¿Qué les voy a decir a mis papás?

11-07-2014

I was never a woman who arrogated to herself the right to analyze, to intrude upon, or to direct what other person was feeling. I never did that in my writing about people.- Here But Not Here, Lillian Ross.

Despertarme a las 6:30 a.m.

Esperar el tren por más de cinco minutos. Enervarme, subir a un taxi que tenía prendida la radio con una estación francesa de noticias. Pagar 30$ por el recorrido, sintiendo que no voy a llegar a tiempo.

Sentada en el asiento de atrás, pensé: si no llego, ¿qué hago? ¿Compro otro pasaje? ¿Me escapo hacia New Hampshire en bus todo el fin de semana? Pero, ¿qué les digo a mis papás? Sabía que no podía volver al cuarto, porque significaría una burla diaria de mi roommate. Y ya tiene suficientes razones para burlarse de mí a diario.

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Llegar. Hacer check-in y descubrir que el avión no salía a las 8:15, sino a las 8:50. Pasar los controles de seguridad, que me quiten la crema para la cara. Comer un bagle desabrido en Wendy’s y comprar un vasito de shot para el Santi, uno que tenga algo de Boston. Escribir sobre el cuaderno de viaje, tu más fiel compañero, que a veces te sorprendes a ti misma cuando te encuentras en una situación como la que acaba de pasarte, en que un hombre con estrellas colgadas sobre su camisea te coqueteó y cuando te preguntó hacia dónde vas, le respondiste “to Chicago, Capitan”.

Cabecee todo el viaje entre Boston y New York. Al tocar tierra, me desperté de golpé. Aterrada. El ruido me hizo creer que el avión se había reventado, que nos habíamos chocado. Pero no. Abrí los ojos y todo estaba igual a como lo había dejado; a lado mío estaba un hombre pelado con traje gris, reloj Gucci y unos lentes atigrados café claro. Cuando salió del avión le dijo al azafato “see you in the afternoon”.

Saber que tu maleta está donde debe estar, pero hay algo dentro de ti que te hace dudar. Dudas la primera vez y no preguntas. Dudas la segunda vez y sientes como entra una ráfaga que se convertirá en lo más parecido que conoces al pánico. Dudas por tercera vez y estás casi convencida de que debes recoger la maleta; entonces sigues todas las indicaciones que dirigen hacia el Baggage Claim, con el miedo y la absoluta certeza de que tu maleta no llegó. Que se perdió, como se pierden las cosas que aparentemente no tienen importancia. Comienzas a encontrar posibles respuestas a la cantidad de preguntas que tendrás que responder, en inglés. Llegas al carrusel, donde ves que está todo el equipaje de los demás pasajeros, menos el tuyo. Y, como no la encuentras, te dices a ti misma que usar la misma ropa por tres días no debe ser tan terrible. Otros lo hacen, no solo por un fin de semana. Asi que empiezas a pensar en qué le vas a decir a tus papás, si les vas a contar que además perdiste la cámara de fotos y el libro de Cortázar que compraste en Amazon.

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Con el alma en el piso, entré a la oficina de servicios de Delta. Expliqué que había dejado mi maleta con la señorita antes de abordar, que no, que no me habían dado ningún papel rosado y que no, que no estaba segura si me dijo o no que debía recoger la maleta a la salida del avión. Llamó, preguntó y finalmente me dijo que le acompañe al carrusel, donde había tres maletas que no habían sido recogidas por sus dueños. Ninguna era la mía. Ahí, frente a la amable señora que no solo me ayudó sino también dijo que le gustaba mi collar, acepté mi destino. Hasta que me acordé que New York solo era conección. Sonreí, avergonzada y dije que mi destino final era Chicago. Me fui, pero por donde quise entrar tenía un cartel con “This is not an entrance”, escrito con grandes y coloridas letras. Fui a la derecha. Y me perdí.

