Todo lo que no hacía

Ayer lavé mi ropa satisfactoriamente. ¡Fue un éxito! El jabón limpió todo lo que yo he ensuciado las tres semanas que llevo aquí, el agua se secó perfectamente en la secadora, el olor a limpieza entró hasta mis pulmones y me hizo sentir absolutamente orgullosa de mí misma. “Soy una mujer”, pensé con la alegría de saberme cada día más independiente.

Y de repente, entendí todo. Fue como un golpe que retumbó dentro de mi cuerpo y movió cada fibra que tengo dentro, hasta llegar a mi razón.

Antes de venir tenía miedo de lo desconocido. No sabía cómo lavar mi ropa, por ejemplo, ni tendía mi cama todas las mañanas. Me preocupaba pensar en que debía compartir un escusado con alguien más que no fuera de mi grupo de amigos, y recoger el pelo de una desconocida porque simplemente no puedo bañarme en una ducha donde éstos flotan de un lado hacia otro y acampan en el desagüe. Me asustaba despertarme todas las mañanas en un cuarto sin el olor característico de mi familia, tomar el metro para ir a la universidad y conversar con los demás de temas triviales y trascendentales en inglés.

Creía que me costaría adaptarme al sabor de la comida grasosa, o que necesitaría tomar más café de lo normal por la cantidad de trabajo que tendría que hacer. No sabía cómo reaccionaría ante una clase donde sería la única extranjera y me tocara leer en alto un texto frente a todos.

Pero no. Me ha resultado bastante fácil aprender a cuidarme sola. Controlo con increíble efectividad mis ganas de comprar todo lo que está en descuento y últimamente no me he equivocado de estación ni de tren.

Y lo que entendí fue que lo que más me ha costado dejar ir es lo todo lo que sí hacía. Conversar con gente que ya no está en mi vida, hacer comentarios irónicos, molestarle a mi mamá y a mi ñaño Hugo. Verles jugar FIFA al Martín y al Andrés. Que mi papá me dé un beso todas las mañanas antes de irse a trabajar. Recibir y mandar mensajes antes de dormir y al momento de despertarme. Ser cursi con la gente a mi alrededor y escribir sobre ellos en este blog que tiene más de catártico que de nada más.

Quejarme de lo feo que es manejar; de que no sé parquear en lateral pero que cada vez mejoro al ir de retro. Decirle a mi gato que deje de quitarme la lana mientras tejo y acostarme en mi cama a leer por horas, hasta ver en el reloj que ya soy parte de la madrugada.

Es difícil aceptar que la distancia sí ejerce una fuerza en los sentimientos, a pesar de que los recuerdos se empeñan en querer mostrar lo contrario. El amor no cambia, se transforma.

Asi que antes de venir estaba equivocada. Lo que más me ha costado no es adaptarme a lo nuevo, sino dejar ir mi pasado: quien fui o quien creí ser. Por suerte cada día la balanza se va equilibrando. El ambiente ha cambiado, por lo tanto yo también. Necesito que mi corazón esté completamente conmigo en Boston, que deje Quito por un año. Después volveremos juntos.

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