Vivir sola 101

Los chicos que trabajan en la tienda cerca de mi nuevo departamento seguramente son quienes mejor pueden definir mi situación de la última semana. Ellos me han visto entrar y salir tantas veces, con bolsas llenas y medio llenas, y al menos una vez al día a comprar desde papel higiénico hasta un plato de sopa. Me han preguntado si no necesito nada más, antes de pasar mi tarjeta de débito y entregarme el recibo. Siempre contesto que sí, que sí encontré todo lo que necesitaba. Pero hay días en que entro a la tienda tres veces. Días como el de hoy, que en diferentes momentos del día compré un sacacorchos, un foco y una copa de vidrio.

Cuando escogí un apartamento con cocina en vez de un cuarto con baño compartido con todo el piso, no tenía idea lo que hacía. No sabía, por ejemplo, que cuando se compra una lámpara también hay que pensar en un foco, o que tener una sola taza obliga a escoger entre jugo y leche para el desayuno. A pesar de que me fijé en si el atún era en agua o en aceite, no caí en cuenta que necesitaría una maquinola que con sus dientes rompa la lata, o un sacacorchos para abrir la botella de un -finísimo-, vino blanco de 9.99$ que compré.

He descubierto que no solo de ensalada se puede vivir, y que las galletas se terminan más rápido que las zanahorias.

Ahora hago listas de compras, se me rompen las fundas de papel cuando llueve, prefiero la leche de soya, el queso de soya -menos que más-, el yogurt de soya pero no puedo contenerme cuando abro un paquete de Chips Ahoy!, y uso un encendedor en vez de fósforos.

Aprender a vivir sola es aprender a caer en cuenta de pequeños detalles que nunca antes fueron importantes. Cometer errores estúpidos como creer que eventualmente me darán ganas de prepararme una sopa tradicional japonesa, en vez de confiar en la instantánea de brócoli. O no cocinar bien la pasta y tener que comerla media cruda. También ilusionarme al preparar mis primeros huevos fritos, ponerles en medio de dos panes y un jamón, y comer en nombre de mi papá y de mi infancia.

Aprender a vivir sola es despertarme todas las mañanas con la misma energía con la que me dormí, porque nadie más que yo puede lograr que el día que se viene sea un buen día.

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