Ya no hay nada que puedas hacer, por eso sacas el libro “Here But Not Here” de Lillian Ross. Lees mientras caminas. De repente te encuentras con seguridad y sabes que tener que pasar por el chequeo de los aeropuertos es enervante. ¿Qué tan enervante es hacerlo dos veces? Pero realmente no te enervas. Estás más pendiente de la historia de amor entre Ross y el editor del New Yorker, William Shawn. Te pones los zapatos por segunda vez, recoges los anillos, el pasaporte, el reloj, los aretes y la cartera de una canasta, mientras piensas en la historia de amor de alguien más. Sigues tu camino, vuelves a tu lectura y llegas a la puerta que finalmente te llevará a Chicago.

El avión parecía más una avioneta. Tenía solo veinte filas de asientos. El mío tenía vista, en la fila 19. El chico de a lado cerró los ojos antes del despegue pero después de terminar su hamburguesa olorosa. No llegó a escuchar que la azafata pidió por los micrófonos que todos los pasajeros le ayudemos a cantar feliz cumpleaños a alguien que, además, era la primera vez que viajaba.

One’s personal life and professional life, I told myself, could be in line with each other and on the same place.- Here But Not Here, Lillian Ross.

Chicago.

Tren. Una hora de ida, leyendo, sin que realmente me importe saber dónde estoy, porque sé que eventualmente llegaré a algun lado. Perdida, otra vez.

Me bajé en una estación porque todo indicaba que estaba yendo hacia un lugar que no debía. Estaba frío y botado. Subí las gradas con la maleta en las manos. Di un par de pasos más, me arrepentí. Volví a bajar. Tomé otra vez el tren, pero el que iba hacia la dirección contraria.

11-10-2014

Oh, mi amor, te extraño, me dolés en la piel, en la garganta, cada vez que respiro es como si el vacío me entrara en el pecho donde ya no estás.- Rayuela, Julio Cortázar.

Nota mental: fijarse en el aeropuerto de donde sale el vuelo. No asumir nada.

Llegué al aeropuerto y al hacer el check-in, la señorita me dijo que el vuelo salía del otro aeropuerto, del que estába a cuarenta minutos. Se me cayó el alma al piso. Le pedí si me podía ayudar cambiando el pasaje. Claro, me respondió, pero vale 250$. Corrí hacia el Shuttle. Me costó 24$, estoy sentada en el bus que me deja en la primera parada. Es las 3:45 p.m. y el vuelo sale a las 4:30. No voy a llegar y me tocará comprar otro pasaje, solo de ida. ¿Qué les voy a decir a mis papás? La verdad.

Me hicieron cambiar de bus. No voy a llegar.

Conocer Midway por mala suerte. Derramar un par de lágrimas, odiar todo, querer desaparecer, no sentir hambre sino furia. Volver a ver el reloj. 4:24, el avión sale en diez minutos mientras tú estás sentada en un bus que recién acelera por el tráfico. Y lo aceptas. Estás en la mitad de la nada, en un pueblo feo, lleno de tiendas, donde todos compran o venden pero a nadie parece interesarle en qué es o no bonito; regresas a ver a tu izquierda y el sol está anaranjado, brillando solitario sobre el cielo celeste. 4:28, sabes que perdiste el vuelo. “Chucha madre”, repites para ti misma. Sabes que si fueras más ordenada no te pasaría nada de esto. Sabes que si fueras diferente no tendrías un rastro de gastritis que crece con cada olvido, con cada preocupación y no para a pesar de las pastillas de mora. Sabes que esta puede convertirse en una gran historia, entonces te tranquilizas. Una que podrás contar más de una vez. Si fueras ordenada y perfeccionista, no estuvieras en este pueblo en la mitad de la nada, en un bus con asientos floridos y solo dos pasajeros más que se parecen por el color gris de su pelo. 4:33, oyes que la chofer dice que llegaste, pero sabes que tu avión ya salió.

5:18. Finalmente me senté en la puerta A7. Ya comí un par de hamburguesas con cola. ¿Qué pasó? Un milagro, no hay otra palabra. Llegué a mi segundo aeropuerto en una tarde con la absoluta certeza de que había perdido el vuelo y que me tocaría comprar un nuevo pasaje. Gracias a Dios, solo pasó la primera; con cara de estrés, traté de explicarle a la señorita que me había confundido de aeropuerto y, y, y… me contestó que podía cambiar la hora. Así de sencillo, y con una paz, que me tomó por sorpresa. Tecleó por unos minutos y me entregó el nuevo pasaje impreso. Lo único, me dijo, es que llegaría a Boston dos horas más tarde de lo planeado. Asi que, caminé hacia la puerta. “Puta madre”, les escribí a mis papás “qué suerte que tengo”.

