Segunda clase

“While my guitar gently weeps”, comenzó a sonar en mi cabeza. Alguien escribió esa frase de la canción de The Beatles en la pared verdeazulada-crema de la clase. Debajo de las letras hay dos dibujos: una mano con el símbolo de paz y amor, y el otro signo de tres líneas y un círculo.

Pero realmente me he pasado todo el día cantando cortos fragmentos de Un Pacto, porque hoy, más que nunca, me siento muy identificada con esa canción. Lo que pasa es que necesito hacer un pacto para vivir mi vida; hacer una tregua con lo que se fue, con lo que me ha pasado, con quien creí ser y quien me hubiera gustado ser pero no soy; darle la paz a lo que ya no está en este momento. Sobretodo lo relacionado con el amor, de los que se fueron, del que se fue y creí que volvería, pero no volvió, ni volverá.

Comparo las dos ciudades donde he vivido. Allá era prácticamente una desconocida que andaba sin molestar a nadie. Dando vueltas por las calles de Boston, escuchando música a todo volumen en los audífonos que aislaban el sonido de afuera, que a veces se convertía en ruido. Caminaba de un lado a otro, sin conversar, sin preguntar, sin pedirle nada a nadie.

Para llegar a Quito, donde saludo y me despido de desconocidos que me encuentro afuera de la tienda de la esquina. En la universidad quedan pocos amigos porque la mayoría ya se graduaron. Y como estamos en verano, la biblioteca es lo más cercano al paraíso del silencio que se esconde tras la portada de libros que todavía esperan que alguien los tome y los lea.

A entrar a una clase en la que se habla de qué trabajan los gerentes y por qué son importantes dentro de las organizaciones. Con un profesor que hoy usa un pantalón de terno verde oliva y una camisa amarillo patito, la correa combinada con los zapatos café de los que sobresalen un par de medias grises. Un señor que en las segunda clase finalmente logró que me interese en las funciones administrativas, casi convenciéndome de que no estoy perdiendo el tiempo sobre las mesas escritas y paredes dibujadas en partes que quien está adelante no puede ver. Compartiendo opiniones con microbiólogas, ingenieros y doctores. Escribiendo mientras el profesor nos explica conceptos que nunca quise aprender.

“Y les digo otra cosa, ustedes gerencian su vida. Entonces deberían gerenciarla así: qué planean, cómo se organizan, cuál es la dirección y cuáles son sus puntos de control”, nos dice sobre por qué es importante tomar en serio a la administración.

Quién diría, aprender sobre la vida, sobre cómo comenzar a planear mi futuro, en una clase así.

Mientras determino el plan, me entretengo “escapando del mismo lugar con mi fantasía”, como canta Bersuit en la misma canción que me ha acompañado todo el día.

Esas fantasías que me han llevado tan lejos como a confundir Azkaban con Alcatraz, la pasión con el amor, el valor con el herísmo, la felicidad con la comodidad.

La clase sigue. Quedan todavía treinta minutos más. El profesor, sentado sobre la mesa, un poco encorvado hacia delante, habla como si el tiempo no pasara.

Pero pasa, nada se estanca. Cambia, porque tenía que haber pasado por todo lo que pasé para llegar aquí: a esta clase de una noche cualquiera a finales de mayo. Porque los que se fueron, el que se fue, importa cada vez menos. Y así, aprendiendo sobre asumir riesgos, entiendo que necesito innovar. Salir por esa puerta y caminar hacia el parqueadero, sola. Sola. El profesor pregunta qué tan capaces somos. No sé. No sé. Necesito una estrategia. Todo sigue. Porque cuando algo termina, algo más comienza.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s