Universo paralelo

Ha llegado ese momento en mi vida en que sé que lo que realmente quiero es escribir en español.

Me encanta el español. Como diría mi amigo Miguel, el inglés es de otros, no es mío. El español es mío.

Me gusta leer y escuchar a los demás hablando. Según mi prima Isa, aprender un nuevo idioma es como entrar a un nuevo mundo donde importa tanto la idiosincracia como las expresiones faciales, las costumbres y eso que diferencia a un grupo de otro.

Por eso me encanta vivir sola en Boston, porque es una manera de existir dentro de un mundo paralelo al mío, donde no importa si soy o no un agente activo. Vivo, me muevo de un lado a otro, sonrío a extraños. Me equivoco todo el tiempo, como cuando en mi pasantía me referí al alcalde como el mayor del ejército y cuando me entendieron se burlaron un rato. Sostengo la puerta para que pasen los demás y digo thank you very much for your help a la operadora al otro lado del teléfono que me ayuda a cancelar mi suscripción del periódico local. Me río con la Isa a pesar de que no le gusta que llame tanto la atención, en clase en las breves conversaciones con mis compañeros, cuando estoy sola, cuando converso por el teléfono, al hablar por Skype.

Me muero de las iras, también. Cuando suena una canción que no me gusta tanto durante las duchas diarias. Al terminar de ver una mala película que no me dejó nada positivo sino que se llevó el tiempo que nunca va a regresar. O cuando el arroz me sale seco y que todavía no sé exactamente cuántas tazas de agua logran la coción perfecta.

La última vez que lloré fue hace dos semanas al despedirme de mis papás en el aeropuerto. Y lloré más que nunca, sentada en la silla de la sala de espera y después frente al espejo del baño tratando de secar mis lágrimas, con la absoluta convicción de que de ese momento en adelante mi vida cambiaría para siempre. Aterrada, porque siempre le he tenido miedo al futuro, a lo que se viene y sobre lo que no tengo control.

Todavía me comparo con los demás. Con las que en Facebook ponen una cantidad de fotos sonrientes con sus novios, con sus futuros maridos o sus esposos y sus hijos que comienzan a crecer. Con las que están viajando por el mundo sin que les importe realmente qué va a pasar después de saltar por el acantilado que primero tomaron foto para subirla a alguna red social. Con las parejas que parece que se encontraron, mientras yo a la única que encuentro es a mi cara de mal dormida después de una larga noche de insomnio.

Estoy perdida. Un ser perdido por esta maravilla de ciudad, en este maravilloso país donde la primavera está llegando y, aun que la Vicky se me burle, yo ya la huelo a lo lejos.

Ya llega la cuarta estación de mi año de intercambio. Mi última estación. Mía. Porque es una ilusión lo que está pasando, es mi universo paralelo, donde ha pasado todo lo que no esperaba, todo lo debía y mejor de lo que me imaginaba.

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