Los escaperos

Hay noches, como la de hoy, en que uno de los escaperos prefiere los Crocs coloridos antes que otro tipo de zapatos. Llega con unos amarillos que los pequeños huecos de la parte superior permiten que se vean sus medias blancas. Y otros días con los turquesa que combina con los joggers, o la sudadera gris claro que está entre la comodidad y -supongo- la moda. Él es un estudiante de medicina a quien le gusta tanto el fútbol que hay clases en las que prefiere conectarse a http://www.rojadirecta.com, antes que poner atención. De vez en cuando hace un gran esfuerzo por no gritar, a pesar de que la jugada claramente le emocionó.

El segundo escapero participa poco o nada. Es tan alto que debe escurrirse en la silla para lograr algún tipo de comodidad. Usa botas altas de cuero y sacos a rayas. Tiene el pelo churón y lentes negros.

El profesor les puso ese apodo porque después de cada prueba se escapan a la cafetería donde diariamente pasan los partidos de la Copa América.

He pensado en hacer lo mismo porque por lo general estoy aburrida en clase. Pero si con cada examen pierdo puntos peligrosamente, al menos necesito tratar de ganar algo en presentación y participación. Los escaperos, entonces, son lo más parecido a la búsqueda de la libertad en la clase de Administración. El único problema es que ellos son buenísimos para aprenderse conceptos de memoria. Yo, por otro lado, me confundo entre la función de la organización, el organigrama y la estructura organizacional. O sea, mi nombre suena entre los últimos cuando nos devuelven las hojas corregidas.

Ese miércoles que me entregaron la primera prueba con el 66/100 escrito en tinta verde, salí de la clase con lágrimas en los ojos. Lloré durante los quince minutos de trayecto a mi casa, y después en la cama de mis papás mientras trataban de convencerme que no se acababa el mundo.

Lo que más iras me da es la ironía de enfrentarme ante esa mala nota, a pesar de haber salido sobradísima al terminarla, y la siguiente clase decir en voz alto “pero Profe, ya denos las pruebas”. Creí que me demostraría cómo el personaje superpoderoso que creé en Boston se mantenía dentro de mí. Que lo podía todo, desde superar inviernos hasta repetir conceptos que parecían tan fáciles.

Pero dejé de lograrlo todo. Dejé de ser parte de los metafóricos escaperos para tratar de ubicarme en esta ciudad, en esta universidad, en esta clase, en esta casa, en esta familia y en esta personalidad.

Y como paso la mayor parte del tiempo soñando despierta, me cuesta enfrentarme a la realidad. Hoy esa realidad se llama Administración y se relaciona directamente con la teoría de la autoridad: reportarme ante mis papás y evaluar si lo que creí que era mío no es, más bien, ideas importadas de alguien más. De quien ya no soy ni quiero volver a ser.

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