Saco viejo

Hoy me puse el saco viejo que compré la anterior semana en la icónica calle de los hippies en San Francisco, Haight-Ashbury. Entramos a todas las tiendas de segunda que encontramos. Al principio mi Mami daba una vuelta por el local, tratando de finjir interés. Después aceptó que no se siente tan cómoda entre la ropa vieja de extraños. Solo podía pensar en quién la usó y en qué situaciones se encontró utilizándola antes de que llegue al armador, y no en el modelo o en su caso el precio. Además, mientras caminábamos había un fuerte olor a marijuana en el ambiente, que pronto llegó a molestarle.

Yo, en cambio, estaba fascinada dentro de esas tiendas que venden ropa usada, empeñadas por un tercero. Encontré un saco blanco con un diseño gris, que tiene la manga un poco deshilachada y al ponerme nos dimos cuenta que tenía un rastro de mancha que está presente para quien se fija detenidamente. A mi Mami le pareció un poco asqueroso que me lo ponga enseguida, sin siquiera lavarlo. Pero a mí me atrae por la misma razón que a ella le molesta: siento el saco tiene su propia historia, eso que le hace falta a los nuevos. Ese rastro lo hace más cómodo. Sobretodo porque me queda gigante, es caliente y hoy solo necesité ponerme una chompa encima a pesar de que finalmente llegó el invierno a Boston.

Con las mangas anchas, el cuello circular y sin rastro de escote, acabo de terminar el primer día de mi segundo semestre en Boston University. Ha sido una experiencia totalmente diferente a la de agosto. Mi inglés es más fluído y tengo más confianza al contar de dónde vengo y hacia dónde -creo- que quiero ir.

Ya conozco los pasillos. Veo caras conocidas con quienes saludos y cuando me preguntan sobre mis vacaciones digo que fueron fantásticas, finjiendo que no quería volver a Boston sino seguir descansando. Por supuesto que lloré al separarme de mi Mami en el aeropuerto de Dallas, dando la espalda a la típica imagen de despedida: ella mandándome besos volados, subiendo las escaleras eléctricas. Diciéndonos chao y te voy a extrañar con la mirada, hasta que la pared no permitió vernos más.

Claro que le extraño, y pasar juntas me hizo añorar mi ciudad, mi país, mi gente. Pero también me dio fuerza para volver con más ganas, a disfrutar los últimos meses de mi intercambio. Tengo mucha ilusión de las nuevas clases, de todo lo que voy a aprender y hasta de la frustración que voy a tener que superar al expresarme en inglés.

Con este saco viejo saludo a mi nuevo semestre. Si el Huguito José me pudiera ver me diría que parezco vieja. Tal vez sí me siento un poco más vieja, si eso significa que ya no soy la misma que una vez caminó perdida en estas mismas calles.

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