Por las calles

Esa noche caminamos por el puente que unía el barrio donde dejamos el carro y el de nuestro hostal. No hacía frío, no estábamos cansados. Era probablemente pocas horas antes del 24 de diciembre y, si no me equivoco de día, nuestra gran cena fue una mezcla entre sushi y té caliente.

Adelante mío el Esteban y la Tere conversaban. Teníamos un par de metros de distancia. Seguramente hablában de sus razas favorita de perros, o de algún tema parecido en el que yo no tenía nada que aportar. Por eso yo me quedaba atrás, caminando más lento.

Alrededor nuestro estaba Vancouver, la ciudad de edificios con grandes ventanales. Por la época del año, luces navideñas decoraban los barcos que el agua mecía suavemente, combinando con las luces que titilaban dentro de los departamentos de desconocidos.

Paramos por la mitad del puente. La Tere tal vez dijo algo sobre la bola luminosa que se veía a la distancia. Y antes de volver a caminar, el Esteban metió sus manos en los bolsillos y sacó tres centavos. Uno por cada deseo, uno para cada meta personal para el año que se venía en pocos días más. Nos alineamos de izquierda a derecha, pedimos un deseo en secreto y a la cuenta de tres lanzamos la moneda por encima de la baranda hasta el fondo del río.

Nos sonreímos, nos abrazamos y después del momento de emoción, seguimos nuestro camino por las calles de Vancouver. Éramos casi los únicos que caminaban a esa hora de la noche. Las familias estarían reunidas, los amigos compartiendo, los trabajadores tratando de dejar pronto las oficinas. Los pisos estarían llenos de gente de varias nacionalidades, con diferente acentos tratando de dejar el frío afuera de sus hogares. Otros arreglándose frente a un espejo, mientras sus acompañantes les esperaban en el carro que los transportaría de una fiesta a otra.

Cuando llegamos al hostal nos fuimos a dormir enseguida. Yo repetía que mañana ya era Navidad. Los otros dos decían que estaba equivocada. Pero realmente no importaba. Nada realmente importaba, porque me di cuenta de que todo lo que he andado me llevó hasta ese momento, en que lancé una moneda con la esperanza de ser capaz de cumplir eso que tanto quiero.

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