La Ribera

Cada vez que escucho las canciones de The Beatles, enseguida veo a mi Tío Xavier en frente de la mesa donde está el tocadiscos, el reproductor de discos y demás aparatos musicales. Después de cerrar la puerta de vidrio, se da la vuelta y comienza a bailar solo. Mueve los hombros y los brazos de arriba a abajo, la cadera y las piernas. Sonríe, porque le encanta la música de los ingleses pero también porque yo creo que le gusta llamar la atención. Se ríe de sí mismo y con la Isa, al ver que a la María Laura todavía le da vergüenza cuando su papá “se hace el chistoso”, o cuando “se hace el pobrecito”, pero esa es otra historia.

Mientras suena ‘Love me Do’, mi Tía Cawi le da la espalda a la chimenea con el fuego prendido. Tiene el pelo rubio, lacio y corto. Los ojos café y la piel blanca. Cuando está en La Ribera le gusta salir a caminar por el jardín y conversar. Como todos en su familia, lee casi tanto como ve películas. Cocina. Y no solo cocina, crea un evento adentro, afuera y alrededor de las estufas. Nos involucra, dándonos grandes y pequeños roles para el almuerzo del domingo. Hace un par de años, por ejemplo, durante toda una tarde la Isa y yo pelamos los chochos y otros granos para la fanesca del fin de semana de Pascua que preparó para toda la familia.

A la derecha de la chimenea está colgado un cuadro donde unos caballos son los protagonistas. Si el invitado se fija detenidamente, encontrará que alrededor de la casa hay una cantidad de objetos relacionados con esos animales. Después de dar una vuelta a pie por los terrenos, estoy segura de que el invitado conocerá a uno de los personajes más importantes, idealizados, amados y trascendentales de la historia de esta familia: el Diluvio, el caballo que llegó a La Ribera como un potro gris y que con los años fue aclarándose, así consagrando su rol dentro del mundo animal de la hacienda; las fotos de mi tío saltando obstáculos con su caballo no solo llenan su consultorio y su casa, sino también tienen un lugar especial en el departamento de la Isa en Estados Unidos. Es tal su importancia dentro de nuestra vida, que el único álbum de fotos que mi ñaño H ha llenado en su vida, comenzaba con un par de retratos de un joven Diluvio gloriosamente parado sobre el camino de piedra, a lado de las caballerizas.

Cuando suena ‘She Loves You’, casi puedo oler el chocolate caliente que mi tía puso en la mitad de la mesa, con los quesos cortados en rectángulos, el pan de el Cyrano, tal vez helado de coco que llevó mi Abuela Piedad y mermelada de mora para el Huguito (que, dicho sea de paso, es el mimado de mi tía).

La Rivera es uno de mis lugares favoritos. Porque nosotros crecimos ahí. También creció mi mamá y sus hermanos. Y crecieron mis tíos, de papás a abuelos.

Escuchar a The Beatles sentada en la biblioteca de la universidad en Boston, a miles de kilómetros de distancia es como abrir una puerta pequeñita dentro de mí. Una que me lleva hacia el recuerdo de mi infancia feliz. Y mientras camino por los espacios que con los años no han cambiado mucho dentro de la casa, puedo ver como crecer con la misma gente a mi alrededor fue y es un privilegio. Todas las words of wisdom que mi Tía Cawi le da a la Isa llegan, simultáneamente, a mí.

Y así es como les veo a mis Tíos en La Ribera una tarde de un domingo cualquiera, de un año cualquiera, escuchando el mismo disco de The Beatles que escuchábamos años atrás. Mi Tío con sus camisas, boinas y botas de cuero, y mi Tía con el mismo tipo de gafas café y de perfume que, como Anna Wintour, se han convertido en parte de su personalidad.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s