Sí, tal vez y no

En septiembre escribí una lista de las tres cosas que aprendí en las primeras semanas en Boston. Esta es una actualización:

  • A algunos profesores les interesa conocer más de sus estudiantes, sobretodo si vienen de otras culturas. Si este es el caso, es una muy buena idea aprevechar la oportunidad y dejar que los demás te comprendan. Por eso, cada vez que puedo, me gusta compartir con los demás sobre mí. Cuando el tema de la clase lo permite, levanto la mano y cuento las diferencias que encuentro entre Ecuador y Estados Unidos, o Latinoamérica y Norteamérica. También, claro, nombro a grandísimos escritores que se han encargado de acompañarme en el camino que me trajo hasta aquí. El primero fue Gabriel García Márquez, después seguí con Roberto Bolaño. De hecho, en una librería de libros usados encontré un ejemplar de “Los detectives salvajes” que compré para regalarle a mi profesora. Me siento una suerte de embajadora de mi región, que colabora para que los demás conozcan más sobre ese maravilloso mundo que es América Latina; también descubrí que es perfectamente aceptable corregir a los demás cuando creen que hablas en “mexicano” o que el español es sinónimo de España.
  • Aquí he descubierto un extraño comportamiento relacionado con lo que me encuentro en la calle. Pasado por las monedas de diferente valor, a esferos y marcadores, a una pulsera y una banda que por bluetooth registra mi actividad física del día, lo guardo todo como si fuera un tesoro. Es probable que me estoy haciendo cada día más supersticiosa al asumir que no encuentro sino que “me encuentran” y si es así, entonces es mejor guardarlo. Esta reacción puede tener, al mismo tiempo, buenas como malas connotaciones; coquetear con compañeros fuera de clase tal vez no es la mejor idea que he tomado. Este es un juego de doble filo: hace que cada clase sea aún más entretenida, pero también puede crear un momento incómodo porque claro, todos cambiamos cuando nos ponemos la máscara de estudiantes.
  • Lo que no recomiendo en lo absoluto es salirse del presupuesto establecido para el mes. Cuando me pasó esto, ya sea por ingenua o por tratar descubrir mi límite, descubrí que es bastante difícil sobrevivir en una ciudad tan cara como Boston con menos de veinte dólares en la cuenta del banco. Es decir, necesité darme un tiempo con Amazon, a pesar de que se proyectaba como mi relación amorosa más cercana; por más delicioso que es combinar un café mientras escribo, leo o solo miro por la ventana, abusar y tomar más de tres tazas al día, logra que el monstruo más feroz y más malo de todos aparezca: el insomnio. Este ser del mal, se ha tomado mis noches, transformando mis “horarios”, y dejándome increíblemente cansada… Y malgenia.

Finalmente, las dos conclusiones más importantes sobre la vida son que siempre hay algo más de qué escribir y que comer, a pesar de que no me guste el sabor de la comida de aquí, es indispensable para vivir.

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