Mi Cueva

Aquí tengo la sensación de que los días pasan increíblemente lento. Hay veces que pienso en cosas que he hecho y cuando trato de ponerles un momento, me acuerdo de que fue hoy, solo que en la mañana. Estoy segura de que tiene que ver con que vivo en una cueva. En mi Cueva.

Este cuarto tiene ventanas, pero la administración del hotel no permite a los estudiantes abrirlas. O sea, no sirven para nada. Además las cortinas están pasadas, para que no se pueda ver el cuarto desde el corredor. Hay dos lámparas con dos focos cada una, y se puede prender una luz del techo. Aparte está la luz del baño, que Daphne deja prendida todas las noches por alguna razón que aún no llego a entender a pesar de que lo hemos hablado varias veces.

Despertarse es, en sí, un grandísimo esfuerzo. Creo que nunca antes había estado en un lugar más oscuro. Es la oscuridad en su máximo esplendor. Por lo tanto, es la mejor cobija para un sueño delicioso, o una cápsula en el tiempo que me secuestra cada vez que cierro los ojos para dormir. Aquí no hay diferencia horaria. Parecería que siempre es la misma hora, no importa cuántas luces estén prendidas o apagadas. La madrugada, por ejemplo, no es madrugada a menos de que así lo determine un reloj.

Cuando me quedo mucho tiempo sentada en el escritorio, siento que aquí tranquilamente podría volverme loca. Veo mi reflejo en el espejo que tengo en frente. Estoy ahí cuando escribo, cuando me visto, cuando me levanto y prendo las luces, cuando converso con Daphne, al tratar de arreglar mi desorden, al conversar por celular con mis papás… ¡Siempre! ¡Yo estoy siempre ahí! ¡Y las sombras son casi siempre iguales!

Hay muchas cosas que me gustaría cambiar. Una cantidad de razones para quejarme a diario y apenarme por la coincidencia de que justo el semestre que llego a Boston, la universidad se queda sin suficientes cuartos para sus estudiantes. Podría tratar de buscar algo más, algo mejor, algo no tan lejos o algo un poco más privado; pero no. Todo eso deja de importar con el “gooood nightttt, Ana”, de todos los días. O “hi crazy ecuadorian… Are you hungry?”, cada vez que entro al cuarto. Tengo la grandísima suerte de que mi compañera de cuarto es del otro lado del mundo, y hemos encontrado varias cosas en común.

Esta es mi Cueva y cada día es más mía. Cuando me acuesto, el sonido de la cama me recuerda que debo dormir en vez de pensar en el pasado. Daphne se burla de que canto en la ducha, cuando recojo mi ropa, escojo los cuadernos que necesito al día siguiente y situaciones parecidas. También en esta Cueva he aprendido que la oscuridad es amiga de la lectura antes de dormir, de rezar en silencio; que la luz del sol es un privilegio y salir de esa puerta, literalmente, significa superar los propios miedos.

Mi desorden es parte de mí. Así como la oscuridad es parte de mi Cueva.

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