Dos

Después de una confesión difícil, al padre David Barnes le gusta repetir que “discouragement is not allowed”, antes de decirle a la persona qué debe hacer como penitencia.

Así comenzó el sermón de hoy, en mi último domingo en Boston. Como otras veces, me senté sola en las bancas de madera de la Iglesia que se vuelve católica los domingos a las seis de la tarde. Este lugar tiene la facilidad de ser un espacio de adoración para varios grupos religiosos. El único colorido es el que entra por los vitrales cuando hay sol. Por lo demás, es un lugar neutro, donde cada quien puede ser quien quiere, mientras reza en grupo o en privado.

Ahí, entre desconocidos y expresiones en inglés, encontré una tranquilidad especial. Es mi manera de conversar con Dios sin filtros. Hoy le agradecí, por ejemplo, por estos nueve meses que no los cambio por nada ni nadie.

A dos días de volver siento un remolino de sensaciones que ni siquiera los emojis en Whatsapp son capaces de definir. He vivido y sobrevivido, tratando de estar lo más consciente posible de que todo lo que me ha pasado es, unas más y otras menos, una bendición.

El miedo, siempre presente y constante, se ha convertido en mi aliado. Porque asustada, tomé decisiones que han cambiado la forma en que me relaciono con los demás. El miedo a aburrirme pesó más que el miedo a equivocarme.

Por miedosa me he mostrado tal y como soy, logrando así una pasantía en Harvard, tres entrevistas con escritores, correr sobre la nieve y perderme en la variedad de transportes y servicios públicos de este país. Por miedosa le conté a extraños sobre mi vida y me han recomendado seguir escribiendo, seguir equivocándome, seguir tratando de contar una mejor historia. Por miedosa preferí viajar por casi tres semanas con dos amigos de la vida en vez de hacerlo con desconocidos, aprendiendo así a disfrutar del camino que tanto se aleja de la realidad y tanto se parece a la ficción. Por miedosa no he publicado lo que realmente siento y pienso, pero gracias a todo el tiempo que le he dedicado a mis sentimientos, ya sé cómo actuar cuando me tiemblan las piernas y la voz.

Gracias al miedo que he sentido estos nueve meses, quiero más y mejor a la gente que está a mi alrededor. Tenía miedo de perder en el amor, y hoy más miedo me da no seguir ganando en la vida de quienes, por ninguna razón, me cerraron las puertas.

El próximo domingo seguramente asistiré a misa con mis papás. Casi puedo sentir la mano de mi papá con la mía, sentados escuchando el sermón. Me ilusiona volver y ver a todos los que, a lo lejos, han viajado conmigo sin dejar que me sienta sola.

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