora prendida es la mía y también soy la única sentada en uno de los sillones rojos. Cuando pasan estudiantes de diferentes edades, me quedan viendo porque parezco parte del mobiliario.

Y la verdad es que me siento parte del mobiliario.

Hace 5 años y 8 meses entré por primera vez a esta universidad. Estaba absolutamente aterrada. Ese día también comenzaba la ruta académica de la mayoría de mis compañeros de colegio. Ninguno entendía cómo hacer el horario. Todavía no sabíamos el nombre de los edificios ni dónde eran nuestras clases.

Este, en mi último semestre, una vez más llegué tarde a la primera clase porque me perdí. Me confundí entre los científicos -todos hombres- que cada edificio trata de personificar al apropiarse de su apellido.

La noche anterior a mi primer día de universidad, escribí en mi diario lo que quería lograr en los siguientes 4 años. Una de esas intenciones era graduarme como la mejor estudiante de mi promoción. Hoy, a mes y medio de graduarme, tengo que aceptar (y me da chiste al hacerlo) que esa siempre fue una misión imposible.

Yo soy una B. Siempre he sido una B, que a veces parece más una C. Soy mala estudiante: me despisto con facilidad, me aburro en clase, me olvido de hacer deberes, no sé estudiar, ni tengo memoria, me obsesiono con un tema y dejo de lado lo que no me parece interesante… en fin. Las notas siempre han reflejado mi personalidad arbitraria y desordenada. En el colegio era un regular 15. En la universidad soy una B.

Termino la universidad sin pena ni gloria académica. Dos veces entré a la lista del decano y una a la del canciller, pero el promedio total cuenta una historia como la de cualquier otro.

Nada en estos pasillos guarda un detalle específico que me recuerde. El mundo no cambió desde las bancas rayadas por desconocidos, los libros leídos y releídos de la biblioteca, o los espejos que reflejan a tantas caras como suenan tacones sobre el piso. El mundo no cambió a pesar de que caminé enamorada de una clase a otra y después con el corazón roto a acostarme a lado de la laguna.

La universidad tiene su propio ritmo. Siempre he seguido una melodía en paralelo. Me voy a graduar como una B, que solo en Boston logró ser una A.

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