Lo que me realmente quiero

Yo peleo guerras internas. Rompo todo por dentro. Trato de desapegarme de los sentimientos que son como un boomerang y vuelven, siempre vuelven. Discuto con la cantidad de voces que conversan entre ellas y no siempre hacen lo que la principal -que es teóricamente más fuerte- quiere. Pero hay días en que soy más fuerte que los fantasmas que se han esmerado en perseguirme hasta Boston y mi esencia decide por mí.

El viernes realmente sentí como la Ana María de diez años me decía que deje de ser tan tonta, se burlaba de lo miedosa que me han hecho los años y que ¡entre a la cancha con los demás!. “¿Te acuerdas?”, me preguntó, “¿de la vez que jugaste en el equipo de los hombres y bajaste de pecho y le ganaste al mayor que tenías a lado?”. La niña me repitió al oído esa frase que he aprendido de mi Papá y la he ido definiendo con los años: hacer lo que realmente me hace feliz, y hacerlo con todo el corazón. Esa pasión es la que mueve montañas, o en mi caso fantasmas. Y así fue como me convencí a entrar.

Habían varios equipos. Cada uno tenía cinco jugadores, ‘no goalie’ y dos líneas pintadas sobre la pared determinaban de dónde a dónde iba el arco. Era una suerte de mete gol, gana; entre nueve hombres, corría de lado a lado tratando de hacer contrapeso y quitarle la bola al contrincante. Lo logré más veces de las que me esperaba y también me caí, me golpearon, me patearon, me empujaron más de lo que yo a ellos… Pero todas las veces me levanté y me reí. Puse la gorra en su lugar y seguí.

En el penúltimo partido jugué con unos mexicanos y fueron los mejores diez minutos de toda la tarde. Aparentemente, driblar y combinar son dos verbos que no todos los jugadores de fútbol conocen. Parecería que solo los goles son parte del idioma universal, porque todos nos alegrábamos o entristecíamos por igual cuando alguien lograba que la bola entre en el pequeño espacio reservado para el ganador.

Salí del gimnasio con una alegría tan grande que sentía que había curado las pequeñas heridas que el último mes me había dejado. Son puras metáforas, yo sé. Pero también grandes desafíos que me gusta tomar. Esta guerra interna la gané.

*Estas fotos las tomé hoy que fui a estudiar a la Biblioteca Pública de Boston. Las dos últimas son de la taquería mexicana donde comí en la noche con tres asiáticas y dos francesas.

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