En un trámite

De la operación salió con los cachetes hinchados y totalmente amortiguada. Podía hablar bien, pero no estaba consciente de hacerlo. En el carro sus papás aprovecharon la situación para preguntarle un par de cosas que de otra manera no les contaría. “Los hombres son una bazofia”, contestó mi prima adolescente.

Ella que todavía usa uniforme a diario y recién comenzó quinto curso, llegó a la misma conclusión que quienes no entendemos qué está sucediendo con la otra persona. Para mí la verdadera bazofia es ese ‘juego’ que busca ‘conquistar al amor’. Ese maldito juego con códigos incomprensibles como a los cúantos días está bien visto agregarle al Facebook o alguna red social (a pesar de que después de la -digamos- fiesta, llegaste a tu casa a ver cómo sale en su foto de perfil y mandarle a tus amigas una captura de pantalla, diciendo “es él”). Y todo eso, solo para no parecer desesperada o desesperado. Ridículo. Absolutamente ridículo.

No es coquetería, es meramente papeleo. Burocracia.

A pesar de que algunos hombres y mujeres pensamos que es un procedimiento innecesario, estamos los que caemos en el mismo orden determinado por alguien que claramente no creía en el famoso final feliz. Yo quisiera saber ¿cómo puedes llegar a ser verdaderamente feliz si debes medir el amor que das, controlarte y manipular a la otra persona para que haga lo que tú quieres o esperas?

O tal vez la equivocada soy yo.

Lo único que sí sé es que en esos juegos siempre pierdo. Me enamoro enseguida y tan pronto como comienza el silencio me aburro. No quiero jugar un juego que crea relaciones determinada por comportamientos que me parecen imposibles de descifrar o reacciono mal. Es como querer aprender sobre un autor, pero leer únicamente la contraportada de su obra más importante. Al seguir esos pasos aprendidos en una de las revistas que ojeo en la peluquería, siento que me pierdo de la historia. La verdadera historia que no se maquilla con formalidades dictadas por parejas que probablemente ya no están juntas.

Tal vez yo sigo siendo una adolescente que confía en que el amor no es como un formulario o un contrato. Me niego a definir mis sentimientos de acuerdo a una receta que le funcionó muy bien a alguien más.

Adormilada dijo lo que realmente pensaba. La bazofia, pequeña adolescente que trata de entender a otros adolescentes más confundidos que tú, es el juego. No la coquetería, es el papeleo. Es tratar de ser lo que no eres solo para llamar la atención. Las historias necesitan verbos en movimiento. Es injusto obligarte a moldear un corazón desenfrenado como el tuyo para que calce en los pasos que define un tercero. Necesita latir, sin importar si la otra persona lo escucha o no. Debemos contar y describir, aún así sea con la lengua amortiguada y los ojos desorbitados, esos momentos intensos que nos hacen creer que lo que sentimos es más grande que cualquier demostración de un par de desconocidos en público, o en redes sociales.

El amor puede ser tantas situaciones al mismo tiempo. De lo único que quiero cuidarme es no permitir que se convierta en un trámite. No. Por favor, no.

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