Los rasgos

La vida, la vida, cambia muy poco. Lo que nos transforma, nos altera y nos confunde son los detalles que llenan esa vida.

Los espacios parecen los mismos. El desorden se mantiene. La gente va y viene. Las fotos muestran quiénes quisimos ser durante un tiempo determinado. Los sentimientos, por otro lado, crecen o se aíslan. Pero están. No sé si desaparecen. Todavía siento la misma vergüenza como de niña cuando pienso en unos recuerdos específicos. O me alegra la canción que sonaba en una radio y yo grababa en el casete de otra prendida en frente, mientras me encerraba en mi cuarto tratando de no hacer ruido.

La vida no cambia realmente. Sigo siendo brava. Sigo viendo novelas con tramas irreales y leyendo novelas que me transportan a un mundo paralelo. Sigo creyendo en Dios. Sigo escribiendo para escaparme de lo que no conozco y me da miedo. Sigo aquí, un poco más gorda o un poco más flaca, pero moviéndome y aprendiendo a diario. Sigo tomando pastillas cuando me duele el cuello y nadando para no sentir esos cosquilleos incómodos que bajan por la espalda ocasionados por la mala postura. Sigo inventando historias que buscan diversificar mi imaginación. Sigo creyendo que el mejor trabajo del mundo debe ser el que combine escribir, leer, tomar fotos y viajar.

Todavía soy como fui. Una adolescente que se parecía a la niña y la niña que quería crecer para conocer más del mundo. No he cambiado tanto, sólo modificado los planes. Con el tiempo, alteramos e intercambiamos la vida con elementos que resultan extraños: el vacío de la casa sin mis hermanos menores, la ilusión y la desilución como recursos amorosos, preferir ciertos temas para otros ignorarlos, y demás particularidades.

Pero seguimos siendo tal o cual persona. A veces un reflejo de los pormenores de los demás y otras una versión fragmentada de la historia de un tercero.

Cambiamos, sí, mucho menos de lo que parece. Todavía mantengo las expresiones que aprendí de mi mejor amiga desde tercer grado, el mejor año de mis años colegiales. Mi nombre varía de acuerdo a quien lo dice, tengo más apodos y, por lo tanto, menos posibilidades de perderme entre los demás.

Porque todos esos fragmentos han emigrado de su tiempo para pasarse en cada versión de quien soy. La base, el esqueleto, es el mismo. Los rasgos que definen cada momento cambian, la vida me parece que no.

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