Las medias fucsias

Cuando publicó su primera novela recibió, también, la primera llamada telefónica de larga distancia desde Estados Unidos. Por el otro lado su preocupada madre le preguntaba si estaba bien. En algún lugar desconocido del mundo, el personaje principal se mantiene a base de una variedad de drogas que, de la mano de su esquizofrenia, logra prender una máquina que lo traslada de un lugar a otro sin hacerlo más joven o viejo. Tres novelas después, Dylan supera los 60 años. Durante ese tiempo, ha vivido mil vidas, viajado en el tiempo, probado todas las drogas y se ha enamorado sin llegar a establecerse con ninguna mujer. Esta travesía de 35 años es paralelamente la misma de Mark, el autor de la trilogía. En la clase de Composition and Rhetoric nos contó que Dylan es su álter ego. El imaginario personaje es todo lo que quisiera y no quisiera ser. La diferencia más grande entre Dylan y Mark es que el último creció en la misma casa que Pat.

Patricia tiene 92 años y vive en Minnesotta. A principios de este año, Mark y su esposa viajaron a Wisconsin para visitar a “la familia de gringuitos”, como dice él. Durante ese tiempo, Pat les dijo a sus hijos que quería planear su funeral.

Juntos fueron donde el director de la fineraria del pueblo. Rody es un amigo de la familia que heredó el trabajo de su padre. Con confianza comenzó el cuestionario de cómo ella quería que sea el entierro. Mark nos contó que fue algo así:

-¿Qué tipo de música prefiere?

-Una no muy triste.

-¿Una recepción de unas cien personas está bien?

-Rody, tú sabes que tengo más amigos que eso.

-¿Flores? ¿Qué tipo de flores?

-Creo que eso realmente no importa. A la final voy a estar muerta. Lo que sí quiero es que me recojan de mi casa en Minnesotta y me traigan a Wisconsin, para que me entierren a lado de Charlie.

Tras la reunión, volvieron a la casa y Pat, feliz, dijo “ahora sí me puedo morir ja ja ja”. Ella no va al médico desde hace 40 años, porque no quiere que nadie le diga que tiene un problema. Toma una copa de vino blanco todos los días en el almuerzo. Una vez un doctor le dijo a Mark que en lugar de blanco, el vino debería ser tinto porque le ayudaría más. La respuesta fue tan simple como la facilidad de Pat para combinar la blusa con la falda y las medias fucsias: “Mi mamá tiene 92 años. Puede tomar lodo si eso quiere. Puede hacer lo que le dé la gana”.

La clase terminó con esa historia. Nos deseó un feliz día y que no hagamos nada estúpido. Si a pesar de la advertencia lo hacemos, entonces que no se nos ocurra llamarle. Y si insistimos, entonces que sea una buena historia. A él le interesan las buenas historias como a Dylan, solo que éste vive en un mundo impensable. Uno sin Pat, sin estudiantes que se rién de sus malos chistes, sin hablar en spanglish, sin el jazz y el blues, sin la ópera y coleccionar botellas de whisky. Un mundo sin la intensidad de la imaginación. Un mundo donde no hay como crear personajes imposibles y vivir a través de álter egos. Porque no hay nada más irreal que su risa en clase, la risa que debe ser también la de Dylan.

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