Mi H

La mañana que nos despedimos en el aeropuerto de Quito, nos abrazamos y los dos nos pusimos a llorar. Era la primera vez que nos alejábamos tanto, después de vernos las caras prácticamente todos los días por veintidós años.

Las lágrimas salían al pensar en ya no podría quejarme de que se llevaba mi carro sin pedirme, gritarle que baje el volumen a la música que le gusta oír mientras se baña, o que tenía que apagar la luz de su cuarto y meterle en las cobijas casi todas las noches; lloraba, también, debido a que siempre me ha querido de una manera desinterezada, a pesar de que en el fondo sé que espera que yo después le ayude a doblar sus sacos. Porque sabía que me haría falta escuchar sus historias mientras comíamos a altas horas de la noche, compartíamos un cigarrillo, era su copilota a la universidad, o cuando subía a mi cuarto y cerraba la puerta para que podamos conversar.

A lo largo de estos años se esmeró en lograr que odie a Sabina. Durante su adolescencia y el comienzo de la mía, escuchaba la música del español a toda hora, en todo lugar y a todo volumen. No importaba si era en el carro que nos llevaba al colegio, a la playa, a la tienda, a una fiesta… Siempre, siempre, la poesía de Sabina era un fiel acompañante. Y yo le odiaba, por me gusta dar la contra, pero también porque me aburría su voz y sus letras. Ahora que lo pienso, los verdaderos héroes de esta historia son mis papás, que nos han aguantado más de 19 días y 500 noches, junto con que a mí me sobraban los motivos para ser insoportable; no estoy segura a cuántos conciertos de este músico fui, todos a lado de mi hermano que cantaba desde el corazón, mientras yo por dentro me quería morir del fastidio. Pero ahí estuve, porque sabía cuán importante era para él.

Así mismo, estoy segura que él lloraba con nostalgia de saber que ya no podría encontrar en mí una fan diaria. Alguien que le mira con absoluto orgullo y admiración, al ver que es capaz de tratar a todos con la misma amabilidad. Alguien que le saca de quicio por su desorden que genera pequeñas complicaciones que parecen terribles. Por ejemplo, si no fuera por su ayuda, hubiera mandado mal la aplicación a Boston University, que por despiste llené mal el formulario. O manejaría en un carro con la llanta baja, las plumas viejas, sin poner el radio por días sin darme ni por enterada. Lloraba porque sé que soy su persona favorita para ayudarle a escoger la ropa, para conversar sobre la vida, para pelear. Y porque a pesar de que no sé contar chistes, soy chistosa y le encanta reírse de mí.

El H me ha enseñado a limpiar mi variedad de aparatos electrónicos. Gracias a él ya no soy una infeliz ignorante de la delicia del Gin Tonic, y que el Toblerone es el chocolate más rico de todos. Me demostró que se puede ser el mejor novio del mundo, el mejor hermano del mundo, el mejor amigo del mundo, el mejor hijo del mundo, y aún así pedir perdón cuando comete errores.

Has iluminado el mundo por veinticinco años. Yo he tenido la suerte de estar contigo los últimos veintidós. Gracias H, que hayas tenido un hermoso cumpleaños.

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