Ligera

*Texto que escribí en enero

Un esfero de plástico, de tinta negra y tapa amarilla, es mi compañero de hoy. 1-800-Days-INN escrito en azul y un dibujo de un sol del mismo color que la tapa, me recuerda a la madrugada que llegamos a Spokane. Por la hora y el valor de la noche, decidimos entrar al primer hotel, el típico hotel de carretera, para descansar un poco. Viajamos cerca de seis horas de estado a estado, desde Oregon hasta Washington, en el primer día del año 2015.

Unas horas después de las tradicionales doce uvas de media noche, todo lo que comía lo vomitaba enseguida. Quiero creer –y también que crean eso mis papás-, que el Bacardi mezclado con Ginger Ale y la botellita de Fireball que compartí con mi amiga, no fueron los únicos culpables de haber recibido el nuevo año en un corre-corre entre la puerta del cuarto y la puerta del escusado.

Me empaché, a kilómetros de distancia de mis papás, que me decían que no me asuste, cuando realmente lo repetían para sí mismos. Soy la niña mimada de mi casa, y las niñas mimadas como yo lloran cuando se enferman. Pero esta vez no lloré. Me abracé al Pedialyte, llené mi termo rosado con hielos y me subí al asiento de atrás del Honda Civic negro con el que antes conocimos nuevas ciudades, desde Calgary a Portland, pasando por Vancouver y Seattle. Todavía nos quedaban dos días más de aventuras sobre las carreteras sin curvas, sin huecos y sin chapas echados de Norte América.

Así fue como llegamos a Spokane, cansados e ilusionados. Agradecidos con la vida al poder disfrutarlo todo como si no existiera un mañana. Esa posibilidad de escoger, para mí se ha convertido en mi propia definición de libertad.

Con este esfero que seguramente perderé y seguramente no me importará, escribo a un par de horas de llegar a mi próximo destino. En diez días me encontraré bajo la misma situación, volando de una ciudad a otra. Tal vez vuelva a escoger esta camiseta de “Revolver” -mi disco favorito de The Beatles-, que se ha convertido en una suerte de acompañante para cada vez que me subo a un avión. También podría volver a combinarla con la gorra roja de Boston University Terriers.

Llegué a esa universidad en agosto de 2014. Fui una cara asustada más del grupo de estudiantes de intercambio. Llevé a Ecuador y a la Universidad San Francisco en la punta de la lengua. Durante cuatro meses, sentía cómo el corazón me daba un vuelco cada vez que conocía a alguien y le contaba un poco de mí. Repetía que Ecuador no es lo mismo que Perú, a pesar de ser vecinos.

Tratando de identificar de donde soy, vivo una contradicción diaria. No soy de aquí, no soy de allá. No sé dónde es aquí, no sé dónde es allá. Lo único que tengo es el presente, lo que pasa en frente y me genera todas estas sensaciones que me mueven a buscar esas respuestas que tanto busco.

Mientras trato de encontrar mi voz entre tantas otras, he decidido que este año de intercambio me voy a dar ciertas licencias de comportamiento que en otras situaciones, tal vez, no lo haría; una de ellas es comer.

Al probar alce, algas, una variedad de hamburguesas, diferentes presentaciones de papas fritas, helado de té verde y jengibre, noodles, moon cake, dumplings fritos y al vapor, la mejor carne de res en Alberta, desayunar avena y café caliente en una cama de un hostal, diferentes sabores de cerveza, langosta, clam chowder, escoger los ingredientes de las trufas, comer helado de vainilla en vaso de cola, yogur griego de miel y yogur griego de frambuesa, que el almuerzo esté conformado por tres huevos fritos y lechugas para que no quede nada en la refrigeradora durante mi ausencia, y una cantidad de irresponsabilidades parecidas me han engordado. Mi cara amanece cada día más redonda. Me sentía culpable, hasta que un día me miré detenidamente al espejo. Me di cuenta que prefiero que crezca mi sonrisa a que se adelgacen mis muslos.

Otra es viajar, porque es un placer. Así como los dos primeros meses mi relación amorosa más cercana la tenía con amazon.com para comprar nuevas novelas, ahora soy cliente frecuente de Expedia y Kayak, escogiendo U.S Airways y Delta porque son más baratas. Ambas aerolíneas me han llevado a lugares que siempre quise visitar, a pesar de que en el camino pierdan mi maleta o los vuelos se retrasen, convirtiéndome en una ciudadana de aeropuertos.

Nunca antes he leído tanto y escrito tanto como ahora en que me pierdo en estaciones de tren y me aventuro más de diez horas sentada en un bus de dos pisos. Nunca antes he llorado tanto ni me he sentido tan sola como en la cama del departamento que todavía no llega a ser mi cuarto. Nunca antes me sentí tan libre. Tan libre de hacer lo que realmente quiero.

Cuatro horas después, el avión comienza a descender. Pronto aterrizaremos. El esfero de tapa amarilla volverá a mi cartera, junto a las demás cosas que he ido adquiriendo en el camino. Trato de no depender de lo material. Tampoco quiero tener un apego demasiado grande hacia los recuerdos. Me he llevado grandes sorpresas, porque no me gusta planear. Buenas y malas sorpresas, pero todas mías. Me esfuerzo por ser ligera. Ligera de corazón y ligera de equipaje.

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