Primera clase

Habla, mientras camina por la clase. Usa las manos para enfatizar ideas, a veces las guarda en los bolsillos detrás de las solapas del saco del terno. No usa corbata pero sí combina la correa con los zapatos negros.

Junta ideas y explica conceptos, pero me da la sensación de que lo que dice no tiene mucha relación con el título de la clase; nos contó la historia de un radiólogo y las decisiones que tuvo que tomar en relación a su negocio. Dice que la vida nos enseñará cómo resolver situaciones específicas y que la función de esta clase de Principios de Administración es darnos un punto de partida.

Los estudiantes estamos a dos filas de asientos de distancia del profesor. Es el único que habla. A veces hace preguntas retóricas, sonríe y sigue con el mismo tema. Tiene una voz grave, áspera. Una barba en forma de candado, y cejas del mismo color que el pelo. Con la línea jalada a la izquierda, es fácil reconocer un par de canas regadas entre las ondulaciones.

“En eso se van a enriquecer: al escuchar lo que los otros tienen que decir. Ser diferente enriquece la conversación. Ustedes se pueden enriquecer al trabajar entre científicos y periodistas”, nos aconseja.

Salta de temas de supervivencia a la administración de empresas, el entorno empresarial ideal y los cambios sociales por los que ha pasado y pasa a diario el Ecuador.

Estoy aburrida a pesar de que el profesor se esfuerza por interesarnos en, por ejemplo, cómo la globalización afecta a las empresas. Y todavía quedan dos horas más.

“Y otra cosa que vamos a ver es el arte de tomar decisiones”, dice mientras explica lo que vamos a aprender en los próximos dos meses: una prueba por clase, tres horas dos días a la semana.

Cómo no comparar las clases. Allá podía tomar lo que me interesaba, escribir de lo que me gustaba. Aquí tengo que completar la malla académica para poder graduarme. Lo que debo, no lo que quiero.

Nos habla de planear, de organizar, de controlar, de dirigir y de liderar. Nos habla de tomar decisiones. Hacer y deshacer, con la idea de que la vida nos llevará hacia lugares que nunca nos esperábamos.

“Y, sin que les digan, tal vez se conviertan en líderes. Y, ¿qué es indispensable para ser un líder?”, me pregunta.

“Ser organizado… ¿Responsable?”

“Tiene que ver con tu profesión”

“¿Comunicar?”

“Comunicar. Aprender a expresarte, ¿qué tal?”

Sentada en la última fila, le veo caminar de pared a pared, delante de la pizarra y atrás de los asientos vacíos. Sueño despierta. Trato de describir sus movimientos dentro de una escena que no llega a interesarme.

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