Así nomás fue

Mi abuela Piedad nació en abril de 1929. A los 25 fue a una fiesta y esa noche conoció a mi abuelo. Alfredo acababa de llegar a Quito con el título de doctor por delante y la flamante soltería por detrás. A través de una carta, su mamá Zoilita le pedía que no se case con esa gringa y así fue como le mandó llamar de vuelta a su país. Esa obediencia sumó puntos en las historias que comenzaron a correr entre las señoras quiteñas. De ser el amigo amable y tranquilo, se convirtió en su propia versión de un soltero codiciado. Por eso, una de esas señoras preparó una fiesta para que ahí se conocieran el nuevo Alfredo y su hija. Piedad también estaba invitada. Y bueno, así es como se convirtió en mi abuela.

Antes, cuando los recuerdos sólo eran eso y los minutos sí transcurrían en la relación que mantenía con la realidad inmediata y el futuro, nos contaba que esa noche no pasó nada fuera de lo normal, sino lo que debía ser. Decía algo así como que “el Alfredo me conoció primero, y así nomás fue”. Obviamente su personalidad ganó el premio en que se había convertido ese treintañero ya medio calvo, ni alto ni bajo, de gestos suaves y ojos oscuros.

Tuvieron cinco hijos. Cuatro hombres y una mujer. El primero es Alfredo José, por supuesto. La última, María Piedad, mi mamá; crecieron en una casa de dos pisos en el sector de la Iglesia de La Paz. Los niños compartían dos cuartos con dos camas. Con los años, Piedad quitó una por una las sábanas, desocupó esos espacios y les dio nuevos usos. Hasta que una noche los rezos diarios encontraron más ecos que de costumbre. Vendieron la casa vieja. Acomodaron los muebles, los cuadros, las plantas, la ropa y los utensilios de cocina en un departamento un par de cuadras más arriba. Alfredo tenía miedo de que vivir en un edificio sea sinónimo de mantener conversaciones incómodas en el ascensor, saber hasta qué cocinan los vecinos y así de a poco acostumbrarse a la idea de tener poca privacidad. Las preocupaciones no superaron las conversaciones de antes de acostarse en el nuevo cuarto con una ventana que a los pocos días se convertiría, también, en fuente de conversación: sobre qué pasaba afuera mientras adentro se vivía tan cómodamente.

Esos miedos siguen sin cumplirse, a pesar de que él murió hace casi veinte años.

Los seis meses después de la muerte de mi abuelo Alfredo, cuenta mi mamá, mi abuela se sentaba en la silla de brocado amarillo paralela a la pared. Veía por la ventana. No hablaba, casi no comía. Los días eran iguales. Hasta que una mañana se levantó de la cama, tomó una ducha, dejó el negro cerrado y volvió a ser quien fue.

Nosotros –familia de seis- vivíamos esparcidos en los dos cuartos que sobraron de repente. A los seis meses nos mudamos. Mi abuela dejó de necesitarnos para sobrevivir. Piedad es un mujer que tiene lo indispensable para desenvolverse: a ella y solo a sí misma.

La relación, como es de imaginarse, con mi abuela es tan intensa como su personalidad. Le temía, le tenía iras, le admiraba y le respetaba en la misma cantidad. No sabía si me quería o le daba igual que yo existiera o no. Le veía como esa señora que mandaba y desmandaba dentro y fuera de su casa, que ejercía un poder casi asfixiante sobre mi mamá y consecuentemente sobre mí. No conversábamos. Ella me contaba historias, me aconsejaba a ser menos –muchísimo menos- brava. Jugábamos cartas. Me molestaba que no me deje ganar. Pero debilidad es el único sustantivo que no combina con Piedad Letort Calisto de Jijón.

Ahora me dice que soy linda. Ya no me cuenta mucho más que los detalles que encuentra a simple vista, como lo cargado que esté el tráfico o quiere saber dónde dejó la cartera o el carril con su ropa. Ahora soy yo quien le cuida, tratando de mimarle a pesar de que esa personalidad sigue ahí. “Ooooh, ooh”, me dice cuando algo no le parece bien, mientras frunce el ceño. Sus piernas cada vez son más débiles y hay días en que está más encorvada que otros.

En esa misma ventana, ahora hace una alfombra tras otra. No lee novelas pero se da cuenta cuando me robo uno de sus libros. Sigue rezando, a pesar de que a veces pierde el hilo de lo que pide. Ya no utiliza la misma camisa de dormir que cuando era chiquita me parecía tan fea. Sus noches pasan de rosado claro, con una nueva ya no comprada por ella. Cuando dormimos juntas no logro convencerle de que dejemos la luz encendida un poquito más. Ella sigue poniendo las reglas. Y yo sigo aceptándolas.

Todavía le tenemos un poco de miedo. Todavía me descuadran sus comentarios cuando estoy despeinada, mi ropa le parece fea, o me pide que no haga tanto ruido cuando hablo. Todavía. Por suerte. Todavía. Por suerte, todavía.

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