No más ratas, por favor.

Yo tenía la buena costumbre de llamar a quienes quería mucho como mis “ratas”, hasta hoy. Hasta la madrugada de hoy realmente.

Cerré “Rayuela” a eso de la una y media. Me sorprendió que las pastillas -naturales- para dormir no hayan hecho efecto antes, como las noches anteriores. Dejé el libro a un lado y cuando estaba dispuesta a quitar las almohadas y tirarlas al suelo, Daphne gritó “OH, MY GOD!”.

Al quitar la vista por unos segundos de su novela coreana, vio como una rata café corría de un lado a otro y se escondía bajo su cama. Asustada, le pregunté qué había pasado y también me aterró la respuesta. Recogí mis piernas y me puse como un ovillo. Nos regresábamos a ver, entre asqueadas y asustadas, sin saber realmente qué hacer. Yo empecé con mi risa nerviosa, mientras ella se contenía para no lanzar una larga oración llena de insultos.

Le pasé el teléfono y ella se encargó de contar a la persona al otro lado de la línea que había una rata en nuestro cuarto. Dean, el supervisor de la noche, tuvo que tocar la puerta más de dos veces porque ninguna de las dos quería bajarse de la cama. Finalmente entró, pidiendo un sin fin de disculpas por lo que estaba pasando, pero también al encontrarnos en pijama; se dio las vueltas por el cuarto, pateó el aire acondicionador, abrió y cerró la puerta del baño, miró por debajo de las camas pero no encontró el animal. Se le veía bastante preocupado. Nos contó que el hotel estaba teniendo una “situación” y que mañana a primera hora llegarían los encargados de fumigar.

Mientras tanto, yo estaba bastante paralizada y sentía que unos ojos rojos me perseguían desde las esquinas. Daphne trataba de tranquilizarme y me decía que claramente tengo demasiada imaginación; conversamos sobre qué hacer después. Cada una envió un mail a la asistente de la universidad encargada de ‘velar’ por nuestra seguridad en el hotel. Ella estaba más furiosa que yo, y se encargó de decirme prácticamente qué debía escribir. Emitidas las quejas, pasamos a repasar una y otra vez qué haríamos a la mañana siguiente. Hasta eso, dejaríamos prendidas todas las luces del cuarto y pondríamos una toalla debajo de la puerta, como nos dijo que hiciéramos Dean. Lo segundo no pasó, porque ninguna quería pisar el suelo.

A las tres de la mañana mi compañera de cuarto logró dormir. Pero yo no. Me di las vueltas por horas. Traté de leer, traté de escribir, traté de poner mi mente en blanco. Pero nada funcionó. Poco antes de las seis logré dormirme, con un terrible dolor de cabeza y con la certeza de que no lograría descansar.

Cuatro horas después me desperté con un dolor insoportable de la espalda y también sentía que la cabeza me iba a reventar. Estaba bastante malgenia y quería llorar. Esta mañana fue la primera vez en tres meses en que realmente quise estar de vuelta en Quito, donde los únicos posibles ratones en mi casa se los come mi gato antes de que nosotros si quiera nos enteremos de su existencia.

A eso de las once efectivamente llegaron los encargados de fumigar y salimos del cuarto con toda la intención de escribir pésimas reseñas del hotel en todas las redes sociales posibles. Después de comer, nos calmamos y aún no sabíamos exactamente cómo quejarnos exactamente. Nuestra intención era hacer la de víctimas, para que al menos nos den desayunos gratis toda la semana (y Daphne lo logró).

Por el momento, mi primera decisión es quitar la palabra “rata” como sobrenombre cariñoso de mi lista de cosas cursis que digo y hago. Efectivamente la rata de hoy me trajo un par de buenas risas con Daphne, pero también semejante dolor de cabeza todo.el.día.

Así que en fin. Espero que este sea mi primer y último encuentro con ratas de, al menos, noviembre. No me importa encontrarme con ellas en la calle, oírles detrás de tachos de basura, pero definitivamente debajo de mi cama es bastante asqueroso. Desde hoy no más ratas, por favor.

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