A mí se me escapa la relación que hay entre yo y esto que me está pasando en este momento.- Rayela, Julio Cortázar.

Desde que te conozco no hacés más que buscar, pero uno tiene la sensación de que ya llevás en el bolsillo lo que andás buscando.- Rayuela, Julio Cortázar.

Mi asiento daba al pasillo. 9:42, y yo aún no llegaba a Boston. Entonces empecé a hacer un recuento de el maravillo fin de semana que estaba por terminar: el viernes, en Chicago subí por tercera vez en la misma tarde al tren de la Blue Line, solo que ahora se dirigía hacia el sentido contrario. Diez paradas. Me había pasado diez paradas. Diez paradas de regreso, seguí leyendo, otra vez con las piernas sobre la maleta. Resaltaba con lápiz lo que me llamaba la atención al leer. Poco a poco el tren volvía a llenarse. Le conté al Santi que ya estaba en camino hacia la estación que me llevaría a Aurora. A las dos horas de haber llegado a Chicago, finalmente definí el camino que debía tomar.

¡Qué emocionante que es llegar a una nueva ciudad! Cuando pisas por primera vez sus calles, sientes que todo el camino recorrido valió la pena, porque te trajo hasta aquí. Enseguida empiezas a pensar en el futuro, y si alguna vez podrás ser parte de todo lo que ves. Si encontrarás un trabajo. Si encontrarás el amor. Si te encontrarás a ti misma en medio de tanta gente, que parecería que sabe perfectamente hacia dónde va. Cómo será, cómo serás.

En la estación principal compré el pasaje de la Route 59, de Chicago a Aurora. El tren tenía dos pisos y las ventanas eran verdes. A mi lado se sentó un señor mayor, gordo, con los ojos color turquesa más hermosos que he visto en mi vida. Finalmente llegué a Aurora. Le vi al Santi. Finalmente estaba con alguien más y ya no tendría que pensar en qué decisiones debería tomar después; el sábado y domingo volvimos a la ciudad a pasear. El lunes en la mañana ya tomé el tren de regreso, que me llevó a lo que sería un día bastante loco.

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A pesar de que crees conocer qué te espera, realmente no sabes. Desde que llegaste a Boston no estás segura de qué va a pasar después. Ningún día es igual a otro. Por eso, no sabes si esta va a ser una buena semana, si vas a conocer a alguien nuevo, si te vas a decepcionar. No sabes cómo reaccionar ante la rutina, ni ante la falta de rutina. No sabes mucho, pero sí sabes que este fin de seman ha sido maravilloso; que te reíste como loca, que te sentiste tú misma, que bailaste sin que te importe nada, que conociste una nueva ciudad junto a una de tus personas favoritas en todo el mundo: tu mejor amigo de la infancia, que saca lo mejor de ti. Siempre. Que estás una vez más con la cabeza y todo el cuerpo en el aire. Que no estás sola. Que tienes más amor en tu vida del que te imaginaste, que no tienes edad para usar un anillo. Porque seguramente no es el momento para conocer al amor de tu vida. Y finalmente te sientes libre.

¿Qué les voy a decir a mis papás? Que soy feliz, y que tengo la cabeza en las nubes, literalmente.

Allí donde esté tiene el pelo ardiendo como una torre y me quema desde lejos, me hace pedazos nada más que con su ausencia.- Rayela, Julio Cortázar.

Había tanto tiempo perdido en vos, eras de tal manera el mode de lo que hubieras podido ser bajo otras estrellas, que tomarte en brazos y hacerte el amor se volvían una tardea demasiado tierna, demasiado lindante con la obra pía y ahí me engañaba yo, me dejaba caer en el imbécil orgullo del intelectual que se cree equipado para entender.- Rayuela, Julio Cortázar.

Dónde estarás, donde estaremos desdse hoy, dos puntos en un universo inexplicable, cerca o lejos, dos puntos que crean una línea, dos puntos que se alejan y se acercan arbitráreamente.- Rayuela, Julio Cortázar.

rayuela

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