Hacer filas, pedir perdón y preguntar

Estas son las tres lecciones principales que me dejan las tres semanas que llevo viviendo en Estados Unidos:

  • A lo largo del día, me encuentro entre un grupo de gente que necesita satisfacer sus necesidades. Dejo de ser una extranjera para convertirme en una cara más en una fila (donde por lo general la mayoría estaremos pendientes de los celulares). No importa que tan trascendente o trivial sea la actividad, existe una gran probabilidad de que tenga que, respetuosamente, esperar a que los demás se desocupen primero. Ya sea ir al baño, pedir comida o entrar al dinning hall, tomar el metro, botar la basura, presentarme a una clase nueva, etc., siempre estará alguien en frente o varios detrás. Este rato no se me ocurre ninguna situación, que estén ligadas al espectro público, que no ponga en juego mi paciencia.
  • Se dice ‘sorry’ incontables de veces diariamente. Esta frase se aplica prácticamente a todo y a todos. Pido perdón cada vez que abro mi maleta y accidentalmente (suavemente, también) golpeo a alguien, por llegar pocos minutos tarde a clase, al no abrir la puerta lo suficientemente fuerte (que son increíblemente pesadas) para que los demás puedan pasar, cuando la tarjeta del metro se demora y los demás tienen que esperar, y una variedad de situaciones más; antes, durante y después he descubierto que emito una cantidad de ruidos vocales para expresar sorpresa, pesar, preocupación y casi todas mis emociones. Por ejemplo, cuando me equivoco se me sale un “¡ay! ¡perdón!… ah, sorry!”, “¡aish!”, “¡mmm!”, ¡ah, ah, ah!”… en fin, son pequeñas expresiones que no me había dado cuenta que estaban tan presentes en la forma en que me comunico, porque ahora suenan diferente cuando van junto a palabras no siempre conocidas.
  • Cuando recién llegamos a Boston, mis papás preguntaban todo. Al principio, no me sentía muy segura y prefería no hablar en inglés con nadie. Ellos, que con los años pierden -peligrosamente- la vergüenza y ya no les importa qué piensen los demás, consultaban sobre todos los temas y de todas las maneras. Por lo general, me quedaba atrás tratando de esconderme un poco. Me repetían que dejara mi timidez a un lado porque era importante encontrar respuestas. El problema, para mí, es que buscaban demasiadas y creía que para la mayoría existía el Internet; el lunes 01 de septiembre fue el día en que tuve que enfrentarme a la realidad. Si no preguntaba, me podría haber pasado horas deambulando por las estaciones sin saber exactamente qué tren me llevaba a Harvard Square. Contra todos mis aparentes principios, comencé a hacer preguntas. Hoy las hago a diestra y siniestra, porque efectivamente no todas las respuestas se las encuentra googleando.

Mi mamá me dijo una vez que “donde estés, haz lo que ves”. Creí que estaba equivocada, porque eso me convertiría en una suerte de oveja dentro de un rebaño. Ahora me parece que es uno de los mejores consejos que me ha dado: seguir ciertos modos de actuar de los demás te alejará del peligro, pero eso no quiere decir que tengo que convertirme en un robot. Me costó encontrar esta conclusión, pero finalmente la entiendo. Imitar el ritmo que mantienen los demás me puede ayudar a encontrar las respuestas que busco. O por ejemplo, aprender a respetar el tiempo de los demás y esforzarme por llegar temprano a clase.

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3 comentarios sobre “Hacer filas, pedir perdón y preguntar

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