Tan perdidas

Me las imagino caminando de la mano por una calle cualquiera en Quito. Conversan, se ríen y cuentan anécdotas. Hablan de mí. Se burlan de mí. Todas las historias giran alrededor de lo despistada que soy. La más pequeña sabe mucho más que la otra, porque nos conocimos hace casi seis años, el día que cumplí dieciocho. Ella se convirtió en el espejo de quien debía ser. Puede contar cuál es mi estado civil, dónde vivo, el día que nací, la textura de mi huella y quiénes son mis papás.
La otra, también vestida de gris, en cambio conoce muchos -demasiados- secretos de la vida que quise crear en Boston. En su interior guarda los errores y aciertos de mi personalidad descritos en inglés. Si quisiera, me sobornaría. Pero no lo va a hacer, porque necesitaría primero aparecer. Y se fue. Tan lejos, tan lejos, más lejos de los pasos que he repetido, de los lugares a los que he vuelto y las personas que me han dicho que no han encontrado nada con mi nombre.
Decidieron escapar juntas. Martirizarme en compañía. Disfrutar de su libertad. Tal vez creen que las dejé ir porque no me importaban lo suficiente. Cuando la única verdad es que las necesito aquí.
Por eso se ríen en público. En ese sitio al que no llegaré nunca. Donde alguien más las recogerá, descubrirá que solo sirven para mí, se sentirán solas y querrán volver. Pero no encontrarán el camino de vuelta.
¿Dónde estarán? ¿Alguien se interesará en su contenido alguna vez? Ojalá. Porque son parte del espejo que me rodea, del camino que he recorrido, y convertirse en un papel emplasticado demuestra cuán adulta fui al pararme delante del tradicional fondo rojo de la mayoría de edad. Porque demuestran, por medio de faltas ortográficas y de sintaxis, que alguien más se interesó por las historias que en ese tiempo quería contar. Y ese alguien me dio una suerte de magia que, ella sí, me acompaña hasta hoy.
Espero que las letras conversen, la tinta baile y el plástico no se acalore mucho. Están demasiado lejos, irremediablemente lejos. Se reirán, andando por la misma ciudad que yo pero sin mí. Y yo las remplazaré por nuevas. Una nueva foto, sin fondo pero con chip incluido. Una nueva nota en la parte izquierda de la hoja escrita y comentada por otra profesora que logra sacar lo mejor que escondo dentro.
Lejísimos, las veo caminando juntas. Ellas sí pueden saltar los charcos que no se crean porque no llueve en Quito, o viajar a todos los lugares con los que sueño. Ya no existen más. O, al menos, no en ésta realidad. Ahora son libres. Tan libres, tan lejanas, tan perdidas. Tan valientes de hacer lo que quieren, sin preocuparse por quién dejan atrás.

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