Afuera neva

“Let it storm”, se lee en letras anaranjadas sobre la manga izquierda de la chompa que cuelga de la silla de enfrente. A los lados están las botas de nieve y el casco. Me imagino que su dueña ya terminó la jornada deportida navideña, por eso descansa junto a otros dos en la mesa cercana a la chimenea.

West Vancouver está a cuatro grados centígrados. Neva suavecito. Desde aquí, a lado del fuego, sentada en un sillón de cuero negro y con una copa de vino blanco sobre la mesa, es un placer ver nieve entre los árboles. Estoy segura que Esteban y Tere también están disfrutando a su manera: cayéndose y levantándose, con risas y golpes de por medio.

Dylan, un rubio alto y guapo, viene cada cierto tiempo a preguntarme cómo estoy, si quiero algo más. Entre idas y venidas me contó mitad en inglés y en un español básico que el próximo año quiere ir a Sudamérica. Conoce casi todo el mundo. Cuando no viaja, estudia. Pero en el 2015 al terminar con la escuela de medicina, planea llenar sus dos maletas y tomar un avión, para aventurarse a la parte del mundo que aún está en lista de espera.Quiere mejorar su español. Le digo que solo necesita practicar. Y sonrío al ver sus ojos celestes.

Le recomiendo la Tierra del Fuego; Bariloche; el río Amazonas, los delfines rosados y la selva en general; subir una cantidad para llegar a Machu Pichu; perderse en el salar de Uyuni; y pasar por Quito antes de llegar a las Islas Galápagos. Finalmente pido un café con Bailey’s, Grand Marnier y Kahlua. Y se va con el pedido.

“Ah”, me dice minutos después. “Ya te trajeron el café”. Con esa escusa se queda conversando un poco más. Esta vez le cuento de mí.

“Sí”, respondo “estoy escribiendo en mi diario de viaje que me acompaña a todo lado”.

“¿A dónde has ido?”

“Salimos de Calgary y vamos hacia Portland. Pero yo vengo de Boston”.

“Ah, Boston”, suelta un suspiro. “¿Qué haces ahí?”.

“Estudio periodismo”.

“Ya. Por eso escribes…”

“Por eso escribo”.

Me deja sola otra vez. Los ocupantes de cada mesa cambian de tanto en cuanto. Parecería que la única a la que no le interesa esquiar soy yo. Tengo miedo de golperme el cuello. Me asusta el dolor. Además todavía estoy adolorida por el paseo en bici de ayer. A veces prefiero disfrutar la aventura, esta vez en Cypress Mountain, con una taza de café caliente en la mano.

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