Dejar ir

Mis papis y mi ñaño duermen. Ésta noche define cuánto y cómo van a cambiar las cosas en mi casa. Hoy hay muchísimo más silencio de lo común, las luces se apagaron antes y todos tenemos caras largas. Estamos un poco tristes, pero sobretodo asustados ante lo desconocido. Esperamos ansiosos noticias desde Arizona, la nueva casa de mis hermanos gemelos, Andrés y Martín.

Todos nos despertamos a las cuatro de la mañana, llegamos en menos de treinta minutos al aeropuerto en Tababela. Mi mamá entró con ellos, chequearon los boletos y cuando ya estaban listos para dar el siguiente paso, esta vez solos por migración y así comenzar su experiencia, nos abrazamos mientras tratábamos de ocultar algunas lágrimas. 

Se fueron, mis papás les dejaron ir. Les dejaron el camino libre para que encuentren la ruta por la que quieren seguir de ahora en adelante. Tiene diecisiete años y toda la vida por delante. 

Hace un rato, antes de entrar a la casa, un amigo me dijo que deje a un lado el sentimiento para poder disfrutar. Es lo más sensato y a la vez difícil que he oído en relación con mi forma de ser. ¿Cómo? No sé, tal vez solo necesito dejar ir. Así como mis papás hicieron hoy: les dejaron a mis hermanos libres para escoger cómo quieren vivir su vida. Entonces todo lo que está pasando es parte de una metáfora y, por lo tanto, de mi propia vida. 

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