La maratón

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La ciudad, para mi amiga Clau, estaba dividida en dos. Por la mitad de la calle, corrieron cerca de 30,000 maratonistas esta mañana y tarde en Boston. La cara de la mayoría de los deportistas era una suerte de collage con tres sombras vistas al público: el frío, el cansancio y la emoción. Apoyados detrás de las barandas amarillas, a la distancia, como público gritábamos y aplaudíamos con alegría.

A un par de cuadras de mi departamento había un cartel azul, que con letras amarillas, anunciaba a los corredores que llegaban al kilómetro cuarenta. La recta final, desde Beacon Street, pasando por Kenmore Square y Newburry Street, hasta Boylston Street, se pronunciaba corta en comparación con lo que ya había pasado.

A las doce llovía. Cuatro horas después seguía lloviendo y hacía mucho más frío que antes. Lo que los corredores decían con su cuerpo también había cambiado. A los primeros se los veía más tranquilos, a punto de llegar a la meta con la espalda recta y el tranco largo y constante. Los que habían corrido ya más de tres horas bajo la lluvia y el viento de New England, llegaban con la ropa pegada al cuerpo.

El público, por su lado, cada hora se volvía más eufórico. Aplaudíamos a cada corredor. Unos agradecían, otros sonreían.

Con la Clau caminamos hasta Copley Square para ver desde cerca la línea de llegada. A la vuelta, la escena solo había cambiado por el clima. En el camino nos encontramos con algunos corredores que ya habían terminado la carrera. Ellos llevaban las capas impermeables que les entregaban junto a la medalla, para protegerse del frío.

Para poder ver de cerca a los deportistas, había que pasar por varios puntos de control. Los guardias revisaban maletas, carteras, mochilas, bolsas y todo tipo de objeto que sea externo al cuerpo de los asistentes. La basura estaba acumulada alrededor de los basureros porque no estaba permitido abrir las tapas de los contenedores. Policias con chalecos amarillo fosforescente cuidaban cada esquina. Aparentemente, el municipio lo tenía todo controlado.

Hasta que, cerca del kilómetro cuarenta, me desmoroné emocionalmente.

Es rara la sensación que me genera ver, en la cara y el cuerpo de completos extraños, lo que el esfuerzo es capaz de lograr.

Me acordé de cuando corrí las Últimas Noticias y la emoción que sentí al entrar en el estadio Atahualpa. De como lloré después de haber terminado los quince kilómetros más fuertes de mi vida. También pensé en mis papás, que me esperaban al final de cada carrera. Me acordé de lo difícil que es hacer marchar, juntos, a la mente y al cuerpo. Volví a sentir esa adrenalida que siento por dentro, minutos después de haber comenzado a correr, y lo difícil que es mantenerla a pesar de las paredes mentales que se cruzan al superar kilómetros.

No pude contener las lágrimas cuando una chica empezó a gritar de emoción al ver a su mamá. Se abrazaron, y empezaron a correr juntas, a pesar de que no era permitido.

Cada corredor tenía una razón por la que corría la maratón. Algunos escribieron el nombre de otra persona sobre sus camisetas. Una chica, como hice yo en las Últimas, paraba cada tanto para tomar fotos de la carrera: del lugar, de los otros corredores, de la ciudad y del público.

Como nota mental anoté que no solo quiero correr una maratón. Quiero correr la maratón de Boston algún día. Porque para mí, hay veces que ganar kilómetros con las piernas es sinónimo de superar fantasmas personales.

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