Subir

Cuando vi la grada pensé: tengo que subir bien, como una vez me enseñó el David, o sino me voy a caer. Viré el volante, puse mi peso hacia delante y la llanta chocó contra el cemento. Hice todo mal, me caí.

Ya en el suelo, regresé a ver la bicicleta. Estaba asustada, especialmente por si la bici de mi papá se golpeó. Vino a verme el Martín, tras oír mi oración repleta de malas palabras. Le dije que estaba bien, a pesar de que me ardían un poco las palmas de las manos, pero más me preocupaba que se haya rayado la bici. Me limpié la tierra del pantalón y volví a subirme. Me reí y mi hermano también. Lo primero que me había pedido mi papá cuando salí era que no me caiga, y lo primero que hice fue eso.

En pocos minutos estuvimos de vuelta en la casa. Habíamos montamos bici por una hora. Subimos caminos empedrados, vimos Cumbayá desde la montaña Ilaló, nos paramos a descansar en la sombra, compartimos la calle con otros autos y volvimos.

Le conté al Martín qué pensé antes de caerme, cómo en unos segundos pasó por mis ojos una partecita de mi pasado. Una mañana en que el David nos llevó a montar bici por el cumpleaños del Mateo, en el Parque Metropolitano. Y al ver cómo me subía a la vereda, me dijo que no podía hacerlo así porque podía caerme. Me explicó cómo debía, pero han pasado más de diez años desde ese día. Todo ha cambiado. El David ya no está aquí, ni he vuelto al parque por el cumpleaños de su hijo… Pero eso sí, cada vez que trate de pasar de la calle a la vereda, me voy a acordar de él. Y de mi infancia.

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