El camino

No soy muy fan de salir de fiesta. Nunca he sido, la diferencia es que antes sentía la presión de ser una adolescente “normal”.

Cuando estaba en sexto curso, creíamos que cada borrachera contaba como una historia, que finalizaría con la trayectoria del supuesto mejor año de la vida. No sé cuántas veces me habré emborrachado durante el curso, pero sí estoy segura de que ninguna de ellas me hizo más feliz. Más bien, me entristecía, por el chuchaqui moral y físico.

El viernes me fui a una de las discotecas más sonadas de Quito. Desde el momento que puse un pie ahí, me sentí desubicada. Tenía la sensación de estar personificando a alguien que no era yo, que trataba de ser como las demás y recibir algún tipo de reconocimiento. No sé si eran los tacos, la falda o el sitio el que, por medio de mi reflejo en el espejo del baño, me recordó que yo no soy ese tipo de persona que encuentra diversión dentro de una discoteca. Me gusta bailar, cuando hay un buen ambiente con amigos yo no dudo en tomar una que otra cerveza o un shot del nuevo trago de moda, pero eso es distinto a “farrear”.

Me enerva pararme en la mitad de la pista y esperar que un chico se acerque y me pida que bailemos. Por lo general esa espera es infinita. Antes, cuando las frecuentaba más, la esperanza se desvanecía de acuerdo a las horas que pasaba tratando de parecer entre alegre, divertida, sexy, amigable y entretenida. Más de una noche salí de una discoteca llorando, con la sensación de que nunca encontraría a nadie que me quiera por quien era. El problema no era yo, sino el lugar donde estaba buscando.

Si bien no me he convertido en la mujer más segura del planeta, al menos ya superé mis épocas de inseguridad angustiosa. Y todo gracias a que abrí mis horizontes. Dejé de ir a discotecas por obligación, para pasar a encontrar diversión en otros lugares (como conciertos, bares más pequeños, restaurantes o simplemente la casa de algún amigo o amiga).

Ayer mientras me movía sobre la pista de baile pensaba en que prefería estar acostada en mi cama leyendo un libro, o abrazada de mis papás en su cama, o viendo una película con el Esteban. No es que soy antisocial, creo que crecemos con etiquetas imaginarias que intentan convertirnos en seres más sociables pero que terminan por acomplejarnos. Me gusta conversar, reírme, hacer chistes… Pero en sitios donde no necesite gritar por la música a todo volumen y no me choque contra los demás por tratar de seguir el ritmo de la Bilirrubina.

Yo ya me cansé de fingir. No soy una “vieja”, ni una “aguafiestas”. Solo no me gustan las discotecas. Si algo he aprendido es que el camino lo decido yo, y debe ser el que más feliz me haga sentir.

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