Decidir qué comer

La noche que hacía la maleta, me tocó decidir qué libros traía conmigo a Boston. Escogí tres. “Los Miserables” por razones sentimentales, “Lolita” porque siempre he querido leer y “In Cold Blood” por ser uno de esos libros que todo periodista “debería” leer; el grandísimo libro de Victor Hugo está en mi escritorio esperando tranquilamente pero por el momento no es para mí. La primera página tiene una dedicatoria que todavía no puedo releer. Nabokov se quedó en la estantería de la casa de la Isa porque le pedí que me lo guardara ella. Está ahí desde hace un mes y es más que una buena excusa para volver a visitarle. A Truman Capote lo leí en menos de tres días, junto al Charles River; esta entrada es una segunda parte de la que publiqué el 09 de abril de este año: Aprender a comer. Los libros que he escogido estos dos meses han sido una mezcla entre decisión propia y buena suerte.

Pero quiero empezar por el principio. Las primeras semanas fueron bastante confusas y no leí nada. Tenía libros, pero sentía que no podía abrir sus páginas. Una cantidad de sentimientos encontrados dominaba mi atención y lo último que quería era entrometerme en la vida de alguien más. La mía parecía más que suficiente. Por suerte, septiembre terminó cuando un grandísimo escritor llegó a mi vida sin que lo estuviera esperando: Raymond Carver con “What we Talk About when We Talk About Love”; sus cuentos cortos llenaron mis días de preocupación y me hicieron un poco más sínica en relación al amor. Yo, asombrada, leía sobre relaciones disfuncionales de gente que parecía normal, o al menos tan normal como se podría creer. Hombres y mujeres que tenían vidas que no se resaltaban por nada en especial. Compañeros de vida que veían como el amor era como ese camino que, cuando menos lo esperas, ya no tiene salida. Carver no escribe de finales felices ni tristes. Simplemente no muestra finales, es el lector quien se encarga de encontrarlos. El mío, fue salir de mí misma y seguir. Así fue como empecé a leer a la megafamosa Lena Dunham.

Si soy absolutamente sincera, “Not That Kind of Girl” me parece que es casi malo. Sí, me enganché y lo leí de principo a fin en menos de una semana. Lo leí en el baño, en el metro, en la biblioteca, en los comedores, mientras esperaba que empiece la clase, en mi cama… Lo llevé conmigo a todo lado y lo traté como un acompañante. Pero cuando terminé la última palabra, sentí que había perdido el tiempo. Dunham empieza el libro explicando que no quiere ser un ejemplo a seguir, a pesar que después de un par de líneas se contradice y acepta que sí es un tipo de guía para sus lectores y lectoras; me pareció casi malo porque tiene un par de frases buenas como: “You will find,” she says, “that there’s a certain grace to having your heart broken.” I will use this line many times in the years to come, giving it as a gift to anyone who needs it.” Pero, en general, me molestó el tono de la narradora. Diría que su talento está un poco sobrevalorado. Es una mujer increíblemente sensible, tiene un gran sentido del humor, describe muy bien pero afirmar que es algo así como “la voz de su generación” es un tanto excesivo. También me hizo cuestionarme hasta qué punto es interesante saber hasta los últimos detalles de la vida de alguien más. ¿Realmente es trascendental saber cuántas veces y los nombres de los hombres que le rompieron el corazón en la universidad? ¿O cómo perdió la virginidad? Aún no tengo una conclusión, y sé que es irónico hacerme estas preguntas si yo hago lo mismo en ese blog.

Después de la decepción del libro más de moda de octubre, decidí leer más a fondo los magníficos periodistas que nos presentan en mi clase favorita de este semestre. Una vez a la semana, durante tres horas, hablamos de periodisas que utilizan una base literaria para contar sus historias. Ese es el caso de  Jean Stafford con “A Mother in History”. Es un perfil de la mamá de Harvey Lee Oswald, el chico que mató al Presidente Kennedy en 1963; ella recrea escenas a través de diálogos y descripciones que logran que el lector se convierta en un testigo más de la narración. Da detalles muy sutiles, siempre desde la voz periodística y tratando de apegarse a los hechos antes que a las opiniones personales.

Otro grandísimo periodista, que con los años se ha convertido en un ejemplo para los jóvenes que recién empezamos en esta carrera, es Truman Capote. Hace un tiempo leí “Breakfast at Tiffany’s” y no le encontré la gran gracia de la que todos hablan. Por eso, cuando comencé “In Cold Blood” no sabía qué esperarme. Y, ¡me volvió loca! Es impresionante el narrador que este hombre extravagante fue capaz de reproducir. El domingo a la madrugada, a eso de las 3 a.m. que me acosté porque se me cerraban los ojos pero quería seguir leyendo, no podía creer que alguien haya sido capaz de escribir tan bien. El narrador te sumerge con él, los asesinos de la familia Cutter y demás personajes en sus respectivos escenarios, por una aventura definida por el tiempo y las descripciones que éste genera. Según mi profesora, el tema es el propósito y lo demás un acompañante. Si el primero funciona, pero no tiene apoyo de la manera en que se cuenta la historia, entonces el texto deja de tener un verdadero fin. Y Capote es capaz de mantenerlo por 343 páginas.

Este último libro tiene un sabor especial porque lo leí durante dos días en una banca a lado del río. Pasaba página tras página, subrayaba y ponía comentarios hasta que sentía que mis manos se congelaban y ese detalle determinaba que era hora de volver. Es uno de esos libros que me apenó terminarlos, porque hoy que no tengo nada que leer, me siento un poco más sola.

En fin, decidir qué comer es una metáfora y una paráfrasis de Hemingway. Los descubrimientos (y sugerencias, ¡por supuesto!), siempre son bienvenidos en una ciudad que me da miles de posibilidades para leer todo lo que llegue a mis manos. El siguiente libro es el texto que le valió a Susan Sheehan el Pulitzer Prize: “Is There No Place on Earth for Me?”, y después “Rayuela” de Cortázar. Pero quien sabe. Mi vida no está planificad, ni mi lectura tampoco.

Truman Capote

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