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Antes de cumplir sesenta años, Leonor quedó viuda una noche en los primeros meses del 2000.

Cerca de cincuenta años atrás en la Plaza de la Independencia, una joven Leonor cruzaba la calle que unía el Banco Pichincha y el Municipio de Quito. Por el sentido contrario caminaba un señor altísimo, con bigote y muy bien peinado. Ella quedó impresionada.

Varios meses después, un 6 de enero, en la fiesta que concluía los tradicionales festejos de los inocentes, finalmente se conocieron. Bailaron toda la noche. Él llamó al día siguiente. Un día fueron al cine y él le tomó de la mano. Al año siguiente, en 1962, se casaron en la Iglesia de La Paz.

Para Leonor, Hugo es la compensación que Dios le dio por una infancia y adolescencia difícil. La vida, su vida, realmente comenzó de la fiesta, en adelante.

Pasaron casi cuarenta años juntos. Ella dice que no peleaban. Porque él era tranquilo y dulce.

Yo me acuerdo de la emoción que tenía mi abuelo Hugo la última noche de 1999. Llenamos su ropa vieja con aserrín, compramos uvas verdes sin pepas para comer por cada mes del siguiente año, vimos cómo llegaba el nuevo siglo con fuegos artificiales y disfraces a China, a Sídney, a París, a Nueva York… y finalmente llegó a Quito. Comimos pavo y los adultos tomaron vino tinto en el comedor. Después me dormí. Ese es uno de los pocos recuerdos que tengo de mi abuelo. Otro, el día después de su muerte, cuando una cantidad de gente vestida de negro me abrazaba sin que yo entendiera bien qué estaba pasando.

De una noche para otra, Leonor estaba sola en la cama que compartían, durante el desayuno, al escoger las pastillas diarias y tomar el jugo que era bueno para la gripe. Ya no tenía a quién cuidar. A nadie más que a sí misma. Sin planearlo, se encontró sola dentro de los espacios que conocía de memoria, pero solo mostraban todo lo que había perdido.

En los últimos quince años he escuchado tantas historias, que casi puedo reconocer su voz detrás del bigote cano que le acompaña en todas las fotos regadas en el departamento de mi abuela. Mientras más respuestas encuentro, idealizo más a Hugo. Con cada anécdota crece más esa esencia que lo envuelve y convierte en un personaje un tanto inverosímil. En cada narración personifica más al héroe imposible: está presente por medio de los objetos que alguna vez tocó, pero que ya no forman parte del mundo que él conocía. También están las fotos. Y la imaginación. La evocación intangible de un ser que no parece haber sido de la misma naturaleza que los demás. Como una presencia perfecta, que desapareció una noche quiteña, acostado sobre una cama más de un hospital, sin llegar a despedirse de su familia.

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