La aventurera

Entre la chompa abano y la negra, ese lunes por la tarde mi Abuela Leonor escogió la segunda. Parecía que iba a llover, por lo que decidió guardar el paraguas en la cartera. Como la botella de dos litros llena de agua ya no cabía en la suya, me pidió que la cargue yo. Íbamos a la Plaza Grande a encontrarnos con el Papa, entonces tenía ilusión de verle y también de volver a su casa con agua bendecida por el propio Francisco I.
Éramos cuatro. La Abuela, abrazada del brazo de su amiga Rebeca, caminaba delante mío y de la Kiki. En la Eloy Alfaro nos sentamos a esperar cualquier bus que nos llevara hacia la Marín.
Del bus azul nos bajamos y caminamos bastante. Al pasar los puntos de seguridad, tuvimos a la Catedral en frente.
Esperamos.
Empezó a llover. Nos enlodamos y nos mojamos. Mi Abuela se arrepintió de no haber escogido la chompa abana porque esa tiene capucha.
Seguimos esperando.
Comimos alfajores y rompí mi dieta.
Repetimos una y otra vez las oraciones que un par de señores con micrófonos decían. Rezamos el rosario. Cantamos con el coro de la UTE que volvió después de la lluvia.
Esperamos.
Hasta que aterrizó el Papa en Tababela. Por dos pantallas gigantes seguimos el trayecto de la caravana hasta Carondelet.
Mi Abuela cantaba y bailaba. La Rebeca envíaba fotos a un grupo de Whatsapp. Las ganas de irnos empezaban a debilitar la fuerza de las piernas de la Kiki y mías. Además teníamos frío. La batería de los celulares se terminaba y el Papamóvil no llegaba.
Y llegó.
Entró al Palacio caminando junto al Presidente. Miles de rosas decoraban la pileta de entrada. El tour de las instalaciones terminó en el Salón Amarillo o Salón de los Presidentes. Mientras Correa le presentaba al Papa a cada uno de los integrantes del gabinete de la Revolución Ciudadana, Damiano y su coro cantaban afuera. “Damiano, man”, repetía a lo que parecían oídos sordos.
Y paró justo antes de las gradas de piedra.
La gente se arremolinó enfrente de la iglesia. Como empujaban hacia los lados, abracé a mi Abuela tratando de cuidarle. Pero no necesitaba que le cuide. Es más fuerte, mucho más fuerte, de lo que parece.
Y cuando dio la bendición, saqué rápidamente la botella de agua.
Al salir me abrieron la cartera y me robaron las gafas. La billetera no porque estaba debajo de los pesados dos litros. Me di cuenta mucho tiempo después, cuando esperábamos la Ecovía que nos lleve de vuelta a la Eloy Alfaro, donde a la falta de taxis tuvimos que caminar más de veinte minutos hasta llegar al edificio.
Al bajar hacia mi casa en el valle, descubrí que cada vez soy más igual a mi Abuela Leonor. De mi Abuela, la aventurera. Que camina por todo Quito sin miedo a nada. Que le gusta discutir. Que no le da explicaciones a nadie. Que toma decisiones sola. Que lleva un pequeño botiquín con pastillas en la cartera. Que lee el periódico desde el titular hasta los clasificados. Que come papitas sin cocinar en el desayuno porque alguien le dijo que es bueno para la salud. Que le encanta ir al Wallmart. Que reza por las mañanas y las noches. Y que el gran, gran amor de su vida fue mi Abuelo y me jura que no peleaban.
Tal vez la vida sí es cíclica. Las historias y los personajes son mucho más parecidos que en la ficción. Mi Papá tiene el carácter energético y necio de su Mamá. Y yo tengo el carácter intenso de mi Papá.

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