El mujeriego

Yo vengo con maldad, mami, me dijo Cristina pocos minutos antes de aterrizar en San Cristobal, la capital de las Islas Galápagos. Con los párpados coloreados de rosado brillante sobre su tez oscura y los labios rojo que retocó dos veces en el viaje de casi tres horas, llegaba a la isla con dos armas letales: seducir y reconquistar al hombre que duda si puede seguir llamando su novio porque no ha visto en un año o, por el contrario, aceptar con desgano que confiar en un mujeriego es un acto demasiado amargo. Amar desenfrenadamente sin pensar en el futuro o dejar que el tiempo cumpla con lo que en el presente no entiende.

Un día le llegó un mensaje de William. Él le pedía que revise su correo electrónico. Allí encontró la confirmación de un pasaje a su nombre para el 31 de julio. Cristina cree que su compadre fue quien le contó que ella venía al Ecuador por dos semanas. Porque desde hace un par de meses que no le contesta los mensajes ni las llamadas de Skype. Ignorarlo es más fácil ahora que hay otro gringo rondando por la vida como divorciada que creó en Florida.
Hace unos años cuando llegó la confirmación de la residencia americana, también comenzaron los trámites de separación. Después de siete años y un niño de seis, el amor se acabó en su matrimonio. La aparición de William, el galapagueño, también fue un factor. No el único, pero sí trascendental.
Uno de los problemas es que mantienen una relación a distancia. Lejos no está tan segura de si realmente los cuatro son felices, cuando ella como personaje principal sueña con que se limite a dos. Pero es imposible. Más allá de la distancia, él es mujeriego. Y los mujeriegos nunca cambian, mami, me dijo Cristina.
Entonces por eso vino a San Cristobal para escoger un camino, una ruta de escape si es necesario.
Cuando aterrizamos estaba entre ilusionada y preocupada. Si él no le esperaba en el aeropuerto, se pondría furiosa; si él no le explicaba por qué llevó a otra mujer donde su mamá, se pondría furiosa; si él no le aclaraba el futuro, se pondría furiosa.
Y ponerse furiosa significaría terminar para siempre. Siempre, pero después de enviarle una foto del resultado de la operación que le realizará la próxima semana un cirujano plástico. Las quiere más grandes y firmes. La foto, claro, es un recordatorio de todo lo que pierde por mujeriego, mami, me dijo Cristina.
Anotó mi número de celular y prometió contarme el desenlace de la historia, mientras guiñaba sus ojos café de largas pestañas negras.

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