Medallas

Sobre la pared café del cuarto del Andrés, mi mamá está colgando medallas de glorias pasadas. Las ordena por años, por etapas que mis hermanos menores pasaron antes de irse a jugar fútbol a Estados Unidos.

Están las que parecen de bronce, plata y oro, que lograron campeonato tras campeonato con el equipo respectivo.

“Estoy poniendo por años, no me alborotes¨, me dice mi mamá cuando le pregunto si está segura de que todas fueron ganadas por el Andrés. Tal vez hay alguna que me dieron a mí, o al Huguito.

En medio de cintas con franjas amarillas, azules y rojas como la bandera de Ecuador, el gato está recostado sobre la cama. Levanta la cabeza con el tintineo de las medallas que mi mamá cuelga. Trata de quitarme el esfero cuando escribo, cuando no está más ocupado tratando de encontrar la mejor posición para dormir.

“Ésta es 2003-2004”.

“Ésa de ley es mía”.

“Este ni se le ve la fecha… Varsity Boys Soccer, ésa no eres tú… O sea, por medallas no falta ¿no?”.

Después de determinar dónde va cada cual, se sube a una silla y las amarra. Están separadas en siente grupos.

“Por aquí hay una que es del mejor jugador… 2009… 2013… Ésa es importante”.

Al encontrarla, el orgullo ilumina su cara. No dice nada. Seguramente el recuerdo de la tarde, de los partidos, del gol y de la ilusión que su hijo tenía son imágenes que pasaron frente a sus ojos en pocos segundos. No todas las mamás pueden decorar una pared con medallas ganadas a lo largo de los años de futbolista de su hijo. Y, más aún, una mamá cualquiera no tiene medallas suficientes para decorar dos cuartos de adolescentes con personalidades tan diferentes. El del Andrés y sus logros, y el del Martín y sus logros.

“Puchicas. Y aquí tengo todavía éstas… Bueno, vamos a ver las del niño de al frente. Cambiemos de cuarto”.

La colcha del cuarto de Martín es verde claro. Las almohadas huelen a limpio, a detergente. No las ha usado desde el pasado enero, la última noche que durmió en la casa.

A lado de las fotos de los hermanos con los balones de fútbol, de los hermanos firmando para jugar para la universidad desde agosto, de los hermanos y su foto en la Academia donde vivieron el año lectivo que pasó, mi mamá encontró el puesto para las medallas. Las organiza de la misma manera que antes.

“Concurso hípico, ésta sí no es de ellos”, y la deja a un lado, lejos de las demás que descansan en el escritorio de madera.

Es fácil reconocer las medallas que ganaron en los dos colegios en los que estuvieron. Las de COPAIN pitufos del Liceo, las que tienen inscripciones en inglés, del Menor.

A los lejos aleatoriamente suenan las canciones que me gustan.

“Altetismo 2001, esto ha de haber sido tuya”, me dice mientras la pone junto a otra del 98, que, por ser la más vieja, asume que es de mi ñaño.

Son recuerdos de goles, peleas, tarjetas amarillas, patadas, camisetas de colores, autogoles, lloros y alegrías colgadas en las paredes de los cuartos separados de mis hermanos gemelos. Ellos que se fueron hace casi diez meses y vuelven el sábado.

En dos días llegarán a llenar de ruido la casa. Esta casa que va ganando historias.

“¿Qué tanto escribes, ve? No haces más que escribir y escribir y escribir”. Mi mamá no se queja. No necesita ayuda. Yo solo le acompaño, y la música me acompaña a mí.

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