Las particularidades

Mi papá siempre contesta que no cuando le preguntan si quiere que le igualen las cejas. Justo en el centro hay un par que no siguen la dirección de las demás. Ellas resaltan porque son las encargadas de unir los dos lados de la cara. Son pocas, rebeldes sin causa, que le diferencian de todos los demás.
Las cejas unidas tienen la misma escala de grises del pelo que desde ayer está más corto, tras nuestra visita a la peluquería.
La señora de pelo negro con mechas turquesa y bata se esmeró por igualar los niveles desconectados de mi primer corte amateur. Al principio no sabía ni por dónde empezar. Me dijo que desaparecería la grada y que quitaría volumen. Haga lo que crea necesario, le contesté.
Mis churos desordenados terminaron desparramados alrededor de la silla inclinable. Al terminar, me levanté y mi papá tomó mi puesto. Cerró los ojos. Sonrió cuando le deje que me gustan mucho las canas que día tras día inundan su pelo ondulado, sus cejas pobladísimas y su barba que no deja que crezca. Yo la prefiero así, con la piel suave y lisa: como antes de salir a trabajar por las mañanas porque, además, huele rico.
Por la capa resbalaban suavemente mechones tras mechones hasta caer sobre los restos de mi pelo cadé oscuro.
Abrió los ojos. La peluquera prendió el secador de pelo. Se miró al espejo por primera vez y respondió que no, que no quería que le igualen las cejas. Ah, bueno, le respondió mientras deshacía el nudo de la bata que tenía alrededor del cuello.
Con el pelo recién cortado, salimos de la peluquería de la mano. Él nunca dejaría que nadie toque sus cejas. Hace años yo preferí dividirlas como en su momento hizo su mamá, mi Abuela Leonor.
Así, cada vez más parecidos nos encontramos con mi mamá. Cuando mandé una foto de cómo quedó el inesperado corte, el Andrés respondió que estaba igualita a ella.
O sea que lejos están los años en que no quería ser como mis papás. Hoy me aferro a lo que dicen, cómo lo dicen y por qué lo dicen. Me ilusiona pensar que soy la unión de dos realidades, de dos mundos. Por eso describo lo que significa ser alaraca cuando cuento algo que me gusta, y a veces parecería que mi corazón va a estallar por la presión que genera la pasión. Soy por ellos, por esas particularidades aprendidas y desarrolladas como predisposiciones que a mis 23 años me encanta tener.

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