¿Qué más blanco quiere, Tere?

En algún punto de la carretera entre Salmon Arm -donde dormimos- y Vancouver, en un Honda Civic del 99, negro y con el parabrisas coartado, viajamos con menos de cuarto de tanque por la Trans-Canada Highway. La lluvia cae de lado, de izquierda a derecha.

Pronto empieza a nevar.

Vamos detrás de un camión que sigue las huellas que otros carros dejaron sobre la carretera. En minutos el ambiente cambia.

“¿Qué más blanco quiere, Tere?”, le pregunta mi amigo Esteban a su hermana somnolienta. Está tapada con una cobija de alpaca, comprada hace unos meses en el mercado artesanal de Quito.

“Ahora ya puedes decir que viste nieve”, dice irónicamente.
“Ahora ya puedo decir que viví la nieve”, le contesto.
“Espérate a ver si sobrevives”, dice el muy sínico.

Nos reímos por hacer algo. Por apoyarnos, mientras la nieve cae con tal fuerza que por momentos el movimiento intermitente de las plumas parece insuficiente.

“C’est pas facile de conduire comme ça”, repite para sí mismo, usando el acento francófono de los de Québec. Tere pregunta qué le pasó a ese jeep negro, que cayó en la zanja de la derecha de la autopista. Resbaló y el conductor perdió el control, seguramente. Enseguida me santiguo.

“La nieve se convierte en lluvia, de nuevo. Cae de manera horizontal, ¿si ve, Tere?”. Poco a poco el agua despeja el parabrisas. Faltan 26 kilómetros hasta Hope, el siguiente pueblo.

“Que hermoso, Tere. Cascadias y musgo. Esto ya se siente como Vancouver”, comenta más tranquilo. Con otra intensidad.
Empieza a aparecer la neblina. Pronto va a oscurecer. En dos días, la provincia de British Columbia y sus diferentes paisajes naturales nos han maravillado.
Esteban maneja y yo voy a su lado. En la mitad, agarrado con sus patas verdes fosforescentes, está Christopherson. Con la cola hacia atrás y la vista al frente, el dinosaurio de juguete es el cuarto acompañante de este viaje.
A las 4 pm en punto llegamos a una PetroCanada. Nueve minutos después y con tanque lleno, retomamos el camino.

“Lindo el pueblito de Hope, entre los árboles”, nos comenta.
“¿Solo entramos a poner gasolina?”, quiere saber Tere, la menor.
“Yes. I was worried. Arriba era un despelote: nieve, viento, carros se caían a la zanja… Ahora que ya pasó puedo decir que estaba preocupado”, le contesta su hermano.
“Exagerado”, me río. “Solo fue uno”.

Con la noche llega García Márquez a este carro y a nuestras vidas. Escuchamos “Cien años de soledad” leído por una voz amarga, lánguida, de un hombre desconocido.
Antes de comenzar, viene una última vuelta. “Dame un segundo, quiero estar yendo en el camino adecuado”, y giramos en u.

Cayó la noche. Vamos hacia el este, a 100 km/h, cuando al auto entran los Buendía con sus vericuetos literarios.

No hablamos más. Los tres -acompañados por el dinosaurio- estamos maravillados.